Fernando Jáuregui
¿Tolerancia? Cero
11/06/2006

Manifestarse es un derecho consolidado en las democracias. No manifestarse, también. Discrepar de las razones por las que una manifestación se convoca, lo mismo. Defender estas razones todo lo ardorosamente que se quiera, ídem. Lo que no me parece tan seguro como elemento integrante de una democracia es que manifestantes y no manifestantes, los que están a favor y en contra de una manifestación, se impliquen en una pelea a muerte, descalificando por completo, incluso con argumentaciones personales, al otro bando.

Ocurrió con la manifestación del pasado sábado, donde personas airadas llegaron a insultar gravemente al alcalde de Madrid, allí presente, al parecer por haberse atrevido a discrepar en algo, que no en todo, de los argumentos de la convocatoria. O quién sabe si el señor Ruiz Gallardón incurrió en las iras de una parte de la multitud porque había anunciado la presentación de una querella por injurias contra un locutor de un medio de comunicación que no estaba ajeno precisamente a la convocatoria de la manifestación. Un locutor que predica el extremismo político, al parecer tan caro a algunos sectores de nuestra sociedad. Y es que la tolerancia, tan cara a las democracias, en España sigue siendo cero. Asignatura pendiente en nuestra selectividad moral.

Claro que la tónica general de quienes se manifiestan, creyendo de buena fe que la negociación con ETA es perniciosa o que lo conocido de las investigaciones del 11-M es una farsa, no es la del insulto ni la de la provocación, aunque insultadores y provocadores hubiese, como bien comprobó, a su costa, el alcalde Gallardón, o como bien pudieron sentir los increpados representantes de medios de comunicación identificados con posiciones afectas al socialismo gobernante. Yo mismo, que me he pronunciado con frecuencia a favor de la negociación con ETA, me ví envuelto hace pocos días en un altercado menor con una acompañante de Gotzone Mora, mientras ésta trataba de apaciguar los ánimos.

Me parece urgente que la moderación regrese a nuestras playas, para que un debate sereno se imponga a las razones de sal gorda -a la que no son ajenos nuestros representantes políticos, de todos los bandos- y para que cada cual pueda exponer civilizadamente sus discrepancias, hasta llegar a hacer buena aquella frase del político inglés: "Yo, que aborrezco las ideas de usted, daría la vida para que usted pueda seguir exponiéndolas libremente". Tengo que decir que, en algunas discusiones que he podido mantener con dirigentes de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, como la citada Gotzone Mora, he encontrado casi siempre voluntad de diálogo y respeto a las opiniones contrarias. Algo que no ocurre en todas las ocasiones con algunos medios de comunicación. Ni con todos los representantes del Gobierno, prestos a acusar a la oposición de actuar movida por los más bajos instintos.

Día tras día comprobamos que la clase política, y buena parte de la periodística, se escora hacia los extremos, acaso por creer que la sociedad lo demanda. Y, así, quienes piensan que las cosas no van del todo bien, pero tampoco del todo mal, quienes creen que la sociedad es mejorable, pero que, cuando peor estemos, que estemos como ahora, quienes postulan que habrá que hacer esfuerzos para acabar con la pesadilla del terrorismo, pero no ceder todo desde el comienzo a la banda, cada día se encuentran menos representados: la moderación no tiene quien le convoque manifestaciones. Ahogados entre las razones de estado, lo políticamente correcto y los eslóganes del 'y tú más', los ciudadanos que quisieran practicar una cierta independencia de criterio, que me parece a mí que son muchos, carecen de urna en la que votar.

Y, así, Zapatero y Rajoy pelean a través de entrevistas periodísticas porque, antes de llegar a acuerdos necesarios en materias importantes, debe ser el otro quien llame primero (no olvidemos que las 'relaciones diplomáticas' estan oficialmente cortadas). Un ejercicio colegial en momentos en los que hay tantas cosas clave planteadas para el futuro del país. Estando así las cosas, no es de extrañar que el protagonismo esté en manos no de los dirigentes políticos que se sientan en el Parlamento, sino de los más vociferantes, de los matones que, desde sus atriles, columnas o micrófonos, simplemente insultan a quienes no piensan como ellos. No, la tolerancia sigue sin estar de moda en este país nuestro. También son ganas de recrear, constantemente, la maldición de las dos españas...