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Este país compulsivo y ciclotímico que nos ha tocado para vivir, léase España, es así. En general y muy en particular en el fútbol. Transmutamos de la euforia al desencanto con una facilidad incompresible en otros pagos. Pasamos de ser geniales a ser impresentables con una tremebunda rapidez. Como ya está aconteciendo en parte de la afición y prensa española merced al pésimo partido de la Selección ante Arabia Saudí. Y, como diría/escribiría Ortega , el filósofo, no es eso, no es eso.
En el punto medio puede estar la mediocridad, pero en este caso también la sensatez. La que dicta que hasta ahora España ha hecho un buen Mundial. En estadísticas, tres victorias de tres encuentros, y en juego, con dos partidos magníficos (ante Ucrania y Túnez) y uno muy malo (el citado de este viernes ante los árabes). Tdos ello con un doble beneficio añadido más allá de las estadísticas.
Por un lado, la Selección, ¡por fin!, ha mostrado un estilo propio y sabe a lo que juega: a aprovechar sus excepcionales centrocampistas para tener casi siempre el balón y distribuirlo con criterio buscando el gol. Por otro, hacía muchos Mundiales y Europeos que la gente no vibraba con España, no la sentía como ‘su' equipo. Chapeau para Luis Aragonés por ambas cuestiones, nada baladíes, por otra parte.
También es cierto que el grupo era relativamente fácil y que aún no nos hemos medido a ningún rival de entidad, lo que ya acontecerá el martes en el partido de cuartos de final. Y que para dar la dimensión real de nuestras posibilidades es a partir de ahí cuando es menester, justo y necesario hacerlo.
Sí, ya sabemos que ante Arabia Saudí, los reservas españoles demostraron que se merecen tal catadura, y que aparecieron algunos de los defectos que nos han llevado al fiasco en anteriores citas máximas: no demasiada entrega, excesiva confianza con un solo gol, no saber a qué jugábamos etc.
Pero tampoco hay que darle demasiada importancia, al tratarse de una especie de prueba. Suspendida por los reservas, pero prueba, al fin y al cabo, como lo fueron los malos partidos amistosos previos al Mundial ante Rusia, Egipto y Croacia.
De modo que, insisto, el corolario hasta ahora, a pesar del petardo ante Arabia, es más positivo que negativo. Ya sabemos que no somos los mejores (como algunos pensaron tras ganar a Ucrania y Túnez), pero tampoco unos petardos, unos parias en el deporte rey (como defienden ahora otros).
Y, desde luego, estamos más cerca de la cúspide que del infierno a que estos últimos ya condenan a España. De momento, lo dicho/escrito: esperanza argumentada y ¡a por los octavos!
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