Es imposible encontrar indiferencia. A Fidel Castro
le adoran los suyos y le odia una gran parte de la humanidad
que no es capaz de saltar por su condición de autócrata para
situarse en la de campeón de la resistencia histórica contra
el enemigo más poderoso del mundo. Nada impedirá ya que Fidel
Castro se muera en la cama, rodeado del blindaje de su sistema
político y aclamado por unas multitudes que de momento no
desaparecen de su escenografía. El día después, se verá.
Nada será igual en la Cuba que sobreviva a Fidel Castro porque
todo en ese hemisferio está impregnado del carisma especial
del jefe de la revolución cubana, que ha conseguido el consenso
universal entre sus amigos y sus enemigos de que a él solo
le derrota la muerte.
La Habana está tranquila pero la procesión va por dentro.
Los cubanos que viven en la isla no están, en su inmensa mayoría,
contentos con la dura vida que les ha tocado, pero tienen
una enorme incertidumbre sobre lo que sucederá después, porque
están atrapados en el sándwich de un conflicto entre dos mundos
que no les ha permitido nunca elegir. La mayoría no conocen
la vida sin la omnipresente estancia de Fidel Castro que todo
lo decide en un universo que tendrá que acostumbrarse a la
contradicción de voluntades encontradas. Enfrente, a solo
noventa millas del malecón de La Habana les acechan con un
cronograma sobre su futuro que está diseñado como los norteamericanos
dibujan los proyectos, que siendo ajenos, los consideran propios.
Para observar lo que ocurre en Cuba, desde fuera de esa realidad,
solo hay dos caminos: denostar a Fidel Castro y a su sistema
político que ha privilegiado los etéreos derechos colectivos
sobre las capacidades individuales o trabajar para que los
cubanos, ajenos a cualquier tutela, decidan sobre sí mismos
en un proceso de sucesión del castrismo que sobre todo tiene
que ser estable, tranquilo y pacifico.
Tiempo habrá para los juicios de la historia. Ahora, el alma
acongojada de los cubanos, debiera sentir el aliento de que
desde la vieja Europa lo que se pretende es que tengan el
bienestar del que siempre han carecido y la esperanza de poder
elegir su futuro sin que nadie se lo dicte desde fuera o desde
dentro de la isla.
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