Carlos Carnicero
Cuba después de Fidel
02/08/2006

Es imposible encontrar indiferencia. A Fidel Castro le adoran los suyos y le odia una gran parte de la humanidad que no es capaz de saltar por su condición de autócrata para situarse en la de campeón de la resistencia histórica contra el enemigo más poderoso del mundo. Nada impedirá ya que Fidel Castro se muera en la cama, rodeado del blindaje de su sistema político y aclamado por unas multitudes que de momento no desaparecen de su escenografía. El día después, se verá.

Nada será igual en la Cuba que sobreviva a Fidel Castro porque todo en ese hemisferio está impregnado del carisma especial del jefe de la revolución cubana, que ha conseguido el consenso universal entre sus amigos y sus enemigos de que a él solo le derrota la muerte.

La Habana está tranquila pero la procesión va por dentro. Los cubanos que viven en la isla no están, en su inmensa mayoría, contentos con la dura vida que les ha tocado, pero tienen una enorme incertidumbre sobre lo que sucederá después, porque están atrapados en el sándwich de un conflicto entre dos mundos que no les ha permitido nunca elegir. La mayoría no conocen la vida sin la omnipresente estancia de Fidel Castro que todo lo decide en un universo que tendrá que acostumbrarse a la contradicción de voluntades encontradas. Enfrente, a solo noventa millas del malecón de La Habana les acechan con un cronograma sobre su futuro que está diseñado como los norteamericanos dibujan los proyectos, que siendo ajenos, los consideran propios.

Para observar lo que ocurre en Cuba, desde fuera de esa realidad, solo hay dos caminos: denostar a Fidel Castro y a su sistema político que ha privilegiado los etéreos derechos colectivos sobre las capacidades individuales o trabajar para que los cubanos, ajenos a cualquier tutela, decidan sobre sí mismos en un proceso de sucesión del castrismo que sobre todo tiene que ser estable, tranquilo y pacifico.

Tiempo habrá para los juicios de la historia. Ahora, el alma acongojada de los cubanos, debiera sentir el aliento de que desde la vieja Europa lo que se pretende es que tengan el bienestar del que siempre han carecido y la esperanza de poder elegir su futuro sin que nadie se lo dicte desde fuera o desde dentro de la isla.