Al margen de lo que digan
las encuestas -excepto las del grupo Prisa, todas son monocordes en dar ganador
holgado, pero minoritario, a Mas-, voy a explicar al lector lo que humildemente
mi olfato percibe, oigo, veo o intuyo.
1) Difícilmente quien votó a Artur
Mas en 2003 -desaparecido de la escena Pujol- incluso sin pleno convencimiento,
va a negarle ahora su voto. Por tanto tiene un suelo consolidado con expectativas
de progresar.
2) Conozco voto tradicionalmente socialista (sector catalanista)
que negará el voto a Montilla. Algún prohombre de la cultura y la sociedad
civil incluso me ha confesado que su familia "se pasa a Mas". Aquí peligra
incluso el suelo.
3) Iniciativa per Catalunya, totum revoltum de excomunistas,
minorías, ecologistas y progres irredentos, se beneficia de esta deserción de
la ex gauche divine que encontró su icono en Pasqual Maragall. Por tanto,
posibilidades de ascenso.
4) El Partido Popular se mantendrá. Tiene una
militancia fiel. Su "debe" puede ser el voto útil conservador que se refugie
en CiU como barrera al tripartito.
5) Esquerra Republicana bajará porque
determinado voto prestado en las últimas elecciones, ahora desconcertado y/o disgustado,
regresará a las arcas de CiU. El experimento del Pacto del Tinell ha alarmado
a nacionalistas de buena fe. Puede que algunos votos descontentos se refugien
en IC pero no en Montilla.
6) Olvidaba referirme a Ciutadans-Partit de
la Ciutadania. Más allá de las astracanadas previas a la campaña, protagonizadas
por Boadella, Iván Tubau y compañía, no tiene ninguna credibilidad ni posibilidades
serias de alcanzar un mínimo de representación. Muy a pesar del periódico El
Mundo, que le da cancha diaria porque les da crédito, no creo que pase de
unas décimas en el porcentaje de voto el 1-N.
Dicho esto, algunas reflexiones
más:
Esquerra Republicana ha fracasado en su estrategia de hace tres
años. Negó la investidura al triunfador Mas porque habría eternizaba un régimen
imperante durante 23 años. Hasta ahí se les puede entender, pero sobretodo porque
haciendo presidente a Mas legitimaba y fortalecía a un dirigente político de la
misma generación de Carod. La presidencia reviste de autoridad y no era
lo mismo dárselo a un vencedor contra pronóstico -Mas- que a un vencedor cantado
y al final derrotado -Maragall-. El precio era distinto. Invistiendo a un Maragall
rescatado de la pira le tenían prisionero y ERC acariciaba comerse el flanco nacionalista
de CiU y el progresista del PSC en una amalgama que al final ellos mismos han
malbaratado con su pipiolismo de novatos en la administración.
Si, al
final, CiU gana con un margen de 10-12 diputados, la apuesta de ERC habrá fracasado.
Mas ha dejado de ser lo que él mismo certeramente definía el otro día como "ese
chiquillo que Jordi Pujol puso ahí delante por enchufe". Mas se ha legitimado
ante los suyos y ante la opinión en estos tres años difíciles de oposición forzosa
y forzada con un discurso y un estilo propio. Ahora incluso no rehuye el legado
de Jordi Pujol cuyos méritos, por dos veces y con toda solemnidad, ha reivindicado
en público después de mucho tiempo de ignorarle al estilo de lo que Al Gore hizo
con Clinton. "Y así le fue", que dirían algunos.
Montilla, que
no es la alegría de la huerta, no despierta pasiones ni parece capaz de movilizar
el voto rojo del cinturón que acudía en masa a votar a Felipe González en las
generales, también a Rodríguez Zapatero, que regularmente vota candidaturas
de izquierda en las municipales, pero que en las elecciones autonómicas se queda
en casa porque "es cosa de los catalanes". Craso error, porque las infraestructuras,
la sanidad o la enseñanza, ¡casi nada! se substancian en la Generalitat.
¿Pactos? A poco que puedan -si Mas no alcanza los 68 diputados, imposible hoy
por hoy-, PSC-ERC-IC, si suman, reeditarán el pacto de hace tres años. Otra cosa
es que Montilla no es Maragall y por mucho que ZP le "autorizara" este
sábado en Lleida a pactar lo que quiera, el ex ministro no contravendrá la estrategia
de su jefe. El propio candidato lo apuntaba estos días: gobernar con ERC no es
cómodo y tiene hipotecas. Entre otras, un marrón ante el electorado español azuzado
por un PP que recuerda la reunión de Perpiñán.
La socioconvergencia -suma
de CiU+PSC, en el orden que sea, acariciada por parte del electorado y opción
preferida por los empresarios- pondría un cierto orden en el caos generado por
estos tres años de experiencia tripartita pero dejaría el Parlamento sin oposición
y atentaría al principio básico de la alternancia. Cataluña no es Alemania ni
Austria, al electorado de CiU y del PSC le han educado para tener al otro partido
de contrincante, no de aliado.
Descartada ante notario la entente CiU-PP,
la otra combinación es la gran coalición nacionalista CiU-ERC, acariciada por
las bases pero no necesariamente por los electores de ambas formaciones, pero
que incomoda a ciertos sectores nada estridentes. Además, quedan heridas sin restañar
de lo acontecido hace tres años cuando las huestes de Carod negociaban a dos bandas
a sabiendas de que entronizarían a Maragall para ascender ellos. En fin, a ver
qué ánimas velamos el 2-N, jornada postelectoral, día de difuntos.
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*Jesús Conte es consultor
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