El pasado 1 de noviembre debía
haber entrado en vigor el Tratado Constitucional de la Unión Europea, que no olvidemos
fue firmado solemnemente por los Jefes de Estado y de Gobierno de los 25 Estados
miembros de la Unión en la mañana del 29 de octubre de 2004, en Roma, en la Sala
de los Horacios y de los Curacios del Capitolio, el mismo lugar en el que el 25
de marzo de 1957 se firmó el Tratado del Mercado Común o de la Comunidad Económica
Europea y el Tratado de la Comunidad Europea de la Energía Atómica o Euratom.
Todos los Jefes de Estado y de Gobierno en aquel día que sin duda era
un día para la historia manifestaron sus buenos deseos para la Constitución Europea
calificada de compromiso honorable y equilibrado para la Unión Europea constituida
como una maravillosa realidad frente a la aparente locura de los Padres Fundadores,
el Sueño de los Padres Fundadores convertido en realidad el fruto de aquel fermento
conceptual y político del soñado proyecto espiritual para Europa. Pero el Primer
Ministro de Irlanda, tras felicitarse como todos, pronunció entonces unas palabras
proféticas, "el proceso de ratificación no será fácil pero con energía y determinación
nosotros podemos y debemos conseguirlo". Y casi ya lo calcularon en la propia
Constitución por cuanto, como es bien conocido, la Declaración 30 de la Constitución
Europea manifestaba que si transcurrido un plazo de 2 años desde la firma del
Tratado las cuatro quintas partes de los Estados lo han ratificado y uno o varios
Estados han encontrado dificultades el Consejo europeo examinará la cuestión.
Pero este 1 de noviembre que acaba de pasar, se cumplieron esos dos años,
y como bien sabemos para entonces 15 países habían dicho si y dos no, es decir
quince países habían ratificado el Tratado Constitucional y dos, Francia y Países
Bajos habían rechazado esta ratificación por vía de referéndum, y tal fuera la
reacción, que estas dos negativas han ralentizado el proceso de ratificación de
los países que faltan, muchos de los cuales van a decir que si, pero con toda
seguridad otros tres van a decir que no o se van a negar a votar este texto: Gran
Bretaña, Dinamarca y Polonia. He dicho bien, Polonia, por mucho que nos sorprenda
que Polonia va a recibir más que nadie el apoyo económico de la Unión Europea
a través de sus diversos fondos con el objetivo de colaborar a su más que previsible
desarrollo económico y social, como en su día le sucediera a Irlanda, España o
a Portugal.
Y es por eso por lo que en estos días, un gran europeísta,
Jo Leinen, actual Presidente de Asuntos Constitucionales del Parlamento Europeo
ha dicho que como consecuencia de los referéndum negativos en Francia y Países
Bajos el calendario para la ratificación de la Constitución Europea no ha sido
respetado y que "Europa ha perdido un tiempo precioso y no es capaz de responder
a los desafíos actuales tales como la lucha contra el terrorismo, el numero creciente
de inmigrantes y la seguridad energética" y ha finalizado su declaración manifestando
que "los costes de la no Constitución aumentan de año en año".
Durante un tiempo hemos venido pensando, como muchos, que el problema no es de
los 15 miembros que han ratificado el Tratado Constitucional, entre otros Alemania,
Bélgica, Italia, y Austria, Luxemburgo, Grecia, la misma España y muchos de los
países de la última ampliación, Hungría, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia,
Lituania, Chipre y Malta, así como los nuevos países que entraran a formar parte
de la UE en 2007 Bulgaria y Rumania. Y entendíamos que el problema lo tenían los
países que habían rechazado la ratificación o los que no querían hacerla, pero
cada vez nos caben más dudas de que la Constitución, tal como esta y tal como
ha sido rechazada, de modo constitucional o de modo político, pueda salir adelante
y todo apunta que el camino queda abierto para que una "mini-Constitución",
que contenga las principales normas organizativas y de funcionamiento sea la que
finalmente prospere.
En este sentido ya se han manifestado algunos importantes
dirigentes de Francia y de otros países y nosotros pensamos que no sería lo peor
si ese mini-Tratado fuese más o menos el contenido de la primera parte de la Constitución
de 2004 en la que se encuentra algo tan importante como los valores, objetivos,
personalidad jurídica, referencia a Derechos Fundamentales, Competencias, Instituciones
y Órganos, Actos Jurídicos, Política Exterior de Seguridad y Defensa, Cláusula
de Solidaridad, Vida Democrática de la Unión, Finanzas, Presupuesto, Pertenencia
y Retirada voluntaria de la Unión.
La ultima palabra sobre esta cuestión
tan fundamental la acabamos de escuchar en la mañana del día 6 de noviembre en
la Radio Nacional de España al Presidente del Parlamento Europeo, Josep Borrell,
quien también ostenta la cualidad de haber sido uno de los más notables miembros
de la Comisión Europea que elaboró la Constitución de 2004. Para Borrell la Constitución
esta bloqueada y difícilmente entrará en vigor tal como ahora esta, y si esta
cuestión esta abierta no es menos cierto que lo que esta abierto es un discusión
sobre el ser de Europa. La reflexiones que Borrell ha hecho son rotundas, el mundo
ha cambiado, somos más y somos más diferentes, y conservamos la unanimidad como
regla de funcionamiento y la unidad a 27 es poco menos que imposible. De tal modo
que para Borrell el "mal europeo" es precisamente este, la unanimidad,
que, y no es un juego de palabras, para cambiarla hace falta precisamente la unanimidad.
Es decir que todos acepten que hay que construir Europa por mayorías.
Pero Borrell ha dicho más cosas, que no es la primera vez que se oyen ni que se
dicen: que Europa sufre un grave problema de envejecimiento, y que los europeos
tienen una visión deformada del mundo que vivimos. Solo somos el 7% de los habitantes
del mundo y parece que solo atendemos a nuestro bienestar, somos hedonistas, no
vemos con claridad lo que se nos viene encima, el desafío de China y de la India,
el de nuestro envejecimiento, el alcance y consecuencias de la inmigración como
gran fenómeno, nuestra vulnerabilidad en muchos temas, entre otros, el tema de
la energía. Y es por ello por lo que desde la atalaya muy enriquecedora como la
que él disfruta en la Presidencia del Parlamento, puede manifestar que no pocos
de nuestros debates tienen una relatividad muy distinta, y alguno de ellos muy
menor si se mira el contorno verdadero del mundo que vivimos.
Y es así
que con seguridad Borrell deplora, como Jo Leinen, que la Unión Europea este perdiendo
un tiempo precioso y que nos acercamos a celebrar el 50 Aniversario del Tratado
de Roma, el gran logro del Mercado Común, no con un triunfo en la mano, el gran
avance que hubiera supuesto la puesta en vigor de la Constitución Europea sino
con una reflexión y un debate abierto: ¿qué queremos ser los europeos?, ¿donde
acaba Europa?, ¿Cómo articular nuestro futuro en común? Porque hoy, fuera de la
Unión europea estos 450 millones de ciudadanos que somos ahora, el 7% de la población
mundial, no podemos seguir mirándonos al ombligo recordando nuestros pasados gloriosos
pasados nacionalistas.
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*Rogelio Pérez Bustamante es Chaire Jean Monnet y Catedrático de
Historia del Derecho de la URJC.
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