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Lujo
oriental en un templo de la noche
Ociocrítico 23/7/2004
Buddha del Mar
Carretera de La Coruña (A-6), km 8,700
Tel. 91 3572907 y 08
Dejémonos
ya de zarandajas tales como minimalismos y alquimias
en la cocina. De vez en cuando hay que ser un
poco más epicúreo, caramba. Y lo que a este com.ilón
le pone hoy es darse un lujo oriental, como el
que ofrecen en El Buddha del Mar a sus clientes.
Ni corto ni perezoso, afiló la Visa y se fue en
busca de relax, distinción, exotismo y, por qué
no admitirlo, caras famosas. A veces hay que pensar
un poco menos en la comida y fijarse más en el
ambiente, cáspita. Hay que saber ser un
Sahib.
Orientalismo de lujo es lo que
ofrece el Buddha del Mar nada más llegar,
cuando un ejército de aparcacoches se lanzan a
recoger las llaves de los vehículos que van desfilando
ante la puerta... suponiendo que sean Rolls o
un BMW, porque ante un humilde Ibiza el trato
es ligeramente más distante. Al entrar, un empleado
como recién salido de Cuando ruge la marabunta
le guía a uno por los más recónditos rincones
del local, un edificio de varias plantas en la
carretera de La Coruña que antaño acogía a la
mítica discoteca Oh! Madrid.
El
recorrido ya merece de por sí una crónica (noten
que aún no hemos tocado el capítulo gastronómico;
es que aquí es casi lo de menos). Los 3.000 m2
del local están decorados con profusión de maderas
exóticas, cientos de budas sorprenden al visitante
en cada rincón, tenuemente iluminados, el bambú
cubre las paredes, el incienso transporta el olfato
a tierras lejanas, las velas aportan intimidad
por doquier... Hay distintos ambientes, desde
los restaurantes (dos) hasta la discoteca o el
chill out, para elegir.
Aquí lo que se consume es Moët Chandon
o Dom Perignon como mínimo, no se vayan
a creer. No en vano los propietarios son los hermanos
Lozano, los artífices de Archy,
para que se hagan una idea de la edad media del
público y de su capacidad adquisitiva. Entre los
parroquianos habituales, si se me permite aplicar
esta expresión en semejante lugar de alto standing,
es fácil encontrar a Jacqueline de la Vega,
tía del propietario, o a Terelu Campos
con su Pippi adosado, o a Belén Esteban,
o a algún que otro Gran Hermano, etc.,
por no mencionar a los miembros de la jet que
habitualmente buscan un momento de expansión en
este templo de la noche y a quienes me siento
incapaz de poner nombre. Lamento que mi compañera
Penélope Glamour no me acompañara
en esta ocasión.
Pero
este com.ilón, que tampoco deja impresionar
así como así, rápidamente pasó de la curiosidad
visual a la gastronómica. Entre los dos restaurantes,
uno más convencional (pero manteniendo la decoración
del Lejano Oriente) y otro menos, eligió el menos.
Ya saben que le gusta vivir al límite. Así que
se dirigió a la zona de reservados y ocupó una
cama balinesa con dosel, sabiamente protegida
de las miradas curiosas por vaporosas telas semitransparentes
y brillantes y mullida a base de una profusión
de cojines de seda.
Recostadamente acomodado, optó por un menú japonés,
aunque también hay opciones tailandesas, vietnamitas
y filipinas. Hay cuatro jefes de cocina, uno para
cada especialidad. El servicio de mesa es impecable
aunque la delicada luz de las velas apenas permite
valorarlo; por otra parte, la exigua mesita colocada
sobre la cama apenas tiene capacidad para alojar
los diferentes platos del menú, en el que no falta
el arroz, el sushi y las tempuras. Los camareros,
impecablemente vestidos de blanco, hacen alarde
de una simpatía variable y de un nulo sentido
de la profesión; una lástima, dada la categoría
que se le supone al local. Por lo demás, recuerden
que aquí lo importante es disfrutar del placer
de los sentidos. ¿Dónde más van a poder degustar
exóticos platos recostados entre sedas de las
Indias?
CALIFICACIÓN
Ambiente: *** sofisticación y lujo
máximos.
Servicio: * Francamente mejorable.
Comida: ** Variada y bien preparada, aunque
el restaurante no es la opción estrella
del lugar.
Precio medio: Menús entre 30 y 35
euros, también por la noche, aunque hay
carta.
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