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¿Cuándo se cena?

Ociocrítico 29/8/2004

Restaurante Moo
Hotel Omm, Rosselló, 265. 08008 Barcelona
Tel. 93 445 40 00


No hay placer, por pequeño que sea, que no conlleve algún tipo de riesgo anexo. Y el pecado capital de la gula lleva aparejada, como en el caso que nos ocupa, su correspondiente penitencia: lo ínfimo de las raciones. Festival de sabores y apoteosis de puntos de cocción, en un marco de decoración minimalista, debida al arquitecto Juli Capella y a las interioristas Sandra Tarruella e Isabel López, el buque insignia del barcelonés Grupo Tragaluz se beneficia de la impronta culinaria de Joan Roca (artífice con su hermano del gerundense Celler de Can Roca, dos estrellas Michelin). Platos muy en la onda adrianense, pero sin copiar al dueño del Bulli, más allá de las técnicas de elaboración comunes -caliente/frío, espumas, etcétera-- a este tipo de labor culinaria.

El Com.ilón itinerante de guardia, acudió a este nuevo restaurante, situado a escasos treinta metros del revitalizado Paseo de Gracia barcelonés, una noche agosteña de calor húmedo en lo climatológico y de rugientes tripas en lo personal. Craso error. Al Moo hay que ir o contundentemente cenado o en situación de inapetencia. Las raciones son sabrosísimas y elaboradas en su justo punto, pero descaradamente escasas. ¿Quizá para armonizar con el minimalismo decorativo del local? Al com.ilón y sus invitados nativos no les cabe la menor duda de ello. E igual que el Buscón quevedesco, pupilo del Dómine Cabra, cabe extraer la conclusión de que "la comida -bueno, en este caso la cena-fue eterna, porque no tuvo ni principio ni fin". Por lo visto, al chef le va más el refrán citado por Sancho Panza: "De buenas cenas, están las sepulturas llenas". No, aquello, por la cantidad, no fueron precisamente las bodas de Camacho (tanto el manirroto del Quijote como el no menos derrochón de Gescartera, Antonio de nombre de pila). En su aventura barcelonesa, Joan Roca, puestos a seguir con los clásicos, es fiel devoto del principio de Baltasar Gracián: "Lo breve -entendido como escaso- si breve, dos veces bueno".

Lo que fue, sobre el papel, una cena de dos platos y postre, habría que decir que resultó un tapeo de calidad, del que culinariamente no hay queja alguna. Propuestas muy interesantes, como las verduras a la plancha con caballa en escabeche de cítricos, las tres tostadas de sardinas (un puntazo, pero escandalosamente pequeñas), las dos correctísimas pero ínfimas raciones de merluza a la albahaca, el exiguo arroz con tripa de bacalao de exquisito sabor y con la melosa textura del gádido o el filete de ternera (no más allá de los 70 gramos, a ojo de escrutador avezado en pesos y medidas) con la infusión de su propio jugo y sobre una reducción de pimientos del piquillo... Previamente, como aperitivo la casa había servido unas tejas de parmesano, unas piruletas de frutos secos y la deconstrucción de una fideuà, pero sin fideos, o sea, con una ligerísima Mouse de alioli y la gelatina tibia del caldo de cocción. Y el Com.ilón jura por Pantagruel que sabía a fideuà.

Los postres, que hay que encargar con antelación, en el momento en el que el camarero toma la comanda, son un rizar el rizo de la innovación. Ni que decir tiene que las cantidades... etcétera... Hay que estar muy pero que muy seguro de las propias capacidades coquinarias para elaborar un postre de frutos rojos aromatizados con el perfume Incanto de Salvatore Ferragamo y que el maridaje satisfaga tanto las papilas gustativas como la pituitaria del degustante. Otrosí digo del Viaje a la Habana, algo así como un mojito (la copa) y el puro (un cilindro de cholate relleno de nata aromatizada con la ceniza y el humo ¡¡sííí!! de un partagás del número 4). Menos alambicado, pero igual de rico, el Valencia, una combinación fría de naranja y horchata de chufa.

Capítulo aparte, y con connotaciones muy negativas, merece la bodega. La selección está hecha con buena intención -hay algunas ausencias incomprensibles--, pero cabría esperar algo más, al menos en el apartado de vinos españoles. La cosa se agrava cuando, al coger la carta de vinos, la bofetada visual de unos precios exagerados (en algunos caldos de importación llegan a quintuplicar los precios de tienda y se fuman un puro, Partagás, por supuesto) hace preguntarse si no estamos ante las cotizaciones de Bolsa, en lugar del listado de bebidas.

El resumen de la experiencia queda reflejado en la frase que, después del café, al unísono, pronunciaron las dos damas presentes: ¿cuándo se cena? Mañana, claro. Hoy sólo hemos tapeado.


CALIFICACIÓN

Ambiente: *** (especialmente si uno es fan del disseny).
Servicio: :** (ellas y ellos, jóvenes, guapos, pelín despistadillos y que, como norma, se empeñan en explicarte didácticamente lo que te acaban de servir, cosa que, unida a la parquedad de las raciones, ocasiona algún que otro comentario sarcástico de buen tono por parte del cliente)
Comida: : *** (eso por calidad y elaboración; si fuese por la cantidad, cero patatero)
Precio medio: : Coste promediado: 45 euros. Menús degustación al mediodía de 30, 40 y 60 euros. Este último incluye una copa de vino para cada plato servido.

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