La limitada oferta de la costa (Punta Umbría, p.ej)

Com.ilón

Muchas veces se ha insinuado que tal vez estemos matando la gallina de los huevos de oro, es decir, el turismo. El Com.ilón ha sondeado el estado restaurador de nuestras costas y, la verdad, excepto en el norte, ha llegado a conclusiones más bien pesimistas: excepto en los casos en los que se escoge un restaurante caro, lo cierto es que la oferta es limitada y el servicio, temible.

Este crítico quisiera traer a colación el último ejemplo que ha podido constatar. Durante tres días, en almuerzos y cenas, se ha hecho pasar por vegetariano en varios locales de Punta Umbría, Huelva, localidad turística donde, por otra parte, tampoco se recibe una gran afluencia de visitantes extranjeros, sino, en su mayor parte, nacionales. El resultado ha sido que, excepto ensaladas, patatas y pimentada (ensalada de pimientos), este Com.ilón se ha quedado sin comer. Literalmente.

He tenido que acudir a los magníficos -y bastante caros-- La Plazuela (en Aljaraque) y El Paraíso, camino de Huelva, para poder encontrar algún plato medianamente elaborado para esos seres marginados por la restauración que son los vegetarianos. Otra alternativa son los hoteles más caros de la zona (como el megalómano Barceló), pero ya se sabe que la comida en los hoteles suele ser más bien deprimente, algo acentuado por el servicio impersonal del megahotel (al que, por cierto, pronto acompañarán otros, previa devastación de pinos en la antaño umbría localidad).

La tragedia comenzó cuando, en el chiringuito La Canaleta, en la punta ya no tan umbría que recibe ese mismo nombre, a este comensal (por decir algo) le negaron la posibilidad de hacerle un huevo frito al no poder comer ni los pescados ni la carne de la carta (pescados excelentes, carne no tanto, por cierto). ¿Gazpacho? Ni siquiera había. ¿Verduras? ¿De qué estaba yo hablando? Similar fue la experiencia de cenar en El Tablas, uno de los locales playeros más renombrados, magníficamente instalado en la misma playa de Canaletas: imposible servir un par de huevos fritos al ya por entonces hambriento Com.ilón. Un servicio casi tan caótico como el del almuerzo presidió una negociación en la que se constató que no había platos de verduras, ni queso, ni aceitunas, ni se buscaba ni quería dar solución a quien tiene el mal gusto de no comer el pescado fresquísimo o las gambas legendarias de la zona.

Y algo similar ocurrió con Los Antonios, el Atlántico, Miramar, Terramar, Tiburón, todos esos restaurantes playeros en los que, reconozcámoslo, este Com.ilón hubiese despachado con tanto contento una buena lubina precedida por unas coquinas. Nada: que ni huevos fritos, ni verduras, ni queso. Ensalada a la que hay que quitarle el atún y la eterna pimentada. ¿Dónde quedan los derechos de las minorías?