Algo más que chuletón de Ávila

Com.ilón

Reconozco que, aun siendo castellano-leonés, hacía algunos años que no visitaba Ávila, una de mis ciudades favoritas. Lo era, y ya no sé si lo es. Porque lo primero que atrapó mi vista, y mi angustia, fue una horrenda edificación, una más de las barbaridades herejes de Moneo, en plena plaza de Santa Teresa, El Grande, una preciosa plaza que ha quedado destrozada con un edificio de apartamentos obra del mentado arquitecto, a quien Dios confunda. Los ecos de la polémica aún continúan, y la memoria de ciertos alcaldes quedará ennegrecida con esa caja de zapatos roja de cuatro pisos a la que algunos llaman 'la torre'.

Pero, en fin, disculpen el desahogo. La verdad es que, aunque no sea más que para ver la catedral, algunas iglesias, las murallas y el paisaje desde los Cuatro Postes, un viaje a Ávila, cien kilómetros, una hora, desde Madrid, merece la pena. Este Com.ilon se acercó a la veterana y bien murada ciudad con la intención de comprobar 'in situ' si son ciertos los rumores de renovación culinaria. Es decir, quería saber si, en efecto, Ávila ha dejado de ser casi exclusivamente la tierra del chuletón. Y a fe que sí, a fe que la restauración abulense ha sido, valga la redundancia, restaurada.

En una sola jornada, el Com.ilon tuvo tiempo de visitar dos locales que no son nuevos, aunque procuran la novedad constante: almorzó en Máximo, en el Puente Adaja, y cenó casi enfrenta, en El Almacés. Dos locales de indudable calidad y características diferentes: con Hugo Vázquez a los fogones en Máximo, un servicio cálido e impecable, una bodega poco acorde con el decorado y una ambición inventiva incesante, Máximo es un sitio agradable, con suficiente espacio entre las mesas, poco ruido y tonalidades destinadas a calmar los nervios. No sirven puros. Yo le pondría un seis sobre diez, pero soy exigente.

Al Almacén, que es ya casi un local veterano (Quince años de vida), solamente le falta la terraza sobre el río Adaja, ya que están de obras. Sigue la decoración basada en buena pintura y colores tibios en las paredes, sillas excesivamente incómodas, sigue el servicio simpático y mantienen una carta de vinos espléndida cuando de la Ribera del Duero se trata. Las croquetas de trufa, insuperables. Las cocochas, estimables (también en Máximo el pescado es, sorprendente para una ciudad de interior, de calidad superior). El pan, como en todos los restaurantes abulenses, mejorable. Hay puros. Yo le pondría un ocho sobre diez, y sigo siendo exigente.

Lo dicho: Ávila bien vale una visita. Porque la renovación gastronómica no se agota en estos dos locales. Seguiremos, pues, informando.

Ah! Los alcaldes responsables del desaguisado de El Grande son Miguel Ángel García Nieto y Agustín Díaz de Mera. Que carguen con la vergüenza de haber dejado el mundo un poco peor de lo que lo encontraron. Y del edificio de los juzgados ya ni hablamos...