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Un
Rockefeller en Madrid
Emilio Lahera (Madrid)
En tiempos pasados era alto y rubio como
la cerveza pero el tiempo, ay, nos lo ha
traído como lo que es: un anciano de 88
años. El dinero no envejece pero sí quienes
lo poseen; también quienes nada tienen sino
su propia miseria. David Rockefeller estuvo
en Madrid, y en una preciosa sala barroca
con paredes revestidas de oropel, en la
Casa de América, lo presentó Editorial Planeta
para que hablara de su libro Memorias.
Historia de una vida excepcional, que
sale ahora al mercado. No son memorias;
los poderosos -y él es uno de los más poderosos
de la tierra- no cuentan nada que no deban
contar, que no contribuya a la mejora y
conservación de la imagen de los más ricos
entre los integrantes de esa pequeña tribu
del 20 por ciento de seres humanos que disfrutan
del 80 por ciento de la riqueza del planeta
(entre los que nos encontramos los españoles,
aunque a veces no lo parezca).
Habló
Don David, hijo y nieto de privilegiados
excepcionales, con soltura y coherencia
a pesar de la edad; de arte, "mis padres
fundaron el MOMA de Nueva York y yo, personalmente,
no sabría elegir entre un Cèzane, un Picasso
o un Matisse"; de historia, "un personaje
que estimo especialmente es Nelson Mandela,
quien, después de pasar 28 años de su vida
en la cárcel, salió sin rencor y gracias
a él pudo regenerarse su país en la democracia
y la paz. Mandela es lo opuesto a Hitler";
de la globalización, "creo que Estados
Unidos ha sido y es uno de los principales
países empeñados en luchar contra la pobreza
en el mundo, pero el propio ser humano es
el principal obstáculo para conseguir la
igualdad que, por otra parte, creo que no
sería nada buena para el mundo"; del
berenjenal de Irak, "si otros países
de Europa nos hubieran apoyado contra Sadam
Hussien, la situación actual en Irak sería
distinta"; del conflicto palestino-israelí,
"creo que la creación del estado de Israel
fue necesario porque los judíos tenían derecho
a un sitio para vivir; espero que, con el
tiempo, los palestinos puedan tener también
un estado propio"; y de él mismo, "se
han escrito muchos libros sobre nuestra
familia, pero éste es el primero que escribe
un Rockefeller, es la primera vez que uno
de nosotros escribe unas memorias".
Dijo el magnate que ha escrito estas memorias
"pensando en mis hijos, a los que he
visto demasiado poco. He sido un privilegiado,
pero he llegado a la conclusión de que,
por encima del dinero y el éxito financiero,
está el gran valor de las cualidades humanas.
Me gustaría ser recordado por las cosas
buenas que he hecho por los demás, no por
haber nacido millonario". No enumeró
esas "cosas buenas" ni abandonó en
ningún momento ese inicio de sonrisa que
surge de la seguridad de ser siempre obedecido;
dijo alguna simpleza sobre el Rey Juan Carlos
-a quien conoció cuando era Príncipe estudiante
en EE.UU- como "no es un monarca totalitario",
y se mostró como un gran experto en rebajar
50 grados la temperatura de cualquier pregunta
caliente. Pasaban las 12,30 del mediodía
cuando se levantó el acto y hubo -no sabemos
por qué, dada la hora- café con leche y
croissants.
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