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Reviviendo
al antihéroe de Joyce
Dublín,
París, Tokio, Sydney, Sevilla, Madrid...
En todo el mundo hay fanáticos de James
Joyce y su Ulises, la novela más
influyente del siglo XX, paradigma de la
modernidad y, por qué no reconocerlo, también
del paroxismo y la complejidad. Muchos la
han (hemos) empezado, pero pocos la han
leído. Aun así, la obra, un paralelismo
de la Odisea de Homero pero concentrado
en un único día, el 16 de junio de 1904,
suele situarse entre las 10 imprescindibles
de la historia de la Literatura. En ella,
Joyce no hizo ni más ni menos que convertir
en novela lo que la gente decía en la calle...
¡pero de qué manera!
"Amor mío, ¡qué harto,
harto y harto estoy de Dublín! Es la ciudad
del fracaso, del rencor y de la infelicidad",
le escribió Joyce una vez a su Dulcinea,
Nora Barnacle. La comparación entre
ambos personajes no es casual: el Ulises
es una de esas inauditas novelas que persiguen
abarcarlo todo, como el Quijote (Joyce,
al igual que Cervantes, estaba convencido
de la importancia de lo que escribía). O
como el Tristan Shandy de Laurence
Sterne. Sin embargo, Joyce lo dijo con
la boca pequeña. Acabó huyendo de su ciudad
natal, sí, pero la amaba tanto que se propuso
"hacer una pintura de Dublín tan completa
que, si un día desapareciese repentinamente
de la tierra, pudiera ser reconocida a partir
de mi libro".
Y
lo logró. Hoy en día, 100 años después,
sus admiradores celebran en todo el mundo
el Bloomsday (no cometan el error de llamarlo
Bloom's day): se visten de época,
hacen lecturas públicas y representaciones
teatrales de la obra y, si están en Dublín
(muchos viajan allí año tras año para la
ocasión) recorren con veneración las calles
de la ciudad improvisando escenas del libro
y haciendo parada en los lugares donde transcurrieron
las peripecias de Leopold Bloom,
aquel agente publicitario de 38 años que
se ha erigido en paradigma del antihéroe
urbano.
En Bloomsday no hay que dejar de tomar sandwiches
de gorgonzola, y si es en el pub Davy Byrne,
mejor; Y hay que tratar de beber las 99
pintas de Guinness que trasegó este Ulises
moderno en tan memorable día, el día en
que salió a pasear por primera vez con Nora,
quien después sería su mujer. En la panadería,
rememoren "el olor verdaderamente sabroso
del pan nuestro de cada día". En el
cementerio, comulguen con la idea de Bloom
de que Dublín tenga tranvías municipales
funerarios, "como tienen en Milán".
Y es que la novela es una narración moderna
y auténticamente realista. Es el retrato
del exterior y del interior de un hombre
cualquiera, un judío pequeñoburgués que
parodia las andanzas del Ulises homérico
hasta que, al final del día, retorna al
hogar. Cada capítulo, escrito en un estilo
diferente, hace referencia a un capítulo
de la Odisea, para culminar en Penélope
con el famoso monólogo interior de Molly
Bloom, que repasa mentalmente la jornada
con un estilo que roza lo onírico ("y
cómo me besaba junto a la muralla mora y
yo pensaba bien lo mismo da él que otro
y entonces le pedí con la mirada que me
lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó
sí queda sí decir sí mi flor de la montaña
y al principio le estreché entre mis brazos
sí le apreté contra mí para que sintiera
mis pechos todo perfume sí y su corazón
parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí").
Pero el Ulises también es la destrucción
de la literatura desde la misma literatura.
Es una narración que es la antítesis de
la narración. Cuando se publicó, Joyce recibió
condenas inmisericordes. Su forma de trabajar
el inglés es tal que se hace imposible trasladar
la obra a ningún otro idioma. Por eso dicen
sus incondicionales que sólo debería leerse
en inglés y en voz alta. Además, está plagada
de guiños y chistes privados que la alejan
del entendimiento del lector que no haya
profundizado previamente en las referencias
mentales, culturales y vitales del autor.
Aun así, la novela resulta fascinante. Hay
quien se declara adicto a ella, en una época
en la que se rinde un ignorante y cómodo
culto a la facilidad. No es un mero juego
literario para una élite culta y manierista,
porque al final, cada lector tiene su propio
Ulises. Y es el Ulises que se revive, año
tras año, en Bloomsday.
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