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Joyas y duros retos
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Emilio LAHERA
El mundo sigue su marcha: refrendan los ciudadanos
las cuestiones europeas, Afganistán liberado de
talibanes se clasifica como el quinto país más
pobre de la Tierra, los rascacielos se incendian
inundados de valiosos documentos esenciales para
muchas grandes empresas, la nieve cae sobre España
de una manera desconocida para toda una generación
y se cierran entre luces y banderas los desacuerdos
de las potencias sobre la destrucción de Irak,
mientras la voz del representante de Dios en este
mundo se adelgaza en la agonía. Así las cosas,
noticias, no obstante, sobre libros: Jean Bottéro
y Samuel Noah Kramer, son los editores de Cuando
los dioses hacían de hombres. Mitología mesopotámica,
publicado por Akal, un apasionante volumen sobre
los orígenes de nuestra cultura; unos orígenes
que se encuentran en Mesopotamia, donde se asienta,
precisamente ¡oh, paradoja!, Irak. Por su parte,
Editorial Destino saca al mercado Ático,
de Gabi Martínez, un libro para lectores empecinados.
Título:
Cuando los dioses hacían de hombres. Mitología
mesopotámica
Autor: Jean Bottéro y Samuel Noah Kramer (editores)
Editorial: Akal Ediciones
Precio: 42 euros
He aquí un hermosísimo libro, de esos que
recogen minuciosamente las huellas de lo que fuimos
hace milenios, antes de emprender el camino hacia
esto en lo que hoy nos hemos convertido. En cierta
medida recoge nuestros orígenes, en la medida
que los restos conservados lo permite, y hace
posible, tras su estudio científico, entender
lo que nuestros antepasados más remotos entendían
por valores, descubrir sus formas de vida, su
organización social y las líneas de desarrollo
que recorrieron como seres humanos.
El objeto de este libro se centra en los abundantes
rastros que han permanecido a lo largo de los
siglos en Mesopotamia (curiosamente donde se encuentra
Irak, esa tierra hoy ensangrentada), cuna de la
cultura conocida y de la que todos nosotros procedemos.
Uno de los autores, Jean Bottéro, dice
en la Introducción: Estos venerables
antepasados, pues como a tales se les trata y
se les considera actualmente, son los habitantes
de Mesopotamia. Creadores, en el tránsito del
Iv al III milenio, no sólo de la más antigua gran
civilización conocida hoy en día, sino del primer
sistema viable de escritura, único procedimiento
capaz de representar el pasado con cierto detalle
y exactitud. Su situación geográfica, en esa especie
de área abierta por igual a Oriente y a Occidente,
al tiempo que su preponderancia intelectual y
técnica, les permitieron difundir por todas partes,
durante siglos, los logros más brillantes de su
cultura. Ahí, en esa zona del planeta se encuentra
nuestro origen: Del mismo modo que también
inspiraron a los autores de la Biblia y, a una
distancia mayor, al viejo mundo helénico, posteriormente
helenístico: las dos fuentes básicas y originales
de la "civilización cristiana" de la que, nos
guste o no, hemos surgido nosotros.
Es una auténtica joya este libro y no es una afirmación
baladí: Este libro supone una inmensa suerte,
pues permite encontrar reunidos, en una sola recopilación,
los más arcaicos balbuceos de nuestros antepasados
más antiguos, las preguntas más antiguas que,
asombrados, se plantearon al enfrentarse a un
universo lleno de misterios, así como las primeras
respuestas que dieron a dichos interrogantes para
conseguir escapar de su absurdo aparente: los
primeros trazos de lo que posteriormente, en otros
lugares y a través de otros medios, se convirtió
en nuestra filosofía y en nuestra ciencia.
Esos balbuceos, preguntas y respuestas se encuentran
reflejados en centenares de poemas escritos, descifrados
y mostrados a lo largo de estas 750 páginas llenas
de hermosos textos referidos a los más diversos
asuntos, cuya vigencia permanece en muchos de
ellos. Leerlos es como regresar y mirarnos a nosotros
mismos en el pasado milenario, en un ejercicio
que provoca humildad ante nuestros ancestros,
aquellos desconocidos abuelos que sembraron el
terreno en el que nosotros germinamos. No es,
desde luego, un libro para leer mientras se espera
el autobús, pero tampoco hace uso de una erudición
que impida la lectura y la comprensión de un ciudadano
medio.
Título:
Ático
Autor: Gabi Martínez
Editorial: Destino
Precio: 20 euros
He aquí una novela de las que ponen a prueba
la afición del lector, evaluada con la sencilla
-quizá no tan sencilla- medida de saber si es
capaz o no de terminarla. Y es preciso decir que
hay pruebas que superan la capacidad del que sostiene
el objeto libro en las manos. Si el lector consigue
llegar al final, a la página 241, donde, como
término de la Pantalla 5, dice Game Over,
Fin, Barcelona, 29 de septiembre de 2001-5 de
enero de 2002-24 de noviembre de 2002, entonces
(aunque puede descubrirlo antes, mucho antes)
reparará en que ha perdido el tiempo en un Game
a cuyo Over no valía la pena, en ningún caso,
llegar.
Las aventuras del protagonista, un tal Eduard
Montes, con sus ordenadores, juegos en la
más pura de las vanguardias tecnológicas al servicio
de asuntos rayanos en la estulticia, no son suficientes
para abonar con un mínimo interés el terreno del
discurso literario que, a lo largo del libro,
intenta sembrar Gabi Martínez, un barcelonés
que se empeña en conseguir ser un innovador dando
brochazos de la supuesta modernidad que proporciona
el mundo de los juegos de ordenador cuyas consecuencias
referidas a la decreciente capacidad pensante
del ser humano occidental -y, por tanto, a su
creciente estupidez- se verá en los decenios que
esperan pacientemente hacer acto de presencia
en los calendarios.
Se nos escapa el interés que este libro pueda
tener para nadie como obra literaria; nos hemos
entregado a la dura tarea de releer párrafos a
ver si encontrábamos el quid del asunto, el resorte
que, quizá recóndito, nos diera la clave. Pero
no; la escritura es tan elemental como uno de
esos intentos literarios que se hacen entre amigos
que saben que nunca se dedicarán a la literatura,
algo a lo que, por otra parte, no hay que revestir
con especialmente graves ropajes, pero sí con
la naturalidad especial con la que los buenos
textos se convierten en piezas tan inolvidables
que, a veces, nos marcan para siempre. Estamos
hablando del placer que proporciona un texto bien
escrito que, además, desarrolla una historia que
seduce porque de una u otra manera nos afecta,
incluso en el caso paradójico de que no nos afectase
de una manera personal, en cuyo punto se produciría
la sorpresa de esa misma paradoja. No es el caso
de Ático, por mucho que esa azotea en la
que Eduard rumia sus estúpidos proyectos tenga
por techo el cielo; hasta ese cielo -significante
común- nos es ajeno.
Como Gabi Martínez hay muchos que escriben esos
signos que llamamos palabras y que intentan, con
derecho, cómo no, entrar en el mundo de las letras.
Pero el lector no tiene la culpa de sus deseos,
ni tampoco de sus derechos. Martínez ha escrito,
al parecer, guiones para televisión: quizá sea
ese campo televisivo -con tragaderas tan amplias
y tan oscuras- el suyo; un campo donde el espectador
tiene, eso sí, la fácil oportunidad de hacer záping
y poner, incluso, un canal con publicidad. ¿Por
qué ha de ser la literatura el lugar en el que
tantos y tantos desembarcan?
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