Narraciones desgarradoras

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Emilio LAHERA

Para tiempos sacudidos por la memoria del dolor, dos libros que abordan, descarnados e impudorosos, distintos aspectos de la violencia: La voz de la sombra, de P. F. Thómese, editado por Lumen, es un intento de conseguir sobrevivir a la ausencia de una hija secuestrada para siempre por la muerte; Deseo, de Elfriede Jelinek, editado por Destino, analiza los múltiples mecanismos de dominio en el interior de la institución familiar.

Título: La voz de la sombra
Autor:
P. F. Thómese
Editorial: Lumen
Precio:
12,50 euros

Breves y emocionantes textos; emocionantes sobre todo para quienes -la mayoría- ya cuentan en su vida con ausencias irrecuperables, seres queridos que se llevó la guadaña para convertirlos en recuerdo, a allá donde todo es sombra si acaso. El holandés P. F. Thomése nos trae un texto extraído de las profundas galerías del dolor. La causa de la herida es la muerte de su pequeña hija. Y se pregunta: La mujer que entierra a su marido se llama viuda, el hombre que se queda sin su esposa, viudo. El hijo sin padres es huérfano. Pero ¿cómo se llaman el padre y la madre de una criatura muerta?. No es el objetivo del autor responder a esa pregunta ni a otras que se plantea a sí mismo a lo largo de las 120 páginas del libro; él ha renunciado a encontrar respuestas suficientemente sólidas como para cauterizar la llaga y ha decidido emprender un camino literario mediante el cual poder exorcizar, al menos en parte, la enorme dificultad de asumir la sangrante realidad de la muerte de su hija. El resultado es una serie de pequeños textos unidos con el sutil pero resistente hilo del dolor antiguo.

En ellos están presentes la poesía, el ensueño, la racionalidad, la neurosis, las referencias históricas, filosóficas y culturales como tabla de salvación a la que agarrarse para no caer en el error de creerse único, la remembranza de los tiempos felices siempre cortos e insuficientes, la vuelta a la más profunda angustia que el llanto incontenible anega. Es un camino de continua ida y vuelta, como un bucle del que sólo se sale con el tiempo que pasa; quizá, aunque tampoco esto es seguro.

Y ante la ausencia de voz, el autor crea la de la sombra: Cuando escribo, es esa la voz que busco. Como notas que sobre el papel no supieran que van juntas y fuesen engarzándose unas a otras para formar los tonos de una tercera melodía, así intento yo hallar frases que no escribo palabra a palabra, pero que se pueden leer en el texto sin saber exactamente dónde están. Y más adelante, sobre la muerte escondida que se muestra omnipresente: Todo cuanto he aprendido hasta ahora pierde de pronto su valor. La experiencia claudica. Todo cuanto hasta ahora había juzgado importante deja de serlo. Mis sentimientos, a temperatura ambiente, no soportan el frío. Mis manos y mis brazos dejan demasiados huecos para que yo pueda estrechar contra mi pecho lo que se pierde.

Palabras, frases, párrafos descarnados, tejidos sin asomo de pudor, desde la soledad en la que, como único territorio y patrimonio, queda el superviviente cuando la muerte arrasa. No es una novela; es un lamento, un grito a veces, y siempre una canción muy familiar para los mortales cual es la que cuenta en sus estrofas y en sus notas la alegría y la tristeza, la esperanza y la pérdida, la voz y el silencio, la luz y la sombra. La vida, la muerte en definitiva.


Título: Deseo
Autor:
Elfriede Jelinek
Editorial: Destino
Precio:
17 euros

No es extraño que la última Premio Nobel sea insultada en su patria, Austria, por quienes la consideran enemiga de la moral, de la familia y de otros valores que sustentan su mundo bienpensante: lo es. La Jelinek es enemiga declarada y militante de esos valores básicos que han conformado desde hace siglos el mundo que hoy vivimos. El texto que nos ocupa es una buena muestra de ello: es un texto enemigo; aunque, claro, depende para quien. Lo que la autora lleva a cabo es una lenta, inexorable, minuciosa disección del interior de la institución familiar, llevada a cabo desde la profundidad del sumidero del cuarto de baño, lujoso, eso sí, pero sumidero al fin y al cabo.

Un marido -director de una fábrica de papel- sexualmente agresivo; una esposa que es usada, en todas sus posibilidades sexuales, del mismo modo y con la misma violencia que el marido director acostumbra a tratar a las prostitutas; y un hijo que ve y vive la situación entre sus progenitores. Así expuesto, parecería que lo que la escritora austriaca nos brinda es una novela dura, para mayores de 18 años, casi pornográfica; lo es: es una novela pornográfica en cuanto que muestra abiertamente la obscenidad y la violencia de las relaciones humanas en el seno de una familia en la que el poder se encuentra en manos del hombre; y un poder absoluto, además.

Y puesto que el coraje es una de las características demostradas por la Jelinek a lo largo de su vida, el relato muestra cómo la mujer puede ser convertida exclusivamente en uno, dos, tres agujeros en los que el todopoderoso esposo pueda introducir cuando y cuantas veces quiera su miembro viril, su badajo, uno de los múltiples apelativos que la escritora utiliza: Como una rana, la mujer tiene que abrir las piernas hacia los lados, para que su marido pueda mirar dentro de ella lo más posible. Está por entero bañada y cagada por él, tiene que levantarse, dejar caer al suelo las últimas cáscaras e ir a buscar una esponja para limpiar al hombre, ese enemigo irreconciliable de su sexo, de sí misma y del flujo que ella ha producido. Él le mete el índice derecho bien hondo en el ano, y con los pezones colgando ella se arrodilla sobre él y limpia, el cabello en los ojos y en la boca, sudor en la frente, saliva ajena en la garganta, la blanca ballena asesina allí ante ella, hasta que la amable luz se pone, llega la noche y este animal empieza a fustigarla de nuevo con su rabo.

Si crudo es el lenguaje de la autora, no lo es tanto como la realidad que describe y que, a lo largo de 234 densas páginas, irá desarrollando hacia otros personajes mediante la ¿evolución? del personaje de la esposa. No se trata, por otra parte, de un lenguaje plano, meramente realista el que la Jelinek utiliza sino todo lo contrario; de manera que su escritura está dotada de diferentes dimensiones que producen la posibilidad de lecturas superpuestas en las que el humor -bien que un humor agrio y socarrón- está presente, y la mirada social, la crítica política, el apunte sobre la destrucción del medio ambiente; todo conformando la velada infraestructura del mundo que vivimos en el que la violencia del poder económico y, solidariamente, la estupidez dominan la férrea -¿frágil en el fondo, quizá?- estructura de los valores contemporáneos. Así lo ve Elfriede Jelinek y así lo expone.

Es una novela incómoda, llena de subtexto, cuya lectura ha de hacerse con calma so riesgo de perderse la riqueza y variedad de profundo sabores literarios. En las antípodas de las hoy tan de moda novelas de aventuras o de historia-ficción, como las Da Vinci, sábanas santas, cenas de apóstoles, griales varios y otras zarandajas de tanto éxito de ventas de las que ni Dios quiere salvarnos, Él sabrá por qué. Elfriede Jelinek no hace ni una sola concesión a ese tipo de lector; pero quien la lea, encontrará en sus páginas otra mirada: dura, implacable; parcial, quizá, a veces. Pero siempre en busca del interior de las cosas más allá de la apariencia. Tal vez la Jelinek no sea una escritora única, pero es indiscutible que sus textos se apartan de los discursos dominantes en el panorama de la literatura de nuestro tiempo. Por eso -aunque no sólo por eso- es imprescindible leerla, escuchar lo que dice. Aunque sea para negarla, como hacen los escandalizados poderes conservadores austriacos.


 

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