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Estampas de tiempos pasados
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Emilio LAHERA
Las memorias se pueden escribir de muy diversas
maneras, tan intangibles son los materiales del
recuerdo. Y tan diversas y múltiples las miradas
posibles sobre la historia que a cada cual le
ha tocado vivir. He aquí tres ejemplos de reciente
hornada: El cielo de Madrid, de Julio Llamazares,
editado por Alfaguara; Días felices en Argüelles,
de Francisco Umbral, editado por Planeta; y Tigre
de papel, del francés Olivier Rolin, editado
por Mondadori. Crónicas de tiempos vistos y sentidos
de maneras desiguales.
Título:
El cielo de Madrid
Autor: Julio Llamazares
Editorial: Alfaguara
Precio: 18,95 €
Es una obviedad manifestar que lo que se cuenta
debe ser interesante para el lector en la medida
en que ello induzca a la reflexión, suponga enriquecimiento
personal e intelectual o emocione en cuanto que
se produzca una identificación de hechos, signos
reconocibles; además, naturalmente, del goce estético
que surge de todo ello.
Muy esperada era la novela de Julio Llamazares
después de los más de diez años transcurridos
desde la publicación de su último trabajo. Lo
que nos trae ahora pretende ser una crónica generacional,
travesía ambiciosa y difícil porque se ha de arribar
a puertos conocidos más o menos detalladamente
y porque han de marcarse las líneas principales,
las características identificatorias de un grupo
humano concreto en este caso dentro de una ciudad
que es Madrid. Con esta novela, el autor intenta
una especie de ajuste de cuentas con la generación
de "la movida madrileña", a la que el autor,
por años, pertenece. Aunque siempre que se escribe
-sea crónica o no- se está ajustando cuentas con
una parte de uno mismo y, por tanto, con quienes
comparten en mayor o menor medida la época, los
hechos históricos, el imaginario de ilusiones,
el conjunto de valores que definen una edad determinada
en un lugar concreto bajo específicas circunstancias
históricas y sociales. Materia hay, sin duda,
en el caso de la llamada "movida madrileña",
en plena Transición, la espectacularización de
la realidad, el escenario para la alegría y la
celebración de una ruptura social, ideológica
e histórica, para el enaltecimiento y exégesis,
en fin, de la desmemoria.
Nada hay de cuanto se esperaba pudiera haber;
sólo un artificio literario, un texto sin argumento,
pretendidamente intimista, edificado sobre lugares
comunes, pensamientos banales y reflexiones sin
compromiso de ningún tipo. Intenta Llamazares
un relato intimista, como siempre en su literatura,
un territorio en el que el autor se mueve a sus
anchas, sin miedo a una moderada reiteración,
con libertad, haciendo que el relato progrese
lenta pero inexorablemente dejando en cada leve
paso una huella de dinosaurio. En el relato de
corte intimista la acción no es trepidante sino
suave, a veces imperceptible, porque en el conjunto
de la escritura la acción se encuentra diluida
en los mil pequeños detalles que forman el conjunto.
Pero lo que otras veces funcionó se torna fracaso
en este su último trabajo. Repetir hasta el infinito
el esquema base de una afirmación seguida de su
relativización mediante otras oraciones subsiguientes
produce un infinito agotamiento.
El cielo de Madrid está dividida en círculos,
a la manera de La Divina Comedia de Dante,
versos de la cual inician, como puerta de acceso,
cada uno de los cuatro capítulos - círculos: El
Limbo, El Infierno, El Purgatorio y El Cielo,
muy breve este último, como final del relato,
escrito a manera de confesión, de legado a su
hijo que acaba de nacer, momento en que el narrador
entiende y declara que su vida ha encontrado,
al fin, sentido con su nacimiento y la estabilidad
emocional que le proporciona la relación con su
pareja.
El protagonista - narrador nos regala en el primer
capítulo - círculo sus recuerdos sobre sí mismo
y sobre una serie de personajes de su juventud,
hasta los treinta años, para contarnos el resto
en los siguientes tres capítulos. Pero todo acaba
como empieza: apenas esbozado, con una morosidad
profundamente aburrida para el lector. No hay
evolución de los personajes, incluido el narrador,
ni tampoco la necesaria descripción para poder
entenderlos más allá de lo obvio, ya percibidos
con claridad los grades rasgos de cada uno desde
las primeras páginas; Llamazares insiste e insiste
hasta la extenuación en las mismas pinceladas,
aportando sólo algún otro leve apunte a lápiz
que no enriquece lo ya conocido: el gran fresco
de un grupo representativo de una generación con
fondo negro y plata. Lo mismo ocurre con el narrador,
del que conocemos también desde el principio las
grandes líneas de su vida, de su escala de valores,
de sus principales vivencias y de su reflexión
sobre las mismas; a lo largo de decenas y decenas
de páginas, asistimos a la reiteración de una
serie de reflexiones conocidas y francamente banales:
es pintor, siente una profunda nostalgia por la
vida de sus años jóvenes, se arrepiente de sus
errores con las mujeres, no está de acuerdo con
todo lo que ocurre a su alrededor y considera
que la juventud se acaba a los treinta años.
Y ahí nos deja Llamazares en la página 256, la
última. El protagonista narrador ha encontrado
su camino tras una etapa de soledad en el campo
y el conocimiento del amor de su vida. A pesar
de la machacona reiteración, sabemos muy poco
-sólo generalidades- de los personajes, de sus
antecedentes; lo mismo ocurre con el protagonista,
trazado a grandes brochazos antes durante y después
de sus crisis y evolución posterior, un individuo,
por cierto, fácil de desconcertar ante reflexiones
tan elementales como las que, por ejemplo, el
personaje del mendigo hace: "La soledad es
dura" (página 173), profunda y novedosa declaración
seguida de otras no menos desconcertantes para
el protagonista en las páginas siguientes.
Siempre nos quedará, eso sí, ese cielo enrojecido,
rosa, cárdeno que se divisa al atardecer tras
las torres de San Francisco el Grande, más allá
de Las Vistillas, tan velazqueño, dicen.
Título:
Días felices en Argüelles
Autor: Francisco Umbral
Editorial: Planeta
Precio: 20,50 euros
Días felices en Argüelles y en cualquier
otro sitio. Umbral, manejando su especial
prosa, convertido hace ya mucho tiempo en un escritor
de éxito, es feliz en ese barrio madrileño o en
cualquier otra parte de Madrid, España o el extranjero
en general, salvo en algunos sitios como Estocolmo
y países más o menos colindantes. Aunque a él
lo que le gusta es esta España ramoniana que "huele
a moro".
Libro de memorias, de crónica de un territorio
llamado Umbral del que el autor es capaz de sacar
lo que haga falta del subsuelo o del viento que
circula alrededor de su gabán zarandeando su bufanda.
Él mismo lo dice en el epílogo: Memorias periodísticas,
pues, por la manera de estar escritas y porque
su tema principal yo creo que es mi vida de periodista,
o sea mi vida sin más. No hay, pues, trampa
ni cartón: Umbral escribe sobre Umbral desde el
punto de vista de Umbral sobre las cosas que importan
a Umbral y para los numerosos lectores de Umbral.
De tal modo parecería que el texto del descreído
resultaría un mamotreto de egocentrismo inaguantable;
y así sería si no terciara la pluma ligera, culta,
amena y divertida del autor (Umbral).
A lo largo de las 220 páginas de Umbral sobre
Umbral, Umbral desgrana sus filias y sus fobias
sobre los numerosos escritores de antaño y hogaño,
plumillas, advenedizos iconos históricos de variado
pelaje y muchos de la totalidad de bichos vivientes,
siempre, como no podía ser de otra manera, según
su experiencia personal y su criterio sobre lo
que la literatura y el arte en general son, sobre
política, sociología, historia, sobre todo lo
cual posee un corpus suficientemente consolidado
como para ser eso: un corpus.
Umbral es Umbral y no vale darle más vueltas,
so pena de acabar cazando moscas, lo que no es
en ningún caso recomendable para nadie. Por otra
parte, sobre quien hace ya mucho tiempo que ha
entrado en la Historia de la Literatura y ocupado
un puesto destacado en la galería de maestros,
vano intento sería el de valorar cualquiera de
sus textos. Lo cierto es que se trata de un monólogo
cómodo de leer, ameno, con frecuencia divertido
y, lo que es más importante, sin miedo a meterle
mano al más prestigioso de los que han sido o
son en el universo de la literatura. Tal es el
caso de Rafael Sánchez Ferlosio, Premio
Cervantes 2004, sobre el que efectúa algunas puntualizaciones
interesantes desde un punto de vista tanto literario
como sociológico, situándole dentro de ese grupo
o taifa de los anglosajones con sus amigos
Juan Benet, Javier Marías, Martínez
Sarrión, Javier Pradera, Luis Martín
Santos, Gil de Biedma, Carlos Barral
y algún otro catalán limítrofe. Y añade: El caso
es que Ferlosio, dentro de la fratía, viene a
resultar algo así como la exageración del modelo,
entre el continuo desacuerdo y el elitismo intelectual
que va dispersando en obras menores y mayores.
Digamos que Ferlosio es el poeta maldito, el niño
terrible de una generación de gente bien que asimismo
tiene algo del ejemplar 27. Frente a eso,
es sabido que Umbral reivindica el renacimiento
de la tradición literaria española que Cela recobró
desde su Pascual Duarte, esa España que huele
a moro, vamos.
Unas memorias -como Umbral mismo dice- periodísticas;
y muy interesantes, en las que encontramos la
amenidad, el estilo y la mordacidad del columnista
que es desde hace tantos años; impecablemente
escritas y llenas de opiniones, argumentos, reflexiones,
ironía y coherente compromiso general con los
conceptos y valores que él profesa en el ámbito
literario, en el social, político e ideológico.
No hay más trampa que la que él mismo se tiende,
controlada y hábilmente para no caer en ella atrapado.
Título:
Tigre de papel
Autor: Olivier Rolin
Editorial: Mondadori
Precio: 17 euros
Lo primero que hay que decir es que Olivier
Rolin fue nombrado responsable militar de
la Gauche Prolétarienne, un grupo muy activo de
la extrema izquierda maoísta en el París de 1968;
hoy es editor de la prestigiosa Éditions du
Seuil y ha publicado nueve novelas; la que
nos ocupa obtuvo el premio France Culture 2003.
Reseñamos todo esto porque tiene que ver con la
lectura de Tigre de papel, título en el
que Rolin hace referencia a la famosa frase de
Mao Tse Tung, "El capitalismo es un tigre
de papel", que dio la vuelta al mundo y aportó
esperanza a los corazones de un considerable número
de jóvenes occidentales de los años sesenta y
setenta que se confesaban maoístas y que soñaban
-aunque ahora parezca mentira- con la caída violenta
del sistema capitalista y la instauración de un
régimen similar al que imperaba en China.
Más que una novela, el libro de Rolin es una crónica
aderezada con los ingredientes de la novela, la
memoria del tiempo de su juventud, un doloroso
ejercicio de recuerdo desde el hoy: conduciendo
un automóvil, dando la vuelta a París a través
de un periférico interminable, el protagonista
busca desesperadamente señales en las que apoyar
la narración de su vida de aquel tiempo a Marie,
la hija de su mejor amigo y compañero de luchas
revolucionarias, muerto prematuramente.
Narrado en la complicada y arriesgada segunda
persona, el autor lleva a cabo un discurso casi
terapéutico en el que el protagonista intenta
explicar a la joven Marie quién era su padre muerto;
y para ser comprendido revive, a la velocidad
del motor de su automóvil, no solamente hechos,
sino sentimientos y actitudes tan lejanos a alguien
que, como Marie, ha nacido y crecido en una época
en la que se tiende a banalizar cuando no a despreciar
directamente cualesquiera de aquellos impulsos
ideológicos que movilizaron a miles de jóvenes
no sólo en Francia sino en buena parte de Europa
y que, en algunos casos, constituyó el germen
de posteriores acciones terroristas que costaron
la vida de políticos y que acabó, pasados los
años, con la aniquilación total de los propios
comandos terroristas.
Relato desgarrado de un tiempo peligroso en el
que muchos apostaron la vida contra sus sueños
e ilusiones, erróneos a la vista del desarrollo
de la historia pero no por ello menos vividos
y sentidos; texto desnudo sobre la fragilidad
del compromiso, sobre la fuerza de los ideales
y sobre la inconsciencia de una edad apropiada
para la predestinación, en una época en la que
campaban en las colinas de la historia hechos
y personajes que negaban la realidad circundante;
abono adecuado para el riesgo, la entrega a lo
otro -aunque lo otro llegara de tan lejos y tan
distinto como China-, la aventura de los mesías
salvadores. Y todo ello, con apenas unos hilvanes
de vida como experiencia. Rolin lleva a cabo un
vómito de recuerdos aparentemente dispersos para
componer finalmente un fresco generacional que
se preste al análisis retrospectivo ante el espejo
de la generación de sus hijos.
Es un texto abrumador y sincero, en el que no
falta el buen humor que emana incluso de la misma
forma de contar del protagonista, frecuentemente
varado ante obstáculos insalvables para transmitir
lo que vivió. Hablar, escribir para comprender,
para entenderse a uno mismo, al que fue: ese parece
ser el objetivo que se desprende de la lectura
de este texto en el que Rolin no elude el compromiso
personal con la historia, los atisbos de locura,
pero tampoco la fraternidad y la ingenua y juvenil
entrega. Una honesta, por poliédrica, revisión
del pasado de una determinada fracción de la izquierda
política.
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