Lecturas entre lluvias de otoño

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Emilio LAHERA

Hay actos cuyas consecuencias son impredecibles. Uno de ellos -por eso no lo recomiendo- es releer a Julio Cortázar, adentrarse de nuevo en El perseguidor, hojear Bestiario, Final del juego, qué sé yo: Rayuela, en fin, por ejemplo. Uno queda desganado, sin ánimo para otra cosa que volver a empezar. Lo lamento; porque se sigue escribiendo; y bien, con más frecuencia de lo que pueda parecer; a veces, hasta muy bien. Algún amable lector de esta humilde página ha llegado incluso a pensar, y con razón, que es un escándalo esto de dejar pasar las semanas sin dar noticia de libros que no son mercancías sino textos de interés. No volverá a ocurrir; prometo solemnemente no volver a acercarme a Julio durante el próximo quinquenio; bueno, al menos de madrugada, que es la peor hora para esas remembranzas que quedan -quien no las tiene no ha vivido- como infectadas cicatrices de guerras perdidas. Una interesante novela de Philip Roth, La conjura contra América (Mondadori) y Ahí os dejo mi retrato (Lumen), una biografía sobre Frida Kahlo, intento de aproximación a un personaje tan singular y complejo como fue la artista mexicana.


Título: La conjura contra América
Autor: Philip Roth Editorial: Mondadori
Precio: 21 €

El principal y único obstáculo de esta novela es que todos sabemos que la historia no fue así; meterse en el hipotético "¿qué hubiera pasado si...? supone siempre un problema difícil de resolver para el lector; más aún, ¿por qué hacer historia-ficción cuando la propia historia -y no digamos ya la versión de la misma según la mano que la escriba y, por tanto, la instituya- contiene ya innumerables razones no ya para la sorpresa y el asombro sino para el miedo y el terror?. He aquí un asunto previo a la escritura que pesa sobre el occipucio del lector de esta última y en gran parte excelente novela de Philip Roth. Otra cosa bien distinta son las razones del autor al plantearse semejante reto, absolutamente respetables y en las que nadie tiene salvoconducto para entrar. En La conjura contra América, Roth utiliza la mecánica de la historia-ficción para urdir un texto en defensa del orden y del sistema liberal estadounidense basado en Thomas Jefferson y Abraham Lincoln, lo cual no está nada mal atendiendo a los tiempos que corren, o más bien nos arrollan cual caballos enloquecidos. Los protagonistas, la familia Roth, judíos trabajadores de clase media, habitantes de barrios tradicionales de Newark, fervientes seguidores del New Deal de Franklin D. Roosevelt, esa ocasión perdida que tantos estadounidenses creyeron -y aún parece que muchos creen- ver renacer en John F. Kennedy.

En una compleja pero transparente narración, Roth, a la contra de estos años en los que George Bush Jr. y los millones de electores que le han votado dicen intentar protegerse contra el enemigo exterior, adjudica la conjura, desde dentro de Estados Unidos, a determinados sectores del poder estadounidense de los primeros años cuarenta; entre ellos, el poder de los judíos ricos, dirigentes económicos o religiosos sin mayores escrúpulos que cualquier banda de mafiosos. Es en ese punto un texto ardiente y crítico con determinadas actitudes reconocibles en la actual política estadounidense; y también es un texto impregnado de tristeza por lo que representa un mundo, vivido por Roth, de fundamentales valores perdidos hoy en el herrumbroso baúl de la historia. ¿Sería oportuno recordar que aquel New Deal fue un recodo del camino hacia la actual hegemonía enloquecida de Estados Unidos, que Charles Lindberg no sucedió a Franklin D. Roosevelt, sino que fue Harry Truman, ese hermético personaje que dio el visto bueno al Enola Gay y a las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki? ¿Qué hubiera hecho Roosevelt con la bomba atómica en su poder, una bomba atómica que se empezó a conseguir bajo su mandato presidencial?. Las exégesis son siempre peligrosas porque la historia y sus personajes son siempre poliédricos y, por ello, discutibles.

Hay en el relato mucho de alegato contra el antisemitismo, pero lo interesante -y honesto y lúcido por parte del autor, que es judío- es que en ese antisemitismo participan también, y activamente, judíos, judíos ricos sobre todo, acompañados por arribistas y canallas de diversa condición, por lo que, quizá sin quererlo, Roth apunta una denuncia desde la variable de la lucha de clases aunque su estación término sea finalmente el sistema de la libre concurrencia. Y ahí está su contradicción porque, sencillamente, es la ideología de la libre concurrencia el eje económico y político del sistema estadounidense de entonces y de ahora, el modelo que, ya nos lo han dicho, todos debemos adoptar como el mejor de los posibles sobre la faz de esta tierra destripada por el hambre y la metralla.

Así las cosas -pues de un texto ideológicamente militante se trata aunque el autor haya declarado lo contrario- hay que decir que los avatares que les ocurren a la familia Roth son extensibles a lo que puede ocurrirle a cualquier miembro de cualquier familia de cualquier minoría religiosa, étnica o social. El hecho de que los protagonistas sean judíos no sería necesario si no fuera porque es el mecanismo histórico real que hace posible el discurso narrativo. Dicho lo cual, sólo hay que añadir que la indudable maestría del autor hace que la lectura sea un auténtico placer a fuerza de amenidad, de excelente dosificación de la estructura dramática de tal manera que la progresión de la historia se efectúe de una forma perfectamente engrasada, de verosimilitud en las descripciones...Sólo con esa maestría resulta tan natural escuchar esa voz de Philip, el Roth niño, contarnos los placeres, asombros, miserias y también angustias y terrores que la vida le va proporcionando en el devenir de aquellos pocos aunque turbulentos años.

Ahora bien, la historia final del hijo de Lindberg, con el que se cierra la novela, resulta truculenta; en su afán por terminar honorablemente el recorrido por unos hechos hipotéticos, el autor riza el rizo dando una solución al barrizal histórico en el que nos ha metido, que provoca cierta sonrisa porque exige del lector un exceso de complicidad, de acuerdo. Todas las opiniones son discutibles, y también, lógicamente, ésta, pero creemos que hubiera sido más coherente con el resto de la novela terminarla sin solucionar las claves, dejarla sin más en pleno pantano. Aunque bien es verdad que la truculencia de la que hablamos no supera a la que ha rodeado a algunas versiones sobre el 11-S o, más atrás, a las que acompañaron al asesinato de John F. Kennedy o al de su hermano Robert.



Título: Ahí les dejo mi retrato
Autora: Frida Kahlo
Editorial: Lumen
Precio: 21 €


Raquel Tibol, crítica de arte argentina, fue secretaria de Diego Rivera, el legendario pintor mexicano y compañero de Frida Kahlo; a ella se debe la recopilación, selección y ordenación de estos apuntes personales agrupados en este volumen, bajo un título con resonancias de corrido mexicano. Se trata de eso, de apuntes, reflexiones, pequeños escritos y cartas que, a lo largo de su vida, la singular artista de un tiempo no menos singular, fue escribiendo según respiraba su azarosa vida artística y personal. Es, pues, un libro hecho a pedazos, con textos no pensados para que se publicasen, pero interesante al fin, porque muestran -siempre hasta cierto punto, claro- la forma de entender el mundo y la vida pequeña de un personaje curioso -para muchos incluso muy atractivo- como es Frida Kahlo.

Es, como muy acertadamente anuncia el título, un retrato entre otro posibles; un tanto desdibujado, lo cual hay que celebrar puesto que para que cobre su adecuado enfoque necesita de la intervención del lector. Por sus páginas circulan cartas al padre, a amigos entrañables, a músicos, escritores, actrices, algún poema...Y textos para su esposo Diego Rivera correspondientes a distintas épocas. Todo ello aliñado con reproducciones de fotografías de la protagonista en diferentes momentos de su vida, desde la primera juventud (dieciocho años) hasta 1950, postrada en la cama de un hospital cuando ya sufría la grave enfermedad que la llevó a la muerte en 1954, a la edad de 47 años.

Frida Kahlo, un ser humano en principio como cualquier otro ha devenido, sin embargo, personaje ejemplar de un tipo de artista que ahora raramente se produce en este uniforme, homogéneo y a menudo estúpido conjunto de mundos que componen, sin embargo ni pudor, lo que llaman global; es decir, un globo tan pulido, estéril y peligroso que la amenaza de los baobabs ha resultado incontrolable aún para El Principito de Antoine Saint- Exupéry. Quien esto escribe no comparte la gran admiración que ha suscitado la obra de esta artista mexicana ni tampoco la que ha provocado a lo largo de los años su figura, llegando a constituirse en un referente para algunos sectores del mundo de la cultura; pero es innegable que la figura de la Kahlo posee un atractivo que tal vez radique en su heterodoxia en una época tan turbulenta como la que le tocó vivir, su relativo compromiso con determinados aspectos sociales y, sobre todo, en que fue la joven esposa del famoso pintor Diego Rivera, lo que, al margen de sus períodos de tempestuosa relación, le permitió conocer a gentes entonces en la cresta de la ola, como André Breton y los surrealistas.

Un texto pulcro, sin afán de protagonismo por parte de Raquel Tibol quien se limita a proporcionar notas complementarias sobre los materiales seleccionados, además de presentar una breve introducción en la que cuenta su relación con los Rivera y dar reseña de algunos aspectos de su trabajo de recopiladora. El retrato que, figuradamente, se nos deja, es una idílica representación de la Kahlo que seguramente coincidiría en líneas generales con el retrato que a ella le hubiera gustado dejarnos. Nada que objetar: todos nos miramos al espejo para ver si las imágenes coinciden; aunque a veces la ira que nos produce ese sencillo acto nos lleve a desear romperlo en mil añicos.