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Saramago aborda
un mundo sin muerte en su última novela
11/11/2005
Ociocrítico/Agencias
Buenas noticias para los incondicionales de José
Saramago. Cada vez queda menos para que puedan
disfrutar de su última obra Las Intermitencias
de la muerte, una reflexión que supone la
introducción del humor por primera vez en la obra
del autor. En su nueva novela, el Nobel de Literatura
vuelve a abordar la posibilidad de un mundo en
el que no existieran elementos de la vida cotidiana
a los que estamos habituados. Si en Ensayo
sobre la ceguera Saramago se escribía a propósito
de un mundo en el que todos quedaban ciegos, ahora
el escritor portugués se enfrenta al dilema de
una vida sin muerte. ¿Y si la muerte no logra
matar?, nos pregunta a lo largo de sus páginas.
Durante la presentación de Las Intermitencias
de la muerte, una reflexión que comienza y
acaba con la misma frase: "Al día siguiente
no murió nadie", José Saramago, criticó
la "soberbia infinita" del ser humano,
cuando pretende vivir eternamente y vencer a la
muerte.
En el libro, el lector asiste a un parón en la
actividad de la vieja dama de la guadaña; una
obra que también trata sobre la vida y que repasa
temas como el de la eutanasia o el suicidio, con
la introducción de un nuevo factor en la obra
del autor portugués: el humor.
¿Y si la muerte no lograra matar?", se cuestionó
Saramago en el momento de crear el "embrión" de
su última obra. Para el autor, esta pregunta tiene
una clara respuesta: Esa situación "sería un
auténtico desastre". Así, comenzó Saramago
en la presentación de la edición española, catalana,
portuguesa, italiana, brasileña, entre otras,
de Las Intermitencias de la muerte (Alfaguara),
a través de una video-conferencia celebrada entre
el Instituto Cervantes de Madrid y el de Lisboa.
El escritor, que cumplirá 83 años en los próximos
días, aclaró que la muerte "no es una fuente
de inspiración" desde su punto de vista y
tampoco es el tema dominante en su obra, que además
de establecer la "frontera" existente entre
la vida y la muerte, rescata temas como "la
eutanasia e incluso el suicido". Su último
libro plantea qué hacer cuando una persona tiene
una enfermedad eterna y expone la frontera o la
raya que existe entre la vida y la muerte. En
este sentido, el autor opina que cada uno "debe
disponer de su propio cuerpo, del que nadie más
tiene derecho a decidir". Asimismo, "no
creo que alguien que se suicide sea necesariamente
un cobarde, creo que cuando tu vida mental o cívica
ha terminado ya no vives, hay quien llega a esta
situación por desesperación", recordó.
Tras la muerte, "la nada"
Para el autor, si algo está claro es que la muerte
"no tiene salida". "Vivir eternamente en la
tierra sería un castigo; cada vez seríamos más
viejos", supuso. "No temo a la muerte ni
vivo con esa preocupación pero sí soy consciente
de ella; tengo la edad suficiente para decir que
soy viejo, 83 años, y a veces vivo como si tuviera
62 y otras 18, como se dice en España: Eso es
la hostia", bromeó.
Además, aseguró: "No creo en Dios y no entiendo
cómo se puede creer aún en Dios". "Se que cuando
llegue mi hora entraré en la nada y se acabó;
habrá también un día en que se acabe todo, también
la galaxia y Dios no se cuestionará qué ha pasado
con su creación; son fábulas que no se deberían
seguir repitiendo", opinó, basándose en datos
científicos astronómicos, y matizando: "quizá
estas palabras no suenen bien a algunas personas".
Por este motivo, personas como Walt Disney, congelado
a la espera de que la ciencia avance y le reviva,
desde el punto de vista de Saramago se llevarán
la "sorpresa de despertarse y descubrir que
están muertos", ironizó. Para el autor, "debemos
aceptar que nada de lo que hacemos o somos es
para siempre". "El ser humano tiene una soberbia
infinita", agregó.
En la novela se plantea un problema en torno a
los ancianos que supone un retrato de nuestra
época. Este colectivo "es considerado como
estorbo, cuando el anciano va a una residencia
es una forma de decir que ya estás muerto pero
aún respiras". Según señaló, hay cuestiones
inmersas en el libro, "sobre todo en la primera
parte" que se remontan al "debate de los
años 60 sobre el progreso técnico y el moral".
Saramago lamentó además el hecho de que vivir
merezca la pena "dependiendo de dónde estés,
de lo que ganes o de lo que seas". En este
sentido, destacó que hay personas en África, por
ejemplo, que no pueden salir de su país y mueren
de inanición cada día; los que viven en el infierno
que es este continente y sueñan con el paraíso,
es decir, Europa, descubren que Europa no eran
como pensaban", insistió.
Morir para seguir viviendo
Por otra parte, si el tiempo se detuviera se crearía
la siguiente situación: "Yo me quedaría con
mis 83 años pero el niño recién nacido se quedaría
eternamente con sus tres horas de vida", apuntó.
"Este debate no lleva a nada, por lo que lo
que tenemos que morir para seguir viviendo porque
sino la vida no se aguantaría".
Por otro lado, aseguró que ningún personaje de
su obra es real. "La vida de mis personajes
es mucho más interesante que la mía". Asimismo,
aclaró que sus libros tienen su propia historia
y no siguen una serie determinada, aunque hay
alguna excepción como es el caso de Ensayo
sobre la lucidez. Saramago admitió que es
consciente de que sus libros "tienen siempre
como punto de partida la imposibilidad o la improbabilidad",
un fenómeno en el que no se había fijado hasta
hace un par de años. Finalmente, el autor concluyó:
"El mundo cambia a la literatura, y no al revés:
no cambiaremos la vida si no cambiamos de vida".
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