Estar a la altura
Por Penélope Glamour


Qué difícil debe de ser modernizar la monarquía. Qué estrés debe de causar saber que todos los pares de ojos del planeta están posados en ti cuando das el "sí, quiero". Qué importante puede llegar a ser, para el futuro del Estado, el traje de novia de Letizia o el suyo mismo, si es que está usted invitado/a al acontecimiento planetario del siglo. Yo, que seré testigo privilegiado del evento, ya me he estudiado todos los manuales del bon ton y tengo algunas sugerencias que hacer. Con perdón por el atrevimiento.

En la peluquería más cara de Madrid, la del estilista oficial de los últimos Oscar, y en la tienda enseña del modisto más in del momento ya figura en la lista de citas, en letras bien grandes, el nombre de Penélope Glamour. He puesto en marcha todo un engranaje logístico para que la boda del año encuentre a esta cronista de ustedes en perfecto estado de revista. He dado un repaso a todos mis manuales de protocolo y etiqueta y, después de mucho investigar, tengo varias puntualizaciones que hacer, sin ánimo de ofender.

En primer lugar, mucho me temo que el traje de novia de Letizia, el secreto mejor guardado del país en este momento tras el expediente de divorcio de su ex marido, será tan clasicón y recatado como todos los modelos que luce últimamente. No es que no confíe en Pertegaz, desde siempre un adelantado a su tiempo, ni que defienda que la futura Princesa de Asturias deba impactar en ese día histórico a base de escotes y golpe de cadera. Pero la joven da mucho más de sí, y me limito a hablar aquí de estética y estilo, de lo que estamos viendo últimamente. Sólo me queda cruzar los dedos, confiar en su buen gusto (y en que le dejen algo de cancha para elegir), y cronometrar luego cuánto tardan las tiendas de moda en sacar a sus escaparates imitaciones del vestido nupcial del siglo. Ése será el termómetro del acierto. Como ocurrió con Armani. A ver si tanto viaje los lunes a Barcelona para las pruebas del vestido no cae en saco roto.

Aunque, para vestidos, piensen en el problema de todas las señoras que ya tenían encargado y pagado el suyo y que ahora, de improviso, ven cómo sus maridos tienen que apearse en marcha de Ministerios, secretarías de estado y cargos varios. Ellas, pobrecitas, ya no podrán estar en la boda del siglo; sus invitaciones irán a parar a otras, a sus sucesoras, que, por su parte, y pese al alegrón, no contaban con esta inesperada sangría en su presupuesto... ¿Y que me dicen de los modistos? Ya les digo que sus talleres tienen listas de espera kilométricas. Aunque la recompensa se verá en todas las televisiones del mundo el 22 de mayo, cuando las señoras luzcan sus creaciones a la entrada de la catedral, alfombra roja convertida en pasarela de la moda más exclusiva.

Segunda cuestión: ¿había que elegir para el banquete de boda un establecimiento tan rancio como Jockey? El que allí hayan almorzado los personajes más glamurosos y prestigiosos del planeta, o el que la Casa Real se aferre tenazmente a sus costumbres y al precedente de otros caterings de Estado, no debería haber inclinado la balanza de forma tan obvia. Cierto es que en las bodas de las hermanas del Príncipe se eligieron establecimientos de las ciudades donde tenían lugar las celebraciones, pero incluso ese argumento es superficial: hoy en día no hace falta que quien sirve un almuerzo esté instalado en la ciudad donde ha de servirlo.

Una pareja joven y actual como la que se nos casa el 22 de mayo (y, en su nombre, la Casa Real) podía haber elegido, y cito el primer nombre que se me viene a la mente, la cocina de autor de Coque, ese restaurante de Humanes tan en alza y tan premiado últimamente, con Mario Sandoval a la cabeza, que compite en juventud con los contrayentes. Es sólo un ejemplo, pero se me ocurren otros muchos, aunque no trabajen en Madrid: Ferran Adrià, abanderado de los nuevos fogones españoles en el mundo y auténtico icono gastronómico, el propio Sergi Arola, si no fuera porque se ha atrevido a expresar públicamente su malestar por la elección...

Mejor un aperitivo de diseño (y hablo de diseño culinario, de combinación de sabores, de maestría gastronómica) que las obvias croquetas, dónde va a parar. Vamos, digo yo. ¿Era tan necesario ofrecer a los invitados, a la crème de la crème del mundo mundial, muchos de ellos expertos gourmets (nobleza obliga), la más rancia gastronomía española o hubiera sido preferible una muestra de la cocina española actual que triunfa en todo el mundo? Dejo el interrogante en el aire.

Y abandono ya la cuestión manducatoria para posar mis ojos en el futuro de la pareja; un futuro que veo lleno de felicidad y... descendencia. ¿No dijeron los jóvenes novios que querían tener entre dos y cinco hijos? Me pregunto si no fue una traición del subconsciente el que citaran Pelayo como posible nombre para su vástago. Ya sé, me lo imagino, que quieren un hijo varón que herede la Corona, ya sé que las mujeres, qué anacronismo, no están en igualdad de condiciones en la línea sucesoria, pero ¿y si tienen una hija? Serán tan cumplidores con su tierra chica, serán tan ortodoxos como para llamarla Covadonga? Desde aquí les lanzo la sugerencia. Porque, insisto, puede ser niña... Y de paso sugiero que se tome en serio lo de la igualdad de sexos, también en la Casa Real.

Sea niño o niña, por favor, que lo eduquen en un sitio menos adusto que la residencia del Príncipe en Zarzuela. Ya sé que llueve sobre mojado, que se ha hablado hasta la saciedad de la ñoñería de esa casita de 3.150 metros cuadrados, pero por favor, por favor, que Letizia sea capaz de convertirlo en un nidito de amor o se morirá de tener que vivir en un sitio tan impersonal, por mucho Mompó, Pombo, Rusiñol y Feito que cuelgue de sus paredes, por muy culta que sea ella. Que ya no están los tiempos como para dejar un sonajero en una mesita de capitoné. Que, vuelvo a decirlo, y perdonen mi atrevimiento con estos consejos, el siglo XXI comenzó hace años y la joven pareja tiene ante sí la importante tarea de modernizar la monarquía. También en estos detalles.

Especial Boda Real