ASí VEN LA BODA (DIALÉCTICA HEGELIANA Y NUPCIAL IV)




  TITO B. DIAGONAL

Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, encargado de ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.

La estética

Que me cuentan los plebeyos de Ociocrítico.com, esta cosa que prestigio con mi firma, que Madrid, desde el miércoles por la noche, se ha transformado en un gran atasco dentro de una bombonera. Pues bien, amadísimos y globalizados niños y niñas que me leéis, este es el precio que hay que pagar por el inmenso privilegio de tener a la Villa y Corte, Rompeolas Mayor de las Españas y Capital de la Gloria (¡gracias, Damián, por el recordatorio!) como sede de la boda real. La estética exige su tributo: para lucir hay que sufrir...

Y, hablando de sufrir... Lo que estoy padeciendo yo con la promesa que le hice a don Genaro, el nuevo capellán de mamá, de no referirme para nada a la catedral de la Almudena. Soy un caballero y, por tanto, hombre de palabra (a no ser que se trate de la negociación del convenio con el comité de empresa del holding familiar)... Pero, así como yo no me pronunciaré sobre la seo madrileña, sí que puede pronunciarse sobre ella alguno de mis amigos o conocidos. Justamente, este mediodía, en el club, a la hora del aperitivo, mis íntimos y yo degustábamos unas reconfortantes copichuelas mientras charlábamos de esto y de lo otro, cuando, en un corrillo próximo, presidido por el Jordi Estadella, escuchamos al Paco Vilariño (además de periodista, una cruz para su madre, María Auxilio López-Losada, tan amiga de papá y de mamá). ¿Sabéis lo que estaba diciendo ese miembro de la canallesca, al que no hemos conseguido expulsar del club, porque está al corriente de pago de las crecidas cuotas? Pues ni más ni menos que lo siguiente: "Viendo el horror externo e interno de la Catedral de la Almudena dan ganas de hacerse católico para, acto seguido, apostatar de la Iglesia". El resto de la velada, el Estadella y el Vilariño, tuvieron siempre sus copas llenas sin tener que abonar ni un eurito...

¡Ah, la estética! Las calles y plazas del recorrido nupcial se han visto transformadas por la impronta creadora de Pascua Ortega, ese decorador que tanto le gusta a mamá. Sí, el barcelonés, hijo del general Ortega, es el non-plus-tisú de la decoración de interiores. Nadie como él para que los ambientes resulten ideales de la muerte, tú... Como ideal de la muerte está quedando Madrid: unas banderolas por aquí, unas cintas por allí, unos toldos pintados, unas lucecitas, et là voilà, la Gran Via pasa de calle a saloncito... Y hablando de saloncitos... Este otoño pasado estuve en Madrid, alojado en el domicilio de mi gran amigo Elisardo de Serrano, justamente a los siete días de que Pascua Ortega hubiese dejado en él su impronta sedosa de decorador barroco. En mi alojamiento duré sólo una noche. A la mañana siguiente, pretextando un dolor de molares de Nelson, mi galgo afgano, que me acompañaba en el viaje, lo que le hacía aullar lastimeramente de noche, me mudé a mi habitual suite del Hotel Ritz, donde el panorama circundante es mucho menos abigarrado, menos pomporé, punzó y mordó que lo que habitualmente se gasta el que sigue siendo el decorador favorito de mamá. Ideal de la muerte, seguro...

Cuando vosotros, amadísimos y globalizados niños y niñas que me leéis, tengáis acceso a mi magisterio escrito, yo estaré ya en Madrid. Papá y mamá han sido invitados al enlace matrimonial de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias con Letizia Ortiz Rocasolano, y yo he decidido acompañarles en el viaje. Digamos que tengo cierto interés científico en ver in situ esta conjunción de la Corona con su pueblo. Ya le he dicho a mamá que, en el bolso que lleve a la ceremonia, se ponga un bouquet de hierbas aromáticas, para contrarrestar el tufillo a naftalina y sudorina rancia de tanto chaqué alquilado y de tanta pamela arrendada en Sastrería Cornejo.

  PEPE CARBALLEIRA

Chapista de Vallecas, hijo de una lavandera del Foro y de un cabo furriel gallego que ya pasó a mejor vida. Es el sentir del pueblo llano sobre el acontecimiento fastuoso que se nos avecina.

Los imprevistos

Una pastizara se gasta en cualquier boda. Yo, que ya soy padre de un hijo de tres años, todavía estoy pagando los plazos del viaje de novios, porque Concha se empeñó en que fuéramos a Santo Domingo. Y pienso para mí que el casorio de la Leti con Felipe va por esos caminos. Que 1.400 invitados -en la nuestra fueron 120-no sólo comen como limas sino beben como papel secante. ¿Y de dónde salen todos esos dineros? Del pueblo, claro. Y no hace falta que el compañero Llamazares me lo recuerde.

Bueno, yo creía hasta ayer que los dineros iban a salir del pueblo, de la caja del Estado, pero resulta que no es así. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que es el secretario de Estado de Hacienda y Presupuestos, dice que los gastos de la boda salen de la partida de imprevistos. Vamos que el Estado, ahora que gobiernan los sociatas, hace como mi Concha, que siempre tiene un rinconcito con unos eurillos -más bien pocos-por si hay que hacer un extra. Luego, a la hora de pasar cuentas en casa, estos dineros no contabilizan. "Los anduve ahorrando en la compra", dice mi mujer. Y digo yo ¿dónde ha ahorrado el Estado la pasta gansa que se va en los de la boda de la nieta del taxista de Vallecas? ¿Será que es un ahorro anticipado de lo que nos quedaba por gastar con los militares españoles en Iraq, ahora que se vuelven de nunca tenían que haber ido? Coño, ya me gustaría a mí que mi Concha tuviese una partida de imprevistos tan gorda como la de Miguel Ángel Fernández Ordóñez.

Eso de casarse es caro de narices, incluso para los pobres. Y total ¿para qué? Porque hay que ver lo que cuesta que los invitados, que cuando los tienes en el restaurante parece que acaban de salir de una cura de adelgazamiento de lo menos treinta meses, se marquen un detalle en la lista de bodas con la que, al menos, amortizas la tercera parte de lo que te has gastado en el convite (eso si, después de los cafés, como ya vas un poco colocadillo, cuando te viene el metre le dices que barra libre para que todo el mundo se anime a echar un baile con el karaoke que te han montado). No creo yo que ni los padres de los novios tengan una partida de imprevistos para los empinamientos de codo y alzamientos de vasocubatas de los invitados.

No será este el caso de la Leti, la nieta de Paco el taxista de Vallecas, que se lo lleva todo gratis total (a mi Concha le gustaría saber quién le paga el traje de novia de Pertegaz y los 40 vestidos más que se ha hecho). Y, en cuanto al príncipe, bueno que para algo es hijo de Rey, o paga papá o si no, un telefonazo a Fernández Ordóñez para que abra la caja de los imprevistos. Hombre, con lo bien que quedaría que los novios se montasen no un mercadillo -que son demasiado pijos para ello-pero sí un rastrillo de esos que organizan las marquesonas, para sacar a la venta todos los regalos de boda que acabarán almacenando en casa. Y que conste que no lo digo por envidia, porque en esto, tanto ellos que están tan arriba, como nosotros, los de abajo, andamos tal que parejos, aunque, bien mirado, con ventaja para nosotros, que como montamos lista de bodas, nos salvamos de muchas de las chuminadas que estos días se reciben en ca la Leti y su novio. Porque, pobres ellos, ni siquiera tienen el consuelo de subastar la liga de la novia y los trozos de la corbata del novio a la hora del pastel.

Pues anda que no sería un puntazo el montarse una subasta así, con tanta realeza junta en plan parque temático o oenegé, Soberanos sin Fronteras. ¿Quién da más por la liga de doña Letizia?, preguntaría el mayordomo real... Y, al fondo, desde una de las mesas, Enriqueta, la mujer de Paco, el taxista de Vallecas, o sea, la abuela materna de la novia, diciendo eso de "A ver, más langostinos para el Príncipe"... Esos son imprevistos y no los de los Presupuestos Generales del Estado.