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Hacía
tiempo que un fin de semana no se presentaba
tan ajetreado. Y no sólo para mí, que al
fin y al cabo trabajaré como la que más
para tenerles puntualmente informados de
la boda del milenio, sino para muchísimas
personas que muchos de ustedes no sabían
ni que existían. A ver, que levante la mano
quien sepa qué es un alabardero. ¿Lo ven?
¿Y un coracero? ¿Y un contrafrancotirador?
Pues eso, que de la vorágine no se salva
nadie. Ni Letizia, ni siquiera la
Reina.
Para eso doña Sofía es reconocida en el
planeta entero por su saber estar y su calmado
control de la situación. La madre del príncipe
casadero ha estado durante días bregando
con sus nietos y ensayando la ceremonia
en La Almudena. ¡Espero que no tenga ojeras
el día de la boda! Porque entre los pequeñajos,
con tremenda facilidad para desmandarse,
que para eso son niños (incluso se ha visto
a Froilán en patinete por la catedral,
válgame Dios), y los figurantes que hacían
las veces de los novios reales y del público
asistente... ¡Menudo rebaño! Si a eso añadimos
que el órgano de la catedral casi convierte
el templo, colorín kikoargüellero
incluido, en una pira llameante, nadie podrá
negar que doña Sofía está haciendo un máster
en paciencia y sangre fría.
Letizia ensaya en La Almudena
Este jueves ha vuelto a la catedral, un
día más, para supervisar detalles. Y con
ella han estado los mismísimos protagonistas
del barullo que se ha montado, el Príncipe
azul y su prometida. Letizia ya estuvo el
martes por la mañana practicando
sus pasos y frases, pero sola (es decir,
sin pareja), que no es lo mismo. Esta vez,
sin embargo, habrá podido hacerse
una idea cabal de cómo se desarrollará
el día D. Si los nervios no la habían
consumido hasta ahora, fijo que hoy ya se
ha echado a temblar. No quisiera estar en
su pellejo, la verdad. ¡Lo que se
le viene encima!
Los que mejor lo van a pasar, por descontado,
son todos esos miembros de la realeza que
ya han empezado a llovernos del cielo (por
eso de que vienen en avión; no me acusen
de ultramonárquica...). Llegan con buen
tiempo, pero se irán con malo. Que sí, que
va a llover, por mucho huevo a las clarisas
que lleve la Casa Real... ¡Espero que no
se me quede demasiado mustia la pamela!
Al mal tiempo, buena cara
Aunque lo de la lluvia, por mucho que nos
agüe la fiesta (y ya hay meteorólogos
agoreros que hablan incluso de tormentas),
ayudará a mantener rozagantes las miles
de flores que se han colocado por todo Madrid,
un poco castigadas ya por las reatas de
ciudadanos que se han lanzado a las calles
para fotografiarse ante los rincones más
engalanados. Anoche me di un paseo por Cibeles
y no les quiero ni contar: el personal inundaba
las medianas, pisoteaba los parterres e,
inmune a las miradas impotentes de los policías,
interrumpía como si tal cosa el tráfico,
en un intento por buscar el mejor ángulo
de la rosácea Puerta de Alcalá, que, a propósito,
a mí más me pareció un burdel de carretera
que un monumento emblemático. Desde
luego, no se debe perder la oportunidad
de inmortalizar esta imagen inaudita de
Madrid: el día de mañana, los más republicanos
podrán contar a sus nietos que todo esto
no fue por una boda real, qué va, sino porque
llegaba el carnaval.
Lo que me pone los pelos de punta es pensar
que quizá tanta flor por todos lados no
es más que una artimaña para que fijemos
la mirada a ras de tierra y no la elevemos
a las azoteas, donde, según me cuentan,
ya se está desplegando un auténtico ejército
de tiradores de élite capaces de atinarle
a una moneda de un euro a 200 metros de
distancia. Así que agarren bien el monedero
y tomen nota: contrafrancotiradores. Así
se llaman los de las azoteas. También se
han sellado las papeleras de las calles,
no sé si por motivos de seguridad o ante
el temor de que, para salvaguardar nuestros
dineros de los contrafrancotiradores, decidamos
ir echando los cuartos junto a la basura
callejera.
La infanta, fan de la boda real
Si la letiziamanía ha arrasado hasta
llegar a convertirse en el negocio del siglo,
quizá tanta molestia para los ciudadanos,
tanto fasto y boato, harten tanto a la plebe
que se revuelva todo el montaje en contra
de una monarquía hasta ahora austera. Yo,
desde luego, en estos últimos días estoy
oyendo críticas hasta en boca de los más
juancarlistas. Incluso oigo coplas: "Menos
bodas reales y más gastos sociales".
Me consta que el Rey está preocupado
por el asunto y por el hecho de que su hijo
no tenga la misma facilidad que él para
ganarse a la gente a golpe de simpatía y
bromas.
Sin embargo, la familia real siempre encontrará
un apoyo entusiasta en doña Elena:
para que no decaiga, se ha dado un paseíto
por la boutique de souvenirs dedicados al
bodón y les ha comprado a sus hijos camisetas
con la cara del Príncipe y otras baratijas
de moda. Eso es sencillez: que a una no
se le caigan los anillos por estas cosas
de las que muchos, con la boca pequeña,
se avergüenzan, y luego van a escondidas
a comprarse un dedal ilustrado con la faz
de don Felipe y doña Letizia. Otro detalle:
me gustó ver a la infanta haciendo fotos
con su cámara digital a los invitados a
la boda de Federico de Dinamarca
y Mary Donaldson. Ya ven que todos
somos iguales.
Todos, menos los alabarderos. No quiero
dejarles con la intriga: los alabarderos
son una gentecilla vestida de forma muy
divertida que se dedica a prestar guardia
militar en el interior de los palacios o,
en actos solemnes, junto a la tribuna real.
La famosa frase "el Rey ha muerto"
debe ser pronunciada (cuando llegue el momento),
según el protocolo, por un alabardero. Ni
que decir tiene que el 22 de mayo los uniformes
de la Guardia Real nos retrotraerán a tiempos
pasados. A mí es que nombres como lanceros,
coraceros, timbaleros o clarineros me transportan
casi a la Edad Media, y lo del uniforme
a la federica ya me parece el colmo de lo
demodé. Quizá deberíamos replantearnos
qué queremos decir cuando hablamos de modernizar
la monarquía.
Especial
Boda Real
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