Crónica de 24 horas locas


Fernando JÁUREGUI (Madrid)

1.-El Consejo del Viernes. La cosa había comenzado ya con una cierta desmesura por parte del Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, las cosas como son. Porque otorgarle a la 'princesa' (que el viernes aún no lo era) la más alta condecoración que otorgarse pueda, la que se da a esforzados generales que ganan batallas, la Gran Cruz de Carlos III, que tan pocos pueden ostentar, fue un poco excesivo, a juicio de algunos asistentes a la boda, que lo comentaron la víspera. Ese mismo Gobierno socialista que exaltó, tras el Consejo, a la Corona como encarnación de la continuidad, la unidad y la permanencia del Estado. Ya se ve que no corren buenos tiempos para los republicanos, incluso aunque ese carácter se exprese en los estatutos del partido gobernante.

Y es que la boda es un acto de exaltación monárquica. Toda España pendiente. Quienes viven por el centro de Madrid apenas pudieron dormir en la noche del viernes, no tanto quizá por la emoción cuanto por el ruido de los helicópteros que sobrevolaban la Gran Vía, que amaneció literalmente tomada por centenares de policías nacionales que madrugaron lo suyo para alinearse a ambos lados de la calle. El centro estaba archivigilado, las sirenas de la policía se hacían oir constantemente desde las siete de la mañana. Amaneció, como se temía, nublado, tras una tarde, la del viernes, en la que los asistentes a la (mala) corrida de Las Ventas se calaron hasta los huesos: de nada sirvieron las toneladas de huevos que, dicen, llevaron diversos estamentos hasta el convento de Las Clarisas.

2. La cena en El Pardo. Las buenas gentes se agolpaban en las cercanías de la catedral de La Almudena y comenzaban, a las ocho, a concentrarse en puntos del recorrido. Ya por la noche, los curiosos habían tratado de ganar El Pardo, inútilmente, para ver lo que se contemplaba mucho mejor por televisión: la llegada de la realeza a la cena. Un total de 345 invitados selectos, mucha sangre azul, entre los que se coló -es un término cariñoso, claro- el presidente del Gobierno, de riguroso smoking, acompañado de su radiente esposa, Sonsoles Espinosa, la mujer de rojo, elegantísima. Y, claro, los padres de la novia, no menos elegantísima, que acudieron juntos, aunque estén separados; Ana Togores, la flamante mujer actual del padre de doña Letizia, que también es periodista, discreta y buena gente, prefirió no incordiar y alejarse de los fastos de la boda, dejando el protagonismo y las fotos para Paloma Rocasolano. Se perdió también el menú de Arzak y Adriá, lleno de guiños, pero, contó un asistente a este cronista, tampoco para dar saltos.

Y entonces, a las ocho de la mañana del sábado, llegó la hora de las televisiones. Para qué nos vamos a engañar: el medio por excelencia para retransmitir estos acontecimientos es la televisión. Millones de cotillas nos asoomamos a la pequeña pantalla para ver cómo los invitados -las mil setecientas personas más importantes del país, o quizá las mil más importantes, más sus parejas- iban entrando en la horrenda catedral madrileña, especialmente adornada -como la ciudad- para la ocasión. De las críticas al ornato y a las restricciones, tremendas, que el viernes y el sábado hemos tenido que sufrir los madrileños se hablará, sin duda, en jornadas posteriores.

3. Chaqués, uniformes, pamelas y paraguas. Pero el sábado era día para el cotilleo mundano, puro y duro. Nada de controversias sobre Monarquía-República -aunque los "anarquistas", en palabras de un policía a este cronista, se empeñasen en manifestarse con la tricolor-. Nada de controversias sobre la iluminación hortera apresuradamente clausurada por el alcalde-presidente de la Villa de Madrid. Todo se iba en mirar pamelas y en comentar, con los amigotes, el modelito inconcebible de Agatha Ruiz de la Prada, la mujer de Pedro J.Ramírez, que obviamente se diseñó el vestido para la ocasión. O el terrirífico sombrerito de Trinidad Jiménez, la frustrada candidata a la alcaldía de Madrid. LO cierto es que algunas señoras se atrevieron con sombreros de tal envergadura que hubiesen llamado la atención en el mismísimo Ascott: eran más bien paraguas en la cabeza, tal vez por la amenaza de lluvia. La cronista Carmen Enríquez nos decía, desde los micros de TVE, que algunas de ellas estaban irreconocibles, y tenía razón. No como Rania de Jordania, bellísima, que iba destocada, o su antecesora Noor, la viuda de Hussein, con un simple velo que realzaba su hermosura: en un desfile de guapas, eran quizá las que más destacaban, lo que ya es decir.

O que, como se esperaba, ni Cándido Méndez ni José María Fidalgo llevaban chaqué, sino trajes oscuros y corbata, lo que en el caso de Méndez es ya un triunfo: "tienen que ser coherentes con su condición de líderes sindicales", comentó, en off, quizá algo innecesariamente, Carmen Enríquez, la cronista de TVE -era la cadena que veíamos- para las cosas de la realeza. Por cierto, que el nuevo jefe de informativos de TVE, Fran Llorente, a quien no se vió entrar en la catedral, cambió a última hora los planes de su antecesor, Urdaci -a quien sí se vió entrar, con su ex jefe José Antonio Sánchez-, y puso otros comentaristas para narrar la boda. Ni Fernando Rayón, ni José Luis Sampedro (el especialista en heráldica y cosas similares, no el novelista), ni un experto en protocolo, que habían sido contratados por Urdaci, pudieron ser cronistas del bodón.

Algunos invitados, algo ridículos en su sensación de importancia, cuando no eran ellos precisamente los protagonistas: el conde de MUrillo, que debe su fama al hecho de estar casado con la presidente de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre -otra que llegó de rojo-, hablando por el móvil hasta prácticamente la puerta de la catedral, cuando las normas pedían que los móviles se mantuviesen silenciosos y apagados, por favor. Algunas invitadas, excesivas patentemente en sus tocados. No doña Sonsoles Espinosa, por cierto, elegantísima en un traje y sombrero de tonos oscuros: fue muy aplaudida con su marido. No como José María Aznar, que tuvo que escuchar -y encima, había tenido que abordar el autobús de invitados en La Moncloa, qué afrenta- algunos pitos procedentes del respetable. Luego, la tele implacable nos mostró a Ana Botella saludando a Sonsoles Espinosa: ha habido un cambio estético en el relevo.

4. Charles, algo cursi, as usual. Ibarretxe, acogido en silencio. Los presidentes autonómicos -no pude contarlos: quizá faltaba alguno-, tampoco encontraron el aplauso popular. Sí el ministro de Defensa, José Bono, que saludaba con la mano simpática a las masas. O Mariano Rajoy. UN primer plano para el escritor César Vidal, que a saber qué pintaba allí. Poco antes de las diez y media, monseñor Rouco, con el rojo cardenalicio -también él de rojo, Dios-, aparecía por allí, saludaba a los fotógrafos y comprobaba que, en efecto, iba a llover.

El Príncipe de Gales, cursi en su extraño chaqué gris, solo sin su amada Camilla Parker, como el príncipe heredero de Japón, por indisposición de su esposa. Carmen Enríquez brillaba al hablar de las testas coronadas y coronables que iban llegando, de chaqué o de uniforme. Pero a otros, más civiles, patentemente los desconocía. Como a los muchísimos jeques árabes que acudieron al enlace. Y es un detalle a destacar éste de la presencia de tanto mandatario de países árabes en esta auténtica 'cumbre' social -¿y política?- de Madrid.

5. Entonces, empezó a llover mansamente. Eran las once menos diez de la mañana y la familia real empezó a llegar. El Rey, con uniforme de gala y toison de oro, acompañado de doña Pilar, su hermana. La Reina, elegantísima, la única con traje largo, color crema, y mantilla, dando el brazo al Príncipe, igualmente de uniforme. Las infantas, con sus respectivos maridos -don Jaime de Marichalar, como suele ocurrirle, algo excesivo en su corbatamen--. En ese momento, cuando se aproximaban por la alfombra roja, hasta entonces impoluta, hacia la puerta de la catedral, donde les esperaban los oficiantes, comenzó a caer mansamente la temida lluvia.

Y entonces, tras escuchar el himno nacional al órgano, todos se sentaron esperando a la novia. Menos el Príncipe, claro, que aguardaba a doña Letizia de pie y patentemente nervioso, en medio de la general expectación: ¿qué había hecho Pertegaz, que, curioso, fue uno de los más aplaudidos a su llegada a La Almudena?

El centenar largo de cámaras diseminadas por TVE a lo largo del recorrido nos mostraba, dos minutos antes de que diesen las once, el Rolls (y comitiva) en el que la novia estaba llegando a la catedral. Los cristales ahumados impedían ver gran cosa del interior fdel vehículo. Seguía lloviendo, ya no tan mansamente; ese tiempo republicano empeñado en deslucir la llegada de doña Letizia, por su propio pie y sin paraguas, a la iglesia. La tele nos mostraba al público con paraguas, y la Enríquez y Ana Blanco nos advertían de que, por ese motivo, la novia tal vez se retrasase algo.

6.-El diluvio casi universal.
Llovía a modo. Era un diluvio casi universal, porque mil millones de personas de todo el orbe estaban contemplando la ceremonia en esos momentos, se calcula, por la caja tonta. El Rolls, atravesando la alfombra encharcada, llegó a las puertas de la catedral. Parecía que los cielos querían mostrar algún enfado, porque la lluvia iba a cesar en cuanto comenzase la ceremonia. Aunque los truenos seguían; lástima de huevos desperdiciados.

Y entonces, once y diez de la mañana, empezó a sonar el Aleluya, y entraron los niños, sobrinos de ambos contrayentes -soy incapaz de detallar sus nombres y rangos. Detrás de ellos, del brazo de su padre, Jesús Ortiz, doña Letizia. Plano del Príncipe al borde de las lágrimas. Nunca se vió novia tan bella, o no últimamente, al menos. Aunque cierto es que el realizador, Montemayor -trabajo meritorio el suyo, hasta ese momento--, no tuvo a bien detenerse en la figura esbelta, tocada con velo y diadema, de doña Letizia. Claro que tampoco apareció más allá de tres segundos la madre, doña Paloma, enjugándose una lagrimita.

Pertegaz, me dicen mis compañeras de redacción, hizo un buen trabajo. Doña Letizia estaba elegantísima, nerviosa, sonriente con el Príncipe, a quien le dijo algo como de pasada que las cámaras se cuidaron bien de no tratar de averiguar: era, me dijo un realizador, una de las máximas preocupaciones de la pareja; que no les ocurriese como a doña Elena, que se le adivinaba cuanto decía al novio Marichalar el día de su boda.

7. Yo, Felipe, te recibo a tí, Letizia. A las once y cincuenta, después de que Montemayor -que no le pase nada al pobre; la de críticas que le van a caer por la evidente cierta frialdad de la retransmisión. Le iban a caer de todos modos...- se recrease un segundo con Don Jaime de Marichalar abanicándose, Rouco Varela preguntó a los contrayentes aquello de que "¿váis a contraer matrimonio libre y coluntariamente, sin ser coaccionados?", y ellos, al unísono, respondieron que sí, que libre y voluntariamente. Y luego, "Yo, Felipe, te recibo a tí, Letizia como esposa...", y doña Letizia, lo mismo. Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. Don Felipe impuso la alianza, "en señal de mi amor y fidelidad" en el dedo delgadísimo de la ya virtualmente princesa, y ella en la mano velluda de él. En el cielo tronaba.

Antes, Rouco, el hombre que manda sobre todos los sacerdotes y monjas católicos de España, les había hablado, en su homilía, sobre el amor. Y sobre la "simpatía general de los españoles" que rodea a la pareja, muy en especial la de los madrileños por la dedicación que mostraron en aquel aciago día del 11 de marzo, dos meses y once días habían pasado de aquel día tremendo.

A las doce ¿nos pareció ver algo semejante al inicio de una lágrima en los ojos hasta entonces incólumes de doña Letizia? ¿O era un efecto más de la realización? SE acercaba el momento de la consagración, y el coro de RTVE -setenta personas, bajo la buena dirección de Jesús López Cobos- cantaba el 'Sanctus'.

A las doce y diez, Rouco bendecía a los contrayentes, de rodillas bajo las manos protectoras del obispo entre los obipsos. Luego, diéronse un casto beso de la paz. Y se hablaron levemente, y hasta se sonrieronTodo mucho más frío que, por ejemplo,cuando la pasada semana se casaron el nórdico Federico de Dinamarca y la australiana Mary Donaldson. Sería que la ceremonia, los contrayentes, Rouco, el realizador, todos, se habían contagiado del tiempo, el maldito tiempo lluvioso. Los únicos verdaderamente cariñosos parecían allí, hasta el momento, la infanta Cristina y don Iñaki Urdangarín, que se daban la mano, en patente --te la vas a cargar, realizador-- contraste con la pareja formada por doña Elena y Don Jaime de Marichalar.

8. Alelullah. Pasaban las doce y media cuando Rouco leyó el breve mensaje con la bendición de Juan Pablo II. A continuación, la firma de los testigos, con música de Bach e imágenes algo tópicas de la Iglesia, de la talla del Cristo crucificado y de los invitados. Por fin, una voz en off -¿Ana Blanco?- nos dice que es López Cobos quien dirige la orquesta y el coro -todos habíamos tenido que intuirlo-. ¿Qué menos que haber incluído al menos una información escrita, sobreimpresa, detallando cosas como los autores de las músicas, quién leía la homilía? Uno no podía evitar recordar a Pilar Miró. Porque, para cuando la ceremonia, doce y cuarenta y cinco, concluía con el "podéis ir en paz" y el Aleluyah de Haendel, lo cierto es que la retransmisión tenía ciertos tintes caóticos. Y ella salió del brazo de él por el pasillo central de la catedral, ellos los futuros reyes de España, enfrentándose a la lluvia empeñada, por encima de los tañidos de las campanas, en deslucir el acto. ¿NO hubo beso de novios? No lo hubo. UN breve y más bien rígido saludo con la mano a un público invisible y emparaguado, y al Rolls, para el paseo aguado.

Ya eran marido y mujer, y los invitados se retiraban. Los pajes se quedaban, enmcantadores y frustrados, sin poder salir con los novios. La lluvia, de nuevo, la maldita protagonista de la jornada. Por cierto, que los reyes saludaron más afectuosos a la multitud calada que los propios contrayentes.

9. Poca gente en la Gran Vía...
Bueno, la verdad es que, en el inicio del recorrido, Plaza de España con Gran Vía, no podía decirse que hubiera una enorme multitud aclamando a ls principesca pareja, que, con escolta motorizada, saludaban desde un Rolls de techo acristalado a los viandantes que por allí se congregaban. Algo más de gente se agolpaba en la primera parada musical, una banda de jazz que hacía sonar el chotis "Madrid, Madrid, Madrid". La lluvia había remitido cuando llegaron a la segunda parada musical, Red de San Luis, con la guitarra de Gerardo Núñez -ahora, los conductores del programa de televisión se habían vuelto algo más locuaces y nos explicaban mejor estos detalles--. En La Cibeles, que ya se veía más concurrida, el Rolls cambia de escolta, y a los motoristas les sustituyen lanceros a caballo; la visibilidad del Rolls y sus ocupantes es aún menor. El realizador insiste en los planos aéreos, lejanos.

10 ...Y tampoco mucha en Atocha. Y sigue el cortejo hacia la Basílica de Atocha. Atocha ¿Un homenaje a los caídos en monstruoso atentado de hace apenas dos meses y once días.? No. El cortejo pasa de largo de la estación, y sigue, como ha mandado la tradición desde hace más de un siglo, hacia la Basílica de Nuestra Señora de Atocha. NO hay mucha gente tampoco en la plaza. Más planos aéreos -está claro que se prefieren a los terrestres-de las calles llovidas, como ausentes, supervigiladas, de Madrid. Allí, en la basílica, primer y hasta el momento único contacto relativamente cercano con la gente, separada por una calle y una barrera, naturalmente infranqueable, pero que, al fin y al cabo, pudo ver al natural a los contrayentes.

Atocha, la Basílica, digo, fue el gran momento de Ruiz-Gallardón, el alcalde que tan polémica y activamente intervino en los preparativos callejeros de la boda. El alcalde de la decoración discutida, de las luces prematuramente clausuradas y, claro, de las calles cerradas durante día y medio al tráfico. Por fin chupaba cámara Don Alberto al dar la bienvenida, con la corporación municipal, a Sus Altezas Reales. De nuevo Rouco, sin tiara y con 'uniforme oblispal' como dijo un castizo, oficia la ceremonia. Otra ceremonia religiosa más. Doña Letizia hace entrega a un diácono del ramo de flores, que queda depositado en el altar, como nos muestra un primerísimo plano floral.

11. "¡Que-se-be-sen!". Algo de calor, al fin, a la salida de la basílica de Atocha. Al otro lado de la calle, y ,mientras los novios suben al coche, gritos de la gente "¡Que se besen, que se besen!". Pero no se besan. Entran en el coche, rumbo al Palacio de Oriente, donde se celebrará el almuerzo, y siguen los saluditos agitando la mano, ahora anillada. El sol parece que quiere salir, tímido. La experta Enríquez entretiene la pausa del recorrido de vuelta hacia el Palacio de Oriente detallando la historia del título de Príncipe de Asturias, que tiene ya seiscientos años.

Y, por fin, desfilando al son de los gaiteros de las bandas Ciudad de Oviedo y Vetusta, que interpretan el 'Asturias patria querida', entran en palacio. Definitivamente, ha salido el sol y se les ve felices y comerán perdices. O, mejor dicho, capón, que es lo que Jockey ha decidido en esta ocasión para la boda.

Pero antes, claro, el gran momento. El momento más esperado, el que sin duda será el más fotografiado. Por fin vimos algún plazo, en la plaza de Oriente, en el que se mostraba algunos centenares de personas, todas ellas mirando hacia el mismo balcón de palacio. El balcón. Larga espera. Casi las dos y media. Los comentaristas ya no saben qué decir. Salen Felipe y Letizia, ella agarrada a su brazo. Amago de beso, que queda en roce de mejillas. Salen al balcón también los reyes. Más saluditos con la mano. Sale al balcón el resto de la familia real y los padres de la novia. Pasa un minuto y medio y todos se retiran, para hacerse, nos dicen Blanco y la Enríquez, las fotos de familia, no se sabe bien si en el salón del Trono o en el de Alabarderos, primorosamente descritos por la experta televisiva. Salen don Felipe y doña Letizia, a petición del respetable. Nuevo roce de mejillas, pero no beso-beso. Son tímidos, parece. Salen otra vez los reyes, los dos solos y sin los novios. La escena del balcón parece haber concluido.

12. Las mejores imágenes. Curioso. Las mejores imágenes, las más humanas, fueron las que se ofreció al final del larguísimo reportaje, cuando se recuperaron algunas tomas que no fueron ofrecidas en la retransmisión de la ceremonia: cómo se le cayeron algunas arras a monseñor Rouco, algunos primeros planos, la entrega de un pañuelito por parte del Príncipe a la novia. Gente, algo humano y no vistas celestiales de la feísima catedral. Y, volviendo al tema, una toma en la que podía leerse con toda claridad en los labios de Doña Letizia: "Dame un beso". Fue durante la ceremonia y ya se sabe: fue un beso casto, castísimo. Pero todo eso era, claro, a toro pasado. Tenía menos valor.