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Echamos de menos a la Miró
Las
comparaciones son odiosas, pero a veces inevitables,
y es el caso. La realización de la boda de
los Príncipes de Asturias ha carecido
de la calidez y la complicidad a la que nos
había acostumbrado Pilar Miró en las
ceremonias de matrimonio de las infantas.
Y es que tenemos la impresión de que nos hemos
perdido lo mejor, se ha abusado del plano
general y han escaseado los cortos, sobre
todo, de los protagonistas.
Por ejemplo, todos esperábamos con ansiedad
ver la cara de la novia, y el secreto mejor
guardado, su vestido, a la entrada en la Almudena,
pero no hubo suerte. El realizador pinchó
un plano general del templo sin que pudiéramos
ver su primer gesto, ni tampoco, los detalles
de su vestido. También nos perdimos de cerca
la mirada y el beso del Príncipe de Asturias
al recogerla en el altar; las cámaras volvían
a estar en plano abierto.
Y
lo que es peor, a lo largo de toda la ceremonia
se ha repetido el mismo error. La realización
no ha sido capaz de reaccionar ni siquiera
ante momentos previstos, como es el de la
comunión. Mientras que los novios comulgaban,
los espectadores veíamos las caras de los
componentes del coro cantando, y no a don
Felipe y doña Letizia. SA menos
que se tratase de eso, de hurtarnos el momento.
En algún otro instante intuíamos la emoción
del Rey, pero únicamente intuíamos,
el plano era medio y no lo cerraron.
También han faltado imágenes de la familia
de la princesa, de las numerosos representantes
de casas reales o de gobiernos, de nuestros
políticos, banqueros o artistas que allí estaban,
aunque no lo pareciera.
Más bien nos ha ofrecido un reportaje del
templo que la boda de nuestro futuro Rey:
el realizador se empeñaba en enseñarnos el
edificio cuando nosotros queríamos caras,
gestos, vestidos, sombreros...
Se diría que todo estaba demasiado planificado,
porque, aunque es verdad que en un evento
de este calibre todo debe estar previsto y
ensayado, un buen realizador es el que tiene
la sensibilidad y la rapidez suficientes para
cambiarlo todo según se desarrolle la noticia
que se da en directo por televisión. Debe
de transmitirnos la emoción del momento, hacernos
participes, ponernos los pelos de punta. Y
más bien nos ha puesto a bostezar. Ha sido
un programa frío, distante, en el que se ha
limitado a seguir el guión que tenía escrito,
plano a plano. Pero no ha sido capaz de contarnos
bien la noticia, el notición, del siglo. Lástima,
don Javier Montemayor, lástima.
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