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No
hubo beso. Que a eso no le llamen beso,
por favor. Que no, que no hubo beso. No
me importa que si el protocolo esto, que
si el protocolo lo otro... Lo que ha visto
España y el mundo entero ha sido una boda
en la que el protagonista ha sido el protocolo,
casi más que los novios; de una forma
sutil, no impositiva, es cierto, pero de
ahí a que el Príncipe de Asturias
no pueda dar en público un beso como Dios
manda, un beso de verdad, a su esposa, aunque
sólo sea por una vez en su vida... Hombre,
por favor...
El beso se quedó en leyenda, como el título
de la melodía. No se hizo realidad. La primera
vez que los flamantes cónyuges salieron
al balcón del Palacio Real a saludar al
pueblo se mostraron sonrientes, y fue ella
la que, espontáneamente, se acercó a él;
parecía que a decirle algo al oído, pero
luego se vio que fue una especie de beso
especie. Y lo dejo en una especie. El acto
se repitió por segunda vez. Todos creímos
que era una estrategia para crear suspense
escénico.
Pero no. La pareja desapareció del balcón.
Una de las comparecencias de recién casados
más breves que se recuerdan en la historia.
¿Dice algo el protocolo al respecto? Realmente
(permítanme el advervio, ¡viene tan
a colación...!), realmente, decía,
no creo que fuera necesario abreviar tanto
este capítulo del día. Pero, oh sorpresa,
ante los gritos entusiastas de los ciudadanos
y las reclamaciones de bis, los Príncipes
de Asturias volvieron a comparecer en el
balcón. Eso sí fue una salida de protocolo.
Jamás los miembros de la familia real han
hecho bises a instancias del público asistente,
por mucho que haya madrugado, por mucho
que se haya mojado.
Y de nuevo, el recato de un amago de beso
en la mejilla. ¡Si ya están casados! Desde
luego, hemos visto el repertorio de besos
más castos que en el mundo ha habido. Y
doña Letizia y don Felipe desaparecen
definitivamente en el interior de palacio.
Con esto quiero decir que el mundo entero
estaba pendiente de esta boda. Un handicap
añadido: tenían con qué compararla. Sólo
una semana antes se había casado el heredero
del trono danés, también con una plebeya.
Muchos paralelismos y un recuerdo fresco.
Y, paradójicamente, quienes supuestamente
tienen un carácter más frío hicieron gala
de una mayor calidez en los gestos, en el
trato, en la consideración a sus súbditos...
Federico de Dinamarca apenas recorrió
unos metros desde el altar, tras el sí
quiero, cuando sucumbió al impulso lógico
de cualquier recién casado y plantó un apasionado
ósculo en la boca de su ya esposa. O ella
en la de él, vaya usted a saber. Y el gesto
se repitió una y otra vez, y otra, y otra...
Bien por los daneses.
Pero siempre hemos sabido que la casa real
española, país latino o no, ha tenido muy
presente el protocolo. Y lo hemos visto
una vez más. Creo que, después de 98 años
que no se celebraba una boda de Estado en
este país, la cosa merecía más lucimiento,
más brillantez. Que estamos hablando de
nuestro futuro rey, oiga. Y que podría ser
dentro de muy poco, me dicen...
El protocolo, siempre el protocolo. En la
víspera del gran día, vimos a doña Letizia
y al Príncipe llegar al palacio de El Pardo
para la cena de gala. Allí estaban también
el Rey y la Reina. Doña Letizia
hizo la preceptiva genuflexión ante la soberana
y se olvidó de saludar al Rey. Ah, el protocolo...
Luego, se situó en el lado equivocado, entre
don Juan Carlos y doña Sofía, y tuvo que
recolocarse apresuradamente para dejarles
a ambos juntos. La losa del insoslayable
protocolo.
Pero en el día histórico del 22 de mayo
no hubo deslices. Todo estaba ensayado.
Tanto, que la princesa en ciernes apareció
incluso hierática. Ni un gesto, ni un volver
la cabeza. Ella, a quien tanto le gusta
enterarse de todo (lo lleva en los genes),
apenas se atrevía a mirar de reojo lo que
ocurría a su alrededor. Quizá incluso tenía
instrucciones de que no gesticulara. Aun
así, no pudo evitar un tic recurrente, el
de colocarse el velo que le había regalado
el Príncipe, curiosamente siempre del mismo
lado, de su lado derecho, aunque el otro
estaba igual.
Pero éstos son detalles nimios. No hubo
deslices antiprotocolarios, ya digo. La
novia apenas se retrasó unos minutos, y
eso es casi tradición, no es una falta.
Además, llovía copiosamente, y eso lo justifica
todo. Ante el altar, las caras de todos
eran un poema. El novio, extremadamente
serio, no se atrevió a mirar siquiera a
su prometida; tímidamente le ayudó a desprenderse
del novio, pero nada más. Ella, lo mismo.
Seria. El Rey, conocida es su humanidad,
al borde del llanto. La Reina, autocontrolándose.
Todo muy protocolario, demasiado.
Sin embargo, a lo largo de la ceremonia
religiosa los novios fueron relajándose.
Quizá tomando confianza respecto al entorno.
Lo que más me gustó fue la sonrisa de Letizia
cuando don Felipe sufrió un lapsus al entregarle
las arras; seguro que ella ha vivido esos
fallos de memoria momentáneos alguna vez
ante las cámaras. Pero, el protocolo: el
Príncipe no olvidó, como su hermana, pedir
permiso a su padre antes de dar el paso
de su vida. Claro, que el Rey en ese momento
estaba con la cabeza baja y no se enteró
de nada. Y es que uno es padre antes que
Rey (vale, vale... o al menos a la par...).
Otro detalle de que todo marchaba sobre
ruedas. Hasta ahora siempre hemos visto
a doña Letizia a la izquierda del Príncipe:
sólo (nada más y nada menos) era su prometida.
Al salir del templo, iba a su derecha, del
brazo. Ya era la princesa Letizia. Y la
primera reverencia que recibió como tal
(a partir de ahora no es ella la que hace
las reverencias, sino la que las recibe)
fue la que le dedicó la esposa del alcalde
de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón,
a la salida de la basílica de Atocha, donde
entregó en ofrenda su ramo de novia. Un
momento histórico.
Excursus: Mette-Marit, esposa del
príncipe Haakon de Noruega (me pregunto
por qué a ella no la llamamos doña Mette-Marit;
quizá suene desafinado) no tuvo en cuenta
esta norma del brazo derecho a las esposas
y, a su llegada a la catedral, se colocó
a la izquierda de su marido; tuvo que iniciar
un movimiento de recolocación que no pasó
desapercibido. Alguien ha dicho alguna vez
(¿habré sido yo misma?) que el aplomo real,
que el protocolo natural, se lleva en los
genes; y aquí hemos visto un ejemplo. Aunque
todo el mundo tiene derecho a un error,
que en este caso fue leve. Pero el protocolo
es el protocolo.
Y la verdad es que esta boda ha sido una
auténtica lección de protocolo. Todo un
manual de estudio, vamos... con lo que ello
resta de frescura al acto. ¡Que uno sólo
se casa una vez, oiga! (al menos por la
iglesia). Vimos a monseñor Rouco Varela
recibir a la familia real a la puerta de
La Almudena, como mandan los cánones, y
entrar tras el Rey y ante la Reina. Porque
es al Rey, al titular del trono, al que
recibe realmente. Percibimos, eso sí, pocas
reverencias a la familia real por parte
de los invitados que esperaban en los bancos;
apenas un par de ellas. Pero, como es lógico,
no se pueden dar instrucciones precisas
a todos los asistentes sobre las normas
a cumplir, como es lógico. Los que hubieran
estado interesados en prepararse con antelación,
que me hubieran contratado. Hubiera sido
éxito garantizado.
Especial
Boda Real
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