Viejos fármacos, nuevos fármacos: las plantas medicinales

Francisco ZARAGOZA
Catedrático de Farmacología
Universidad de Alcalá de Henares de Madrid

16/02/2004

Nadie duda del creciente interés que existe en la sociedad sobre el mundo de las plantas medicinales. Quede claro que dicho interés ha sido una constante en el mundo de la ciencia a lo largo de los años, en mayor o menor medida, pero la consideración científica de las plantas medicinales, no se traduce bien desde el punto de vista de su valoración social.

En efecto, a lo largo de los años, su empleo ha sufrido importantes fluctuaciones.

Hemos de considerar que, prácticamente hasta la mitad del siglo XX, el arsenal terapéutico estaba constituido básicamente por productos naturales, que en su mayoría eran plantas medicinales o derivados suyos. Con el desarrollo de la química orgánica, se fueron determinando las sustancias que, estando contenidas en las plantas, eran las responsables de su actividad y, de este modo, pudieron ser imitadas por síntesis. Nació así la nueva Farmacología, obteniendo productos a imagen y semejanza de lo que la naturaleza proporcionaba y poco a poco su número fue creciendo, alcanzando la complejidad que todos conocemos.

Así pues, está claro que, si las plantas medicinales tienen propiedades curativas, se debe a que contienen unas sustancias (que en muchos casos aún no se conocen) denominadas principios activos, en las que radican sus cualidades terapéuticas. Un ciudadano normal, que no esté versado en estos temas, inmediatamente se preguntaría si el estudio de las plantas medicinales está agotado.

La respuesta es claramente negativa, ya que los expertos calculan que sólo esta estudiado algo más del 10% de la flora terrestre, siendo esta cifra muy inferior en lo referente a las plantas marinas. Estos datos pueden parecer sorprendentes y únicamente se explican entendiendo la evolución histórica sufrida por el medicamento, dado que, el enorme desarrollo del producto de síntesis propició que el empleo de las plantas medicinales quedase postergado.

A ello hay que añadir el descrédito que ha supuesto la introducción de algunos "productos milagro" confeccionados a base de plantas medicinales, en razón de la ausencia de un auténtico control por un desfase legal.

Este desprestigio del producto natural es injusto, pero requiere que se analice en su auténtica dimensión.

Las plantas medicinales, los profesionales sanitarios

Independientemente de lo expresado hasta aquí, desde el punto de vista científico los avances son imparables.

Los productos naturales siguen constituyendo una fuente de inspiración para la síntesis al proporcionar principios activos de una complejidad insospechada y -lo que es más importante- de una especificidad que a veces nos deja perplejos. En el tratamiento del cáncer, los principios activos naturales están en la vanguardia.

Paclitaxel, vincristina, vincaleucoblastina, etopósido, tenipósido, irinotecán, topotecán, etc. son nombres bien conocidos y manejados por los oncólogos, que, en muchos casos, no se han planteado su procedencia. Lo mismo podemos afirmar con los antibióticos, tan vitales en la actualidad (por ejemplo: la caspofungina), con los modernos hipolipemiantes, incluso con los insecticidas.

Hay pues, una evidente separación entre estos productos punteros (naturales por completo o modificados por semisíntesis) y otros que se utilizan, casi a diario, más conocidos, de efectos menos marcados, que componen una fitoterapia de distinto abolengo, pero no por ello menos importante.

Casi sin damos cuenta estarnos estableciendo un paralelismo con lo que sucede con el producto de síntesis: la coexistencia de fármacos muy activos frente a patologías que generan una alta morbi-mortalidad, con otros de efectos menos llamativos pero que son también necesarios.

Y es que, salvo en la procedencia, no cabe establecer diferencias entre el producto natural y el de síntesis. Ambos forman parte consustancial del arsenal terapéutico y es responsabilidad del profesional capacitado la selección del medicamento más adecuado para cada caso.

Pero, en este momento, no podemos mirar hacia otro lado sin acometer el problema: ¿dónde se estudian los medicamentos? La respuesta es clara: los de uso humano en las Facultades de Farmacia y de Medicina. En la primera es donde se estudian los medicamentos en toda su dimensión, puesto que ése es el cometido de la propia carrera, pero no es menos cierto que el médico es quién tiene la capacidad de .prescripción.

Entonces, ¿por qué se estudian solamente los productos naturales en la carrera de Farmacia? Las consecuencias de este hecho, las estarnos comprobando a diario. Veamos. Las plantas medicinales se dispensan en las oficinas de farmacia y algunas se venden en herboristerías sin suficientes garantías.

Pensemos en el primer caso. ¿Por qué son productos que solamente los maneja y aconseja el farmacéutico (dentro de los titulados)? ¿es que acaso no sabemos que tienen propiedades medicinales? ¿Por qué el médico ni opina ni se le rinden cuentas de los tratamientos con plantas medicinales? La razón es bien sencilla: porque las desconocen, ya que no se estudian en las Facultades de Medicina.

Al médico el paciente no le suele informar de una posible administración de plantas medicinales, y si se le informa, da lo mismo porque no sabe qué contiene la planta administrada.

Pues bien, se dan interacciones, con aumento o disminución de la eficacia terapéutica, a veces con marcado peligro para el paciente. Urge poner orden para evitar estos disparates quitando la vitola del desprestigio a la planta medicinal, de modo que alcance el lugar que merece en el arsenal terapéutico. Pero, desengañémonos: esto sólo ocurrirá cuando el médico adquiera la formación adecuada en este tema.

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