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El
dolor ¿defensa o castigo?
Carlos BELMONTE
Director del Instituto de Neurociencias
Universidad Miguel Hernández
San Juan de Alicante
Posiblemente el dolor sea la experiencia
más universalmente compartida por el ser
humano. Es también un problema social de
primera magnitud, y por ello tiene repercusiones
que trascienden el mundo médico y se extienden
a la economía, la sociología o la política.
Efectivamente, el dolor es algo más que
un problema científico. Es la primera causa
de búsqueda de ayuda médica y uno de los
temores más profundamente enraizados en
la naturaleza humana. Tradicionalmente,
en la cultura judeo-cristiana, el dolor
ha sido considerado una fatalidad necesaria,
que sublima al ser humano y por su carácter
redentor, debe ser confrontado con resignación
y en última instancia, aceptado sin queja.
A medida que la sociedad ha ido adquiriendo
una cultura científica y el progreso ha
proporcionado medios eficaces para luchar
contra el dolor, la percepción de la necesidad
de éste ha ido cambiando y ha pasado a ser
considerado un mal evitable, que puede y
debe ser eliminado. El mayor problema que
se deriva de esta actitud es la también
progresiva intolerancia hacia el dolor de
los hombres de hoy, lo que aumenta la demanda
de nuevos analgésicos más eficaces y potentes
produciéndose así el llamado 'círculo vicioso
de la analgesia'.
Tipos de dolor
El dolor puede experimentarse de modo muy
variable y por ello se distingue distintas
clases de dolor, dependiendo del criterio
de clasificación empleado (duración, órgano
corporal donde se origina, mecanismo de
producción). Así, existe un dolor agudo,
que sigue a una lesión bien definida (golpe,
quemadura, corte, etc.) y dura el tiempo
que ésta tarda en cicatrizar, desapareciendo
luego y un dolor crónico, que es el que
persiste durante tiempos largos, incluso
cuando la lesión ya está aparentemente curada.
Se distingue también entre el dolor nociceptivo,
es decir, el que es causado por una lesión
evidente de algún tejido periférico (piel,
músculos, articulaciones o vísceras) y el
dolor neuropático, que resulta no de una
lesión tisular, sino del funcionamiento
anormal de los mecanismos nerviosos que
se encargan de la génesis del dolor.
¿Para qué sirve el dolor?
El ser humano dispone de un mecanismo complejo
para la detección y procesamiento de información
referida a la producción de una lesión en
sus tejidos. ¿Por qué y para qué se ha desarrollado
este sistema?
La supervivencia de los diferentes organismos
vivos a lo largo de la evolución ha sido,
en gran medida, el resultado de su adaptación
a las llamadas presiones de selección, tanto
biológicas (competición, predación parasitismo
y enfermedad) como no biológicas (radiación,
temperaturas extremas, turbulencias, etc..).
Desde Darwin, se admite que la acción de
los enemigos biológicos constituye un mecanismo
de selección mas efectivo que la de los
factores no biológicos, pues si bien estos
últimos pueden dar lugar a efectos letales
masivos (como consecuencia de un terremoto
o una erupción volcánica, por ejemplo),
su carácter episódico los hace menos eficaces
para promover adaptaciones.
La mayoría de las presiones de selección
de uno u otro tipo, producen lesiones en
los organismos que la sufren. Los predadores,
por ejemplo, infringen un daño, con frecuencia
letal, a sus víctimas, aunque en muchos
casos, el ataque fallido deja solamente
herida a la presa. En todo caso, el animal
lesionado queda mas fácilmente expuesto
al riesgo de otros agresores o al de cualquier
fuerza destructiva no biológica.
Se ha demostrado que una herida abierta
actúa como un potente quimioatrayente para
gran número de predadores: es el caso de
la sangre para los vertebrados carnívoros,
o las moléculas procedentes del tejido lacerado
de otro animal marino, para peces o crustáceos.
Además, las heridas son una vía de entrada
de parásitos y microorganismos de toda índole.
Por otro lado, la capacidad de los organismos
lesionados de reproducirse exitosamente
queda limitada. Como consecuencia, los organismos
vivos han ido desarrollando desde el principio
de la evolución reacciones adaptativas a
la lesión, tales como corazas o caparazones,
así como mecanismos celulares de respuesta
y conductas específicas de protección de
las cuales el dolor es una parte importante.
Podría pensarse que en animales tan evolucionados
como el hombre los mecanismos defensivos
frente a la agresión física han perdido
en gran medida su sentido. Algo de verdad
puede haber en ello, pero la utilidad del
dolor va mucho más lejos que la inmediata
protección frente al ataque de un depredador.
Existe un número, afortunadamente escaso
de pacientes neurológicos, que se caracterizan
por una agenesia completa del dolor, al
carecer de fibras nerviosas amielínicas.
Estos sujetos se lesionan continuamente,
se infectan las heridas, hacen úlceras por
estar sentados o tumbados en la misma posición
por horas y mueren con facilidad de niños,
víctimas de heridas e infecciones que no
dejan curar adecuadamente. Esta observación
prueba de modo dramático la utilidad del
dolor, incluso en la vida diaria, como sistema
de protección inconsciente frente a mínimos
traumas, reducciones de riego sanguíneo,
etc.
Sin embargo, es también cierto que existen
dolores, como los viscerales, los que causan
un cálculo uretral o vesicular, en los que
las conductas de evitación que los justificaría
no son adoptables y en los que el dolor
es muchas veces mayor problema que su propia
causa. Tales dolores además, provocan reacciones
vegetativas (hipotensión arterial, vómitos,
shock) que son más graves en algunos casos
que la enfermedad que los genera. Ya hemos
comentado antes la gravedad e inutilidad
del dolor neuropático que se deriva de un
mal funcionamiento del sistema de nocicepción
normal. Por eso, es importante saber que
el dolor es útil como signo de lesión, pero
debe ser eliminado tan pronto esa misión
informativa ha sido cubierta.
¿Cómo eliminar el dolor?
Las posibilidades de eliminar la sensación
de dolor son variadas. Las más evidentes
son las que se basan en impedir o al menos
reducir la producción de las señales nerviosas
dolorosas en su lugar de origen, es decir
los nociceptores. En tal principio se basan
los anestésicos locales, que tienen sin
embargo el inconveniente de bloquear también
las fibras nerviosas que transmiten las
sensaciones inocuas (como las de tacto,
presión o temperatura).
Otros muchos fármacos (como por ejemplo
los antiinflamatorios no esteroideos del
tipo de la aspirina) impiden que en los
tejidos inflamados, se formen mediadores
químicos que excitan de manera sostenida
o sensibilizan a los nociceptores. Finalmente,
existe una batería de substancias cuyo papel
es interferir dentro del sistema nervioso
central con la transmisión ascendente de
los impulsos nerviosos hasta la corteza
cerebral. Estos fármacos modifican la síntesis,
liberación, destrucción o acción de algunos
de los neurotransmisores que participan
en la comunicación entre sí de las neuronas
nociceptoras. Los opioides y sus derivados
siguen siendo fármacos de elección en el
tratamiento del dolor. El uso de técnicas
novedosas de administración de fármacos
o estimulación eléctrica de áreas discretas
del sistema nervioso ha abierto nuevas vías
para el tratamiento del dolor.
Podría concluirse diciendo que son muchos
los aspectos que faltan aun por conocer
sobre los mecanismos nerviosos que determinan
la aparición, persistencia y características
del dolor. Sin embargo, los grandes avances
logrados en las últimas décadas abren una
puerta de esperanza hacia el control, desde
la ciencia, de una sensación que, si bien
nos ayuda a sobrevivir sigue siendo, al
tiempo, la mas temida e indeseada de nuestras
experiencias vitales.
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