El farmacéutico comunitario ante las drogodependencias


Miguel Ángel GASTELURRUTIA
Presidente de la Sociedad Española de Farmacia Comunitaria

Alrededor de la drogodependencia existe, o puede existir, un mundo de marginalidad y de delincuencia, al que los medios de comunicación nos tienen acostumbrados. Pero eso, no debe hacernos olvidar a los sanitarios, que el usuario de drogas inyectadas es ante todo un enfermo crónico. Por tanto, el drogodependiente es un paciente que debe ser tratado por el equipo asistencial como tal paciente crónico. En algunos casos, los menos, el objetivo del tratamiento será el abandono total del uso y consumo de drogas, pero en la mayoría, el objetivo es el mantenimiento y la mejoría de los síntomas.

El farmacéutico comunitario es un farmacéutico asistencial que realiza sus funciones en la oficina de farmacia, inmerso en su comunidad, en su entorno social, ya sea un barrio, pueblo, gran ciudad, aeropuerto, etc... Es un profesional sanitario cuya principal característica es la accesibilidad y cercanía a los pacientes.

Por tanto si el drogodependiente es un enfermo crónico y el farmacéutico comunitario un profesional sanitario accesible y cercano, es fácil pensar en el farmacéutico comunitario como en un instrumento útil para colaborar en el abordaje sanitario de estos enfermos.

La realidad, como veremos más adelante, es que así está comenzando a ocurrir, aunque la reciente historia de la farmacia y las drogodependencias pueda ayudarnos a entender como ha ido evolucionando el papel del farmacéutico y cómo ha ido, este profesional, acercándose cada vez más al usuario de drogas inyectadas.

Etapas

En efecto, podríamos distinguir dos periodos muy claros en esta breve historia. Por una parte los años entre los 60 y los 80 y, por otra, a partir de los 90, con la aparición del Sida.

En la década de los 60 se empieza a vivir con toda crudeza el problema de la drogadicción en las Oficinas de Farmacia en sus diversas facetas: humana, social y sanitaria. Se produce un incremento de los robos y atracos que se prolongan durante la década de los 80.

En esta primera etapa (60 - 80) el abordaje del problema desde las farmacias se limita esencialmente al establecimiento de pautas de protección, es decir, a acometer el problema de la inseguridad. A pesar de ello y muy tímidamente se comienza a producir un acercamiento al problema desde un punto de vista más sanitario. Se organizan conferencias sobre el asunto, y se refuerza la exigencia de la receta hasta el punto de que, por ejemplo en el País Vasco, se puso en marcha un sistema de doble receta que se denominó "receta amarilla" (1986 - 1996)

La conciencia de la magnitud del problema social, legal, farmacológico, terapéutico, etc... va haciendo modular poco a poco el rol del farmacéutico pasando de centrarse en la "autoprotección" a iniciar actuaciones profesionales todavía tímidos y siempre arrastrados por los acontecimientos.

Se producen contactos interdisciplinares. Los farmacéuticos se suman a las voces que piden la asunción de compromisos por las autoridades sanitarias que propicien soluciones al problema y así el farmacéutico comienza a conocer y colaborar con asociaciones que trabajan en este campo como, por ejemplo, el Proyecto Hombre.

La aparición del Sida provoca un cambio enorme en el panorama, hasta el punto que en mi opinión, se puede hablar de una segunda etapa, que en las farmacias se traduce en una fuerte implicación y colaboración con los programas puestos en marcha por Asociaciones y Autoridades sanitarias y cuya implantación, como se describirá enseguida, se va a ir produciendo en la década de los 90.

La paulatina implantación de los diferentes programas se traduce en una disminución dela conflictividad entre los pacientes y las farmacias. Los robos y atracos son anecdóticos, la relación se hace mucho más afable, y al fin el farmacéutico es visto como un sanitario que puede ayudar y el usuario es un enfermo como otro cualquiera.

Aunque había existido iniciativas a título individual, por ejemplo la dispensación de Metadona en farmacias de Asturias o Jaén, los primeros programas de colaboración entre los Colegios de farmacéuticos y la Administración sanitaria tuvieron lugar en el País Vasco. Es preciso citar que los farmacéuticos de esta Comunidad han sido los pioneros en implantar estos programas de colaboración que después se van extendiendo a otras CCAA.

Kit antisida

En 1990 se pone en marcha el Programa denominado del "Kit anti-sida". Se trata de un programa que sigue vigente, que cada vez se va implantando en más autonomías y que consiste en dispensar unos envases con una jeringuilla, un preservativo e información sanitaria útil para los usuarios de drogas inyectadas. Se trata de aprovechar la dispensación de las jeringuillas, en muchos casos único contacto de los drogodependientes con la red sanitaria, para tratar de hacer educación sanitaria.

En 1992 se pone en marcha también en el País Vasco el programa de Intercambio de Jeringuillas (PIJ). Consiste en que el drogodependiente acude a su farmacia con una jeringuilla usada, la introduce en un depósito de cierre hermético y el farmacéutico le da, gratuitamente, otra jeringuilla nueva. El objetivo es disminuir el número de jeringuillas usadas que se comparten.

Quizás uno de los programas más importantes que realiza la Farmacia es el Programa de Mantenimiento con Metadona en las Farmacias. Comenzó también en el País Vasco, en 1995, y ha permitido a las instituciones que trabajan con UDIs descongestionar sus servicios, atender a más pacientes y, algo muy importante, descentralizarlos, con lo que se mejora la integración del enfermo en su entorno ya que no tiene que ir al centro de toxicomanías a recoger su dosis de Metadona sino que la puede obtener en la farmacia de su barrio, de su entorno. Estos programas, apoyados por el Consejo General de Colegios Farmacéuticos se están ampliando a cada vez más farmacias por toda la geografía española.

En 1998, se comenzó un nuevo programa denominado "tratamiento supervisado con Tuberculostáticos a pacientes en el Programa de Mantenimiento con Metadona" por el que a aquellos pacientes que estaban inscritos en el programa de Metadona y tenían tuberculosis se realizaba lo que se denomina un Tratamiento Directamente Observado (TOD). Es decir, el paciente debe tomar todas las pastillas contra la tuberculosis en presencia del farmacéutico, antes de obtener la dosis de Metadona. Este tipo de servicio, muy interesante, se ha ampliado en Valencia a todo tipo de pacientes generales con tuberculosis estén o no adscritos a un programa de Metadona.

Incluso a partir de 1999 se está realizando por este sistema de TOD la Quimioprofilaxis de familiares o personas allegadas a UDIs que están diagnosticados de tuberculosis, con lo que se trata de garantizar que ésta sea efectiva.

Otras actividades desde la Farmacia Comunitaria han sido el Programa que se denominó "airbag de bolsillo" que consistía en la puesta en el mercado de preservativos a precios muy baratos para tratar de prevenir la transmisión de enfermedades de transmisión sexual, entre ellas el sida. Este programa comenzó en 1995.

Como se ve, la Farmacia Comunitaria está participando activamente en gran número de programas muy útiles en el tratamiento y prevención de las drogodependencias y sus consecuencia. Sin embargo, somos muchos los que creemos que todavía podíamos hacer más.

De todos es conocido que la actividad mayor de nuestras farmacias consiste en garantizar el acceso al medicamento de la población. Para ello, el farmacéutico comunitario es el profesional autorizado legalmente para dispensar los medicamentos.

Ahora bien, no hemos de olvidar que junto a esta actividad dispensadora las Oficinas de Farmacia realizan otras actividades orientadas al paciente cuyo conjunto, en los últimos años, se ha dado en denominar como Atención Farmacéutica.

En el tema de las drogodependencias cobran especial importancia las actividades de Promoción de la salud y el Seguimiento de los tratamientos farmacológicos. Asumiendo este ultimo servicio, y de una manera similar a, digamos, los Programas de mantenimiento con Metadona, los farmacéuticos comunitarios podrían contribuir de una manera más activa al tratamiento de los enfermos de sida con antiretrovirales.

Se aduce que son tratamientos de manejo complejo, pero la realidad es que también el acenocumarol o la digoxina lo son. Muchos pensamos que el verdadero problema podría ser de tipo económico que podría muy bien ser resuelto mediante la elaboración de un programa concreto. Así, se conseguiría lo mismo que se ha conseguido con la Metadona, el acercamiento de estos pacientes a su entorno más cercano, y el no estigmatizarlos con la obligación de acudir al hospital con una frecuencia excesiva.

En resumen, el farmacéutico comunitario participa cada vez más en programas asistenciales y preventivos relacionados con la drogodependencia aportando su profesionalidad, accesibilidad y cercanía, a la vez que somos muchos los que creemos que podemos realizar más servicios de una manera más eficiente.

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