Neurobiología y psicoanálisis

Cecilio PANIAGUA (Diplomado de la Asociación Americana de Psiquiatría y Neurología Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Americana)

Introducción

El gran interés despertado por los hallazgos neurobiológicos de estos últimos tiempos, posibilitados por las nuevas técnicas de neuroimagen, la investigación de neurotransmisores y neurorreceptores, y la genética molecular, ha hecho, en el decir de muchos, que se considere a estos años de final de siglo como la 'década del cerebro'. Los nuevos conocimientos sobre su desarrollo postnatal y su funcionamiento pueden, ciertamente, arrojar luz sobre la teoría psicoanalítica. Parece que nunca estuviese más indicado aquel intento de correlación entre estos hallazgos y el psicoanálisis que esbozase Freud hace más de un siglo en su Proyecto de una psicología para neurólogos.

A la luz de los nuevos hallazgos de investigación, los psicoanalistas hemos ido cambiando nociones que considerábamos establecidas. A su vez, las observaciones de la psicología profunda, obtenibles sólo en la clínica psicoanalítica, han contribuido a la interpretación de los hallazgos de la neurociencia.

La Psiquiatría no debe ser una disciplina dividida -ni menos aún enfrentada-, con los especialistas 'biologicistas' en un campo y aquellos 'psicologicistas' en otro. Ambos posicionamientos, cuando mutuamente excluyentes, proporcionan una visión empobrecida de la psicopatología. El funcionamiento cerebral y el mental son realidades inseparables: dos aspectos de una misma entidad natural. Constituye una actitud anticientífica o, cuando menos, una señal de conocimiento incompleto, creer que puede existir una neurobiología válida sin consideración por los fenómenos mentales, o teorías psicológicas y psicopatológicas desligadas de la neurociencia.

Esta comunicación tiene como objetivo el intento de integración de algunos hallazgos recientes de la neurobiología con las teorías y conocimientos obtenidos a través de la experiencia psicoanalítica acumulada desde hace más de un siglo.

Las asociaciones

Cada modalidad sensorial se procesa neurológicamente por separado. No hay un área del cerebro que contenga la imagen total de un objeto del que somos conscientes. El aroma de un vaso de vino causa su impresión perceptual en una zona del córtex diferente de la que es estimulada por su sabor, por su aspecto o por su tacto líquido -por no hablar de su efecto depresor sobre el sistema nervioso central, de las asociaciones que nos pueda producir o de los recuerdos que nos pueda evocar. Siguiendo una integración polimodal de los distintos estímulos sensoriales, el cerebro reconoce (o cree reconocer) patrones o pautas de activación neuronal. La apercepción tiene lugar cuando el cerebro halla cierta coincidencia icónica entre la activación neuronal generada por un conjunto de percepciones y los patrones de experiencias previas almacenadas en la memoria. Esta es la razón por la que creemos ver formas conocidas en las nubes o en las láminas del test de Rorschach.

Nuestro cerebro se halla poderosamente influido o 'prejuiciado' por nuestas experiencias del pasado a la hora de encontrar coincidencias. Si no le es posible reconocer patrón alguno que encaje con uno previo, se genera una nueva categoría empírica que se almacenará para, a su vez, servir de patrón que haga juego, por así decir, con percepciones futuras. Recuerdo el caso de una asistente social en Estados Unidos que llevó al parque zoológico a unos niños portorriqueños de un suburbio muy pobre. Contemplando a los grandes felinos, todo lo que podían ver era gatos y perros al principio. Con las explicaciones pertinentes, los cerebros de estos jóvenes deprivados comenzaron a reconsiderar la precaria adecuación de sus iconos anteriores a la morfología de los nuevos animales, concluyendo por crear nuevas categorías mentales: tigres y leones.

Nuestras necesidades y emociones influyen en nuestra percepción e interpretación de la realidad. La privación sexual, por ejemplo, hará que interpretemos como sexuales estímulos ambientales que no son de esa naturaleza. Y la ansiedad hará que interpretemos como peligrosos estímulos que no lo son. En los pacientes con síndromes de estrés post-traumático su neurosis tiende a perpetuarse porque, en su típico estado crónico de hiperexcitabilidad, incluso los estímulos neutrales les producen reacciones de sobresalto. En situaciones traumáticas menos intensas, las personas tendemos a desplazar nuestra atención defensivamente hacia circunstancias accesorias o periféricas a la experiencia. La rememoración ulterior de estas huellas mnémicas constituye lo que Freud llamó "recuerdos encubridores". La función protectora de este recuerdo de apariencia inocua es, claro está, la de ocultar a nuestra consciencia un contenido muy cargado de algún afecto negativo, ahorrándonos así el dolor correspondiente.

Existe, además, el fenómeno de la "constancia objetal", descrito científicamente por primera vez por Jean Piaget, consistente en la existencia de la representación mental de una persona u objeto en la ausencia de éste, capacidad que el ser humano adquiere normalmente a lo largo del segundo año de vida. "Lo que la constancia objetal significa es que el niño puede entonces disponer intrapsíquicamente de la imagen materna como pudo hacerlo libidinalmente de la madre real -para la alimentación, el bienestar y el amor", en palabras de la psicoanalista Margaret Mahler. A través de la constancia del objeto, la relación del hijo con su madre se hace más estable y duradera, manteniéndose a pesar de las experiencias frustrantes. Pues bien, este fenómeno tiene un correlato en ciertos hallazgos neurobiológicos. Se sabe hoy día que después de que la mielinización del sistema nervioso central es relativamente completa, las neuronas del córtex premotor codifican estímulos visuales y permanecen activadas (medido su potencial con microelectrodos) aun cuando no estén presentes los objetos en cuestión o no resulten visibles, como en la oscuridad. Esta permanencia explica también la disponibilidad de las impresiones sensoriales para las evocaciones asociativas.

La apercepción

Tenemos de modo natural la impresión subjetiva de que percibimos el mundo tal y como es realmente, pero todos los fragmentos significativos de nuestra percepción son en realidad resultados de una construcción en la que influyen decisivamente las motivaciones, los estados emocionales y las experiencias del pasado. Sin embargo, a pesar de que el cerebro de cada uno de nosotros construye las percepciones con un procesamiento y unos circuitos distintos, las imágenes finales no son completamente específicas para cada individuo. Los seres humanos no psicóticos percibimos los objetos del mundo externo de un modo que puede considerarse sorprendentemente uniforme. Esto es así porque nuestras percepciones, en su constructivismo, se ajustan a ciertas reglas y limitaciones características para cada especie. Así pues, la percepción humana o, mejor dicho, la apercepción (es decir, no sólo lo que detectan nuestros órganos de los sentidos, sino cómo lo integramos) posee, desde luego, elementos individuales, pero también los posee comunes; esto es lo que hace que podamos comunicarnos eficazmente.

Un hallazgo de la neurobiología pertinente para los tratamientos psicológicos es el de que la imaginación per se, es decir, sin estímulo sensorial alguno, activa las neuronas del córtex correspondientes a la percepción directa por los sentidos. Esto refuerza la tesis de la efectividad de la actividad asociativa, proporcionando una constancia física de algo que ya conocíamos empíricamente los psicoanalistas. El hecho de compartir los circuitos nerviosos hace que, por ejemplo, las imágenes visuales evocadas en la oscuridad o las impresiones auditivas recordadas en el silencio influyan sobre la percepción sensorial posterior. El hecho de imaginarnos un objeto antes de detectarlo con los sentidos, o una situación antes de que ocurra, aumenta nuestras posibilidades de comprensión y respuesta adecuadas; esto constituye el motor, claro, de la rumiación anticipatoria característica del ser humano. Hay que recordar, sin embargo, que precisamente esto, por otra parte, nos hace añadir elementos idiosincrásicos a nuestra apercepción del mundo circundante, es decir, a las síntesis con significado de las percepciones.

No existe la percepción pura. Numerosos experimentos de laboratorio e incontables experiencias clínicas han demostrado como ilusoria la mítica idea de una "inmaculada percepción". Una de las aspiraciones del tratamiento psicoanalítico es la de equipar al analizado con una capacidad de exploración y examen de la realidad que tenga el menor grado posible de distorsión neurótica, aunque hay que entender que siempre es asintótica la aproximación a este objetivo.

Las huellas mnémicas

No comienza a haber memoria explícita hasta los 18-24 meses sencillamente porque no han madurado aún las estructuras del hipocampo y no pueden, por tanto, formarse huellas mnémicas para ser luego transferidas al córtex. Freud pensó que estas impresiones tempranas no se rememoraban porque en todo caso resultaban reprimidas debido a su carácter abrumador o traumático. Esto no es así. No tenemos recuerdos específicos de esos primeros años no porque los reprimamos, sino porque no los hemos registrado. Tampoco pueden ser ciertas, por supuesto, las teorías de la influyente psicoanalista Melanie Klein que atribuyen al bebé de meses recuerdos cognoscitivos y nociones complejas como la de las diferencias anatómicas de los sexos o el coito parental.

Otra cosa ocurre con las funciones mnémicas de los ganglios basales (nuestro cerebro reptiliano) y de la amígdala del sistema límbico (que compartimos con los mamíferos inferiores), porque estas estructuras, en su recapitulación filogenética, se encuentran bien desarrolladas ya en el recién nacido. En los ganglios basales (cuerpo estriado) se registra la memoria operativa de los automatismos, mientras que en la amígdala límbica lo hace el aprendizaje condicionado de las respuestas emocionales. Esto hace que pueda existir la memoria implícita no verbal y aconceptual (también llamada no declarativa) para experiencias infantiles de este primer periodo, tales como los sobresaltos, los dolores somáticos, los temores primitivos, o las sensaciones placenteras y las pautas de interacción materno-filial, en ausencia de memoria explícita (o declarativa). El comienzo de la capacidad verbal viene a coincidir con el inicio de la maduración del hipocampo al año y medio de vida, y se conjetura que la buena interacción vocal con el niño entonces es la actividad que tendrá el crucial papel de facilitar el procesamiento de los recuerdos infantiles por la memoria explícita. Ésta será ulteriormente aquella accesible a la rememoración consciente.

Parece ser que es el hipocampo arquicortical (asta de Ammon), el que proporciona el contexto espacial de los recuerdos, mientras que el córtex prefrontal, de maduración más tardía (comienza su mielinización a los tres meses y continúa en el adulto joven, es el que provee el contexto temporal de las experiencias. El neocórtex modula también la actividad de la amígdala. Hasta aproximadamente el séptimo año siguen mielinizándose las conexiones entre el córtex y el sistema límbico, lo que normalmente ha de tener como consecuencia la integración progresiva de la actividad cognitiva con la emocional. Es posible que en las neurosis de ansiedad y algunas caracteropatías impulsivas no funcione con normalidad esta influencia moduladora, encontrándose los pacientes que sufren estas neurosis a merced, por así decir, de las tormentas de la amígdala, con sus percepciones alarmantes, sus reacciones emocionales irreflexivas y sus somatizaciones.

La memoria explícita, declarativa, característica del registro hipocámpico, y la memoria implícita, no declarativa, propia del de la amígdala, pueden hallarse disociadas. Esto puede verse claramente en las neurosis traumáticas y los síndromes de estrés post-traumático. En efecto, el paciente con estas patologías sufre crisis de angustia y otros síntomas físicos secundarios a descargas adrenalínicas sin los recuerdos explícitos que han de ir asociados. La labor del psicoterapeuta en estos casos consiste en analizar empáticamente este fenómeno inconsciente de disociación y ayudar al enfermo a procesar el trauma de modo explícito, poniendo en su lugar los referentes témporo-espaciales. Esta reactivación, aunque dolorosa, es la que va a permitir al paciente situar en el pasado el incidente traumático y disminuir en el presente los componentes implícitos somáticos, emocionales y conductuales de la impresión mnémica.

¿Memoria o memorias?


No hay ninguna actividad perceptual o cognoscitiva sin componentes mnémicos. Éstos, a su vez, han estado mediados por la capacidad cognoscitiva del sujeto en cada etapa de su maduración y han sido adquiridos a través de su prisma perceptual personal. Lo que entendemos por 'memoria' no es un solo sistema: se halla compuesta por una serie de sistemas y subsistemas. En realidad, lo que existe es memorias. El conducir un vehículo implica una memoria distinta de la de recordar un itinerario o el sentido de una tarea, y de la de las emociones suscitadas por la anticipación de un encuentro o las reacciones de alerta ante los posibles peligros.

En el capítulo de la memoria implícita (no declarativa) está la subcategoría de la memoria asociativa (de particular importancia en el psicoanálisis) y la correspondiente a la habituación; ésta es la que nos permite archivar inconscientemente las circunstancias que permanecen constantes, liberando así nuestra atención, que puede entonces dirigirse más efectivamente a aquello que es diferente en situaciones nuevas. En el capítulo de la memoria explícita o declarativa existen también subsistemas específicos al cargo del recuerdo de texturas, formas, colores, rostros, etc.; en cuanto a las palabras, existen incluso unas áreas especializadas en el recuerdo de nombres y otras en el de la conjugación de los verbos.

La desconexión entre un tipo de memoria y otro (por ejemplo, la incapacidad de asociar la cara de una persona a su nombre) no se debe solamente al fenómeno de la represión, como al principio creímos los psicoanalistas. Además de la psicogenia, da cuenta de estas dismnesias la degeneración neuronal progresiva que tiene lugar en las áreas cerebrales relacionadas con la memoria. Esta degeneración comienza en todos los mamíferos en los años de la madurez sexual. Mencionemos que, en la Universidad de Princeton, el equipo de biología molecular capitaneado por Joe Tsien ha conseguido crear ratones genéticamente alterados capaces de mantener en la vida adulta la producción a nivel juvenil de la sustancia NMDA (N-metil D-aspartato) en las dendritas de las neuronas del hipocampo. Dicha molécula es la responsable de concertar esos patrones de descarga neuronal que se experimentan como memoria. Esta investigación resulta prometedora para el futuro tratamiento preventivo de las demencias preseniles.

Sabemos en la actualidad que el efecto devastador sobre la memoria de la enfermedad de Alzheimer es consecuencia de la degeneración neuronal masiva en el hipocampo y la zona medial de los lóbulos temporales, que impide la transformación de las impresiones mnémicas recientes en memoria permanente. En la corea de Huntington, que destruye los ganglios basales, la memoria explícita está intacta y lo que se deteriora es la capacidad de aprender automatismos motores. Y las lesiones de la amígdala (como en ciertos tipos de epilepsia psicomotriz) producen trastornos en la reproducción de las emociones.

Los recuerdos emocionales, con su acompañamiento fisiológico, se conservan con mayor fijeza que los recuerdos explícitos de los acontecimientos que movilizaron los sentimientos. Los tractos nerviosos que van de la amígdala al córtex están más desarrollados y son mucho más rápidos que los que van del córtex a la amígdala, lo que parecería una constatación estructural de la relativa (y proverbial) debilidad de lo racional ante lo irracional. Feldman ha escrito, medio en serio, medio en broma, que quizás se necesite en el futuro una neuroimagen que revele cambios significativos en el control cortical sobre la amígdala, como criterio de éxito en el tratamiento psicoanalítico.