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Psicología
de la envidia
Cecilio PANIAGUA
Miembro Titular de la Asociación Psicoanalítica
Internacional
Envidia e inferioridad
El Diccionario de la Real Academia dice
de la envidia que es "la tristeza o pesar
del bien ajeno", pero esta definición
parece algo pálida si consideramos las múltiples
manifestaciones de este fenómeno psicológico.
Para empezar, señalemos que de la tristeza
del bien ajeno a la alegría por el mal ajeno
sólo hay un paso, y a esta última también
la categorizaríamos como envidia.
Hay muchas formas de envidia y los sentimientos
de inferioridad constituyen su piedra angular.
La envidia no puede ser entendida en todo
su espectro sin considerar las sensaciones
de precariedad narcisista y las vicisitudes
de las pulsiones agresivas en la infancia,
dentro del seno familiar. En efecto, las
diversas modalidades de envidia no son sino
un eco de los sentimientos de inferioridad
y rivalidad sufridos por el niño en su desarrollo
psicológico, con padres, hermanos y otras
figuras significativas. La envidia instaurada
en el carácter del adulto es, por lo general,
una reacción ante las experiencias de pequeñez
y desvalimiento de la infancia. Esto da
cuenta de su universalidad y su frecuente
irracionalidad. En cada persona, la intensidad
de la envidia estará en función de sus sensaciones
reprimidas de insignificancia. Las manifestaciones
de la envidia generalmente nos dirán más
de los sentimientos de inseguridad del envidioso
que de la personalidad del envidiado.
La envidia es maladaptativa porque estropea
y, en ocasiones, anula completamente el
placer de la admiración, el gozo de la amistad,
la utilidad del compañerismo y la solidaridad,
el júbilo por los logros de otros, la contemplación
de la belleza, de la habilidad, del ingenio
y, también a veces, el simple deseo de emular
al mejor. La envidia, pues, puede suponer
un impedimento psicológico muy serio y siempre
es fuente de sufrimiento. En boca de Don
Quijote, "Todos los vicios, Sancho,
traen un no sé qué de deleite consigo; pero
el de la envidia no tal, sino disgusto,
rencores y rabias". Otros "vicios"
conllevan ese "no sé qué de deleite"
porque satisfacen alguna pulsión instintiva
(aunque después pueda esto resultar reprobable
a la conciencia).
Sin embargo, la envidia es en sí una defensa;
a saber, una defensa contra la percepción
de la propia inferioridad: se odia a otro
para no sentir odio contra uno mismo. Astuta
y algo cínicamente, Unamuno dijo
que en nuestra tierra de envidia proverbial
bien podría existir un precepto que rezase,
"Odia a tu prójimo como a ti mismo".
Así pues, por una parte, tenemos la mortificación
narcisista inherente a la sensación de inferioridad;
por otra, el odio a los semejantes, que
es censurable para el Superyó. Aquí no hay
deleite. En palabras de Antonio Machado,
el envidioso "Guarda su presa y llora
lo que el vecino alcanza; / Ni pasa su infortunio
ni goza su riqueza".
Por consiguiente, el penoso sentimiento
de la envidia ha de ser objeto, a su vez,
de otra defensa psicológica. Una de ellas
es la proyección. Por medio de ésta, el
sujeto logra convencerse de que el sentimiento
envidioso le es ajeno y de que él es el
envidiado; pero, ¡ay!, entonces temerá que
los males que le deseó al prójimo se vuelvan
a modo de bumerán contra él. A propósito
de este mecanismo, Sigmund Freud
(1919) hizo la siguiente reflexión: "Quien
posee algo precioso, pero perecedero, teme
la envidia ajena, proyectando a los demás
la misma envidia que habría sentido en lugar
del prójimo". No significa esto que
a veces no se tengan razones realistas para
temer las consecuencias de la envidia del
prójimo; lo que significa es que, frecuentemente,
ésta se debe a razones idiosincrásicas y,
por lo general, inconscientes.
Formas de envidia
Pueden hacernos sentir envidiosos numerosas
cualidades de otras personas: su talento,
su juventud, su renombre, su belleza, sus
posesiones y hasta su virtud, que como escribió
Antonio Machado en uno de sus Proverbios,
"La envidia de la virtud I Hizo a Caín
criminal". Un personaje de una novela
unamuniana (Abel Sánchez, 1917) llega
a decir: "No hay canalla mayor que las
personas honradas [...] no me cabe
duda de que Abel restregaría a los
hocicos de Caín su gracia", Un hombre
puede hacer exhibición de buenos atributos
para producir envidiosa zozobra en otro,
al sumirle en un conflicto entre sus malos
deseos por una parte y su conciencia, por
otra. El sabio Baltasar Gracián escribió
en su Arte de la prudencia (1647):
"No hay venganza más insigne que los
méritos y cualidades que vencen y atormentan
a la envidia [...] Este es el mayor
castigo: hacer del éxito veneno", Hasta
la honradez y la bondad pueden usarse con
el malévolo propósito de azuzar la envidia!
La forma más conflictiva de envidia es,
sin duda, aquélla que se dirige hacia las
personas que, simultáneamente, uno ama.
Es este tipo de envidia el que tiende a
sumergirse con mayor vigor en el Inconsciente,
porque amenaza con destruir precisamente
aquello que valoramos más de nosotros mismos:
nuestras representaciones buenas y nuestros
sentimientos de amorosos. Además nuestra
conciencia se carga de atormentadora culpa
si contempla la propia malevolencia hacia
aquéllos que dicta que debemos querer. Ante
este conflicto, a veces procuramos convencernos
de que la persona hacia quien profesamos
amor o gratitud ambivalentes, después de
todo, no es tan buena. Se trata de un intento
por "justificar" nuestra animadversión
culpógena.
Es común que un sujeto sienta envidia, en
alguna de sus numerosas manifestaciones,
hacia alguien y, simultáneamente, profese
adoración acrítica hacia otra persona. Se
trata de las dos caras de una misma moneda.
Este fenómeno es consecuencia del mecanismo
psicológico de la escisión, al que suele
añadírsele la defensa psicológica de la
racionalización, que permite al sujeto dar
cuenta de por qué cierta persona con atributos
superiores es merecedora de descalificaciones,
mientras que otra lo es de adhesión incondicional
(léase identificación con su grandeza real
o imaginaria).
El proceso de la escisión tiene su origen
en los sentimientos de dependencia del ser
humano en su infancia. De los poderosos
adultos que le rodean hay acciones que le
gratifican y acciones que le frustran; las
primeras generan amor, las segundas, odio.
Una manera típica de liberarse de la tensión
que esto le provoca es escindiendo las figuras
significativas en "buenas" y "malas";
por ejemplo, en una "madre buena",
objeto de veneración, y una "mala",
objeto de rencor. El paso siguiente es el
que llevan a cabo los mecanismos psicológicos
del desplazamiento y la generalización a
otras personas inconscientemente representativas
de las figuras significativas de la infancia.
En psicoanálisis, una forma de envidia muy
estudiada es la referente a aquella percepción
de inferioridad anatómica conocida como
la envidia del pene. En sus Teorías sexuales
infantiles de 1908, habló Freud por
primera vez de las reacciones de la niña
ante el descubrimiento de que los varones
(generalmente sus hermanitos) poseen pene,
de sus fantasías de poseerlo ella y de la
influencia de esto en su desarrollo psicosexual.
Estas vicisitudes, pertenecientes a lo que
Freud llamó el "complejo de castración",
incluyen el asombro de la niña ante el descubrimiento
de las diferencias morfológicas, su sentimiento
de inferioridad, su envidia, la represión
de estos dolorosos sentimientos, y su transformación
inconsciente en productos psicológicos distintos
y distantes del original. Entre éstos están
la creencia indiscriminada en la superioridad
del género masculino, el deseo no consciente
de adquisición de un pene a través del contacto
sexual, la ecuación inconsciente de la preñez
con la obtención de un pene, o el desprecio
reactivo y las multiformes actitudes castrantes
hacia sus "afortunados" poseedores.
En nuestra cultura, la mayor parte de las
personas ilustradas han oído hablar del
concepto freudiano de la envidia del pene
en la niña y en la mujer.
Se oye menos (excepto en chistes y en las
películas de Woody Allen) comentar
el hecho de que el varón también sufre universalmente
cierta modalidad de envidia del pene. El
varón suele atribuir a este órgano, por
sus peculiares sensaciones y funcionamiento,
una importancia y unos poderes portentosos.
Las fantasías y comparaciones envidiosas
resultan entonces inevitables.
La envidia nacional
La envidia compartida e institucionalizada
en las costumbres de un pueblo entero es
algo de comprensión más compleja. Se ha
dicho muchas veces que la envidia constituye
el vicio más característico de nuestro pueblo,
"la íntima gangrena del alma española",
en el decir de Unamuno. A comienzos del
siglo dieciséis, Fray Antonio de Guevara
se pronunció así: "Si hay algún hombre
que sea bueno, es envidiado, y si es malo
es envidioso. Así que con el vicio nacional
de la envidia, o la perseguimos o somos
por ella perseguidos". Si esto es así,
¿en qué puede basarse esta idiosincrasia
nacional? Tal vez, opinarán algunos, en
la relativa pobreza de una sociedad en la
que históricamente, como dijo Joaquín
Calvo Sotelo (1988), "El honor ha
sido supletorio del pan candeal". Es
lógico pensar que la escasez esté relacionada
con la envidia. Cuando hay pocos bienes
a repartir, se codiciarán los de aquellos
afortunados que los posean. Pero esta relación
no simple ni directa.
La envidia, como se ha dicho, tiene mucho
más que ver con la percepción interna de
inferioridad, que con la escasez objetiva.
En efecto, hay hombres y pueblos que viven
miserablemente mostrando pocos signos de
envidia. De esto se deduce que, si es verdad
que los españoles somos especialmente envidiosos,
si cierto que a todos nos resulta familiar
"El español terrible Que acecha lo cimero
con la piedra en la mano", que dijera
Luis Cernuda, es porque existe un
sentimiento generalizado de inferioridad
o, más específicamente, una discrepancia
significativa entre los ideales y la percepción
de la propia valía.
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