La gran obra pirandelliana 'Así es...' naufraga por el excesivo griterío de su actores

Emilio Martínez (Madrid)

¡Cuán gritan esos maditos! Perfectamente se podría aplicar este inmortal verso del Tenorio transmutado a la pirandelliana ‘Así es (si así os parece)'. Y es que la genialidad del polifacético intelectual Nobel siciliano sobrevive incluso cuando se le representa mal. O mejor dicho, cuando se le representa a voces. Cual acontece con el montaje del Centro Dramático Nacional que puede verse –y sobre todo, escucharse- en el recién estrenado Teatro Valle Inclán de Madrid, un prodigio de modernidad y comodidad en escenario y butacas.

Porque, aunque parezca mentira en alguien con una trayectoria igualmente genial al servicio del arte de Talía en nuestro país –léase Miguel Narros-, la obra no acaba de cuajar ni de arrancar por este defecto, que quizás se deba en parte a la inmensidad del escenario. O no. Pero el caso es que esta parábola sobre verdad y realidad, mentira y subjetividad, en ningún momento estremece las fibras sensibles de los espectadores.

Sin que ello signifique echar por tierra el esfuerzo de los actores. Sin que ello perjudique en demasía a los extraordinarios personajes que ‘parió' Pirandello en 1922, todos ellos perfectamente modelados, todos ellos tan rotundos que no es menester añadirles tal carga de sobreactuación, y no sólo vocal, para que la obra fluya desde las tablas e invada el espíritu de los otros 'personajes'.

De los 'personajes' pasivos, que la contemplan –o, en parte, la sufren- desde el patio de butacas. Sin embargo, diríase que tanto esfuerzo se echa por la borda casi por la razón apuntada y desmerece el conjunto de esta versión, que es muy inferior a todas las que desde hace décadas se han subido a la escena española.

Magnífica Julieta Serrano

Indudablemente que así es para quien firma estas líneas y para muchos de esos espectadores defraudados, que lo comentaban a la salida. Indudablemente así les parece a ellos y seguro que no a Narros y al equipo responsable de esta versión. Porque, quitando a los actores, y no sólo por su vocerío, el resto sí da la talla.

Desde la dramaturgia y movimiento, al vestuario, a los decorados y a toda la trama que compone cualquier intento de representar con dignidad al maestro italiano en esta obra en que se ríe de las convenciones sociales, huyendo del realismo con su fantasía y su ácida crítica a una burguesía y un tiempo que no le gustaba nada.

Pero, al margen de los gritos que traspasan los tímpanos pero no el espíritu de los espectadores, el grupo de profesionales elegidos para la representación tampoco ayuda mucho. Con ser generalizados y graves sus excesos de voz, lo es mucho más un histrionismo igualmente denominador común en la forma de mostrar sentimientos que parece muy lejos de la idea de Pirandello cuando escribió esta obra.

Con una gloriosa excepción, la de Julieta Serrano, medida, emocionante, susurrante y fácil en su papel de señora Frola. Un sobresaliente para ella, que acentúa más el suspenso general de sus compañeros del que sólo se salva con un aprobadillo raspado Rubén Ochandiano, quizás porque tampoco grita aunque se le ve un punto artificial como Lamberto, y la joven Ana Arias, quien aunque un poco verde y con una intervención corta, también se adapta a su personaje de Dina sin histrionismos ni excesos.

En cualquier caso, siempre vale la pena asistir a una de las obras claves del teatro del siglo XX y disfrutar de todo lo que encierra y transmite o pretende transmitir. Aunque sea a voces.