Adolfo Martín y el picador Da Silva, grandes triunfadores de la goyesca del 2 de mayo
3/05/2006
Emilio Martínez
El 2 de mayo, festividad en Madrid por aquellos héroes de 1808, aconteció un milagro en esta religión laica que es la fiesta: la aparición de la casta -generalizada en toda la corrida- e incluso de la bravura -muy extendida con un toro de matrícula, aspirante y merecedor de un indulto que no llegó, Mulillero- en el sacrosanto altar táurico de Las Ventas. Una corrida de Adolfo Martín -ya habitual en estos prodigios- fue la 'culpable'. Ante ella actuaron y lo intentaron otros héroes, de los escasos con que cuenta el agrisado escalafón actual: Pepín Liria (palmas), Luis Miguel Encabo (pitos, palmas y silencio) y Fernando Robleño (ovación y silencio), y destacó un gran picador, Rafael da Silva, lo que no deja de ser otro milagro mayor, si cabe, dado el nivel que vemos -sufrimos- en los otrora toreros a caballo.
Lo de ese segundo bicorne en su pelea con el penco fue histórico de verdad de verdad de la buena. Porque el animal galopó en cuatro ocasiones, cuatro -la última gracias al sentido lidiador y profesional de Encabo- con alegría, como si supiera el buen trato que el varilarguero le iba a dar. Y aconteció ese otro milagro, todavía más difícil: un extraordinario picador, un magnífico torero a caballo que se llama Rafael da Silva, nuevo -y casi único- santo laico entre los suyos. Echó el brazo por delante para detener, colocó en lo alto del morrillo la puya -el regatón, otro detalle, en el último encuentro-, no tapó la salida y se fue en loor de multitudes con ovaciones restallantes.
Lo malo para Encabo, incapaz de sujetar con percal y flámula la desbordante bravura de Mulillero, fue que el público se volcó con el bicorne y no entendió de las muchas dificultades -y peligro- de semejante catadura. Lo malo, se escribe, no lo injusto, se matiza. Lo malo para Mulillero y para la fiesta es que uno de los toros más bravos jamás corridos en Las Ventas, desde hace muchas temporadas, no fuera indultado.
Porque el tesoro de su semen habría sido oro puro para procrear, para ayudar a traer otros bicornes con cantidades industriales de esta bravura -cualidad en extinción, como los aficionados dabuten- de la que tan ayuna estamos. Pero el faenón que se presumía no lo cascabeleó Encabo y todos perdimos con la muerte del animal.
Quedará para siempre la duda de si algún otro coletudo de su teórica capacidad lidiadora habría sido capaz. Porque otra cuestión, nada baladí, es pensar qué habrían hecho -o deshecho- ante semejante torrente de casta las figuras, figuritas o figurones que ya se cuidan de no anunciarse ante divisas como la del sacrosanto Adolfo o similares.
De modo que ¡un respeto para la terna! Aunque no fuera capaz de poder ni lidiar como los cánones exigen a sus morlacos, todo serios, cuajados, badanudos y astifinos; o sea, con trapío también del verdadero. Y eso da también que pensar. Si tres especialistas acostumbrados a este tipo de hierros -los únicos que interesan a los aficionados dabuten- naufragan en el intento, ¿qué nos queda?
Faenas sin 'macizar'
Mas, dejando las reflexiones y volviendo al festejo, es justo y necesario remarcar que Mulillero -merecedor al menos de una vuelta al ruedo que ese mal usía que es Manuel Muñoz denegó- no estuvo solo. En su bravura durante el primer tercio, digo, pues sus hermanos sin llegar al culmen también cumplieron sobradamente, a excepción del único mansote -pero también interesante-, el sexto.
Y algunos hasta desarrrollaron una nobleza -la siempre difícil del encastado- que permitió a Encabo y Robleño algunos apuntes de calidad ante tercero, cuarto y quinto, aunque sin redondear ni 'macizar', término 'bienvenidesco' tan expresivo. El primero, con el que Liria estuvo tan valentísimo como espeso, aportó mayores exigencias y arrolló al 'jabato' murciano, que tuvo agallas de pasaportarlo antes de entrar en la enfermería.
En cualquier caso es menester destacar lo interesante -y emocionante- que resulta una corrida de toros cuando el protagonista de la misma, el bicorne -pues el coletudo es su antagonista- lo es. En cualquier caso, y como resumen final, desde aquí se repiten las alabanzas para un ganadero/ganadero, Adolfo, y un varilarguero/varilarguero, Da Silva.
En cualquier caso, la religión olorosa y flamígera de la fiesta vivió en la histórica fecha del 2 de mayo -en la única de sus 'iglesias' que no ha perdido el sentido crítico- una jornada memorable, de esas que estremecen las fibras sensibles, de esas que nos hacen no dimitir ante tanto fraude y manipulación como hoy dominan.
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