Fracasa el poncismo y su titular
20/05/2006
Emilio Martínez
Cuatro toros de Javier Pérez Tabernero; 2º de Pereda y 5º, sobrero, de La Dehesilla. Justos de presencia en general, con primero y tercero chicos. Mansos y flojos rayando la invalidez. 2º peligroso y 5º con genio. Enrique Ponce: ovación con algunos pitos tras aviso; silencio. Salvador Vega: silencio tras aviso; gran ovación. Álvaro Justo: silencio; silencio. Las Ventas, 20 de mayo. 11ª de abono. Lleno de ‘no hay billetes’.
¿Figura, figurita o figurón (en sentido fantasmal y olé)? Ésa es la gran duda shakesperiana a despejar. Respecto a Enrique Ponce, digo/escribo. Argumentos habrá para todas las posturas, pero justificados, justificados, argumentados, argumentados y de verdad de verdad de la buena (para el que esto firma, claro), sólo se encuentran para el despectivo último término. Como se va a explicar líneas abajo. Porque mira que hay que estar mal para tenerlo todo a favor –toros elegidos, mayoría de masa acrítica en los tendidos, palmeros oficiales animando al aplauso, presidente y veterinarios cómplices…y, encima no dar ni una vuelta al ruedo. O sea, fracasar. Tal fue el balance del exagerado poncismo que domina la fiesta y de su titular.
Y es que la supuesta máxima figura vino a San Isidro sin ninguna responsabilidad, como acostumbra, de tapadillo una sóla tarde y con ganado comercial elegido por él. O sea que ya empezó a ser un figurón. Mas no le bastó con esos antecedentes ‘penales', quia. Tras la teoría, vino la práctica para ganarse ya a pulso el calificativo. Porque tras recibir al anovillado e inválido bicorne de La Dehesilla –enlotado, como los sobreros, por elección de la supuesta figura y/o su poderdante- a base de mantazos –por su nula calidad y por el tamañazo del engaño- capoteriles, protagonizó una de las peores y más largas capeas que jamás se hayan visto en este sacrosanto altar táurico venteño. Corriendo por todo el anillo fue incapaz de colocarlo en suerte (desgracia) debidamente, Ponce se vengó dejándole que le pegaran cuatro varas cuatro ante la complacencia casi general y del usía.
El animal, me refiero al toro, con tan pésima lidia empeoró su condición de manso de libro y llegó con la cara alta y peligro a la flámula de Ponce, que le hizo frente, como es su obligación. Allí, cerca de las tablas, con firmeza y emoción, le extrajo algunos buenos muletazos sueltos por el pitón derecho, jaleadísimos como si fuera la invención del toreo, y otros trallazos con enganchones. Después ‘redondeó' su magisterio con varios sartenazos y dos descabellos. Mas tampoco se conformó con eso, quia. Porque en el flojísimo cuarto, con el que se lució también en banderillas José María Tejero, volvió, Ponce, digo/escribo, a los mantazos capoteriles ayunos no ya de arte, sino de ortodoxia.
Eso sí, con la pañosa se acercó en algunos pasajes también inconexos a lo que pudiera ser el toreo, por la derecha, como siempre, por supuesto, en otra labor premiosa, desligada y taraceada igualmente de enganchones. Para cerrar, eso sí, hay que reconocérselo, con otra lección de cómo NO hay que matar a un toro, máxime en una teórica figura: media tendida y bajonazo. Por cierto que el titular del poncismo tuvo el gesto de cabrearse a mitad de la labor, que no faena, de este su segundo y último en la feria, porque el animal no embestía. Teatro, puro teatro, que cantaba La Lupe; demagogia, pura demagogia, que rubrico yo. Porque la solución es fácil. Señor figurón del toreo, apúntese a la de Adolfo, a la de Victorino, a la de Cuadri, a la de Palha y no a los toros basura y olé.
De los otros dos coletudos que sufrieron la encerrona de semejante ganado sin ninguna complicidad, destacar el empaque, aroma y magníficas maneras capoteriles y muleteriles de un Salvador Vega más, mucho más que digno y por encima, muy por encima de su lote-basura. Y en menor medida, pues sólo el tercero –quizás por el detalle de que era con el que confirmaba doctorado- le dejó, de Álvaro Justo, que pasó inédito ante la supina invalidez del sexto, mantenido en la arena por causas que se desconocen, por el usía con la complicidad de su asesor veterinario. Y es que el planeta táurico está plagado de figurones.
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