Valverde apunta y Aranda dispara
22/05/2006
Emilio Martínez
Toros de Guardiola Fantoni. Bien presentados, cumplidores en el caballo con 6º bravo; nobles, excepto 4º, y flojos, con 5º inválido. Iván Vicente: ovación; silencio tras aviso. Javier Valverde: ovación tras aviso; silencio. Fernando Cruz: silencio; silencio. Se desmonteró Luis Carlos Aranda tras banderillear al cuarto. Las Ventas, 21 de mayo. 12ª de abono. Lleno de ‘no hay billetes’.
La otrora dura ganadería de Guardiola Fantoni camina cuesta abajo, a pesar de que sus bicornes siguen acudiendo con presteza a los caballos, donde suelen emplearse algo, pero muy lejos de la bravura de sus tiempos estelares, que ahora es un remedo. Además de su escasa codicia en segundo y último tercio, los ‘guardiolas' blandean en demasía y llevan camino de convertirse en uno más de los hierros vulgares con que nos castigan los taurinos al uso. Así, este domingo, el escaso juego de los animales impidió mayor lucimiento de la terna de coletudos, en la que el mejor parado fue Javier Valverde con un toreo de quilates pero ayuno de la emoción que debe poner el burel. Él apuntó y uno de los mejores subalternos de la última década, Luis Carlos Aranda, disparó, con un par soberbio al cuarto que puede ser el de la feria.
De modo que nos las prometíamos felices cuando Valverde, tras cascabelear templadas y hermosas verónicas y ‘quitar' por ajustadas tafalleras en el segundo, lo sometió en mandones y ceñidos muletazos de inicio de faena. De idéntico fuste llegaron dos series de redondos, mandando mucho en la embestida y ligados en un rodalico de terreno. Incluso en otra serie de naturales ya extraídos a base de meterse en los terrenos del toro. Pero éste no aguantó semejante quebranto y el resto de la siempre ortodoxa labor de Valverde ya no caló en los tendidos a falta del componente esencial del toreo: la emoción.
El quinto era un inválido, catadura que observó todo el público menos uno, el presidente, Julio Martínez, que a pesar de las protestas, le respondió a otro Valverde. Salva, el portavoz del sanedrín sabio que es el tendido siete, cuando lanza al aire su pregunta, “¿a quién defiende la autoridad?”. Pues ya se ve: a todos menos a quien debe, al mantenedor y sufridor de la fiesta, al ‘pagano', que hace lo propio –pagar- para ver la lidia de seis toros y tantas tardes sólo ve cinco, o cuatro, o tres o dos o uno o ninguno.
El caso es que el usía no lo echó al corral y metió en el carro de perjudicados al Valverde torero, que optó por despenar al bicho. Igual que Fernando Cruz ante el sexto, que paradójicamente fue bravo en el penco, pero era también otro cadáver semoviente, que recibió menos protestas que su hermano anterior por dos razones: 1) cansa predicar en el desierto; 2) el público se hartó y optó porque aquello fuese breve. Cruz había estado algo espesote y deslavazado en el otro de su lote, al que desaprovechó sus primeras embestidas alegres antes de amuermarse.
Lo mejor de Iván Vicente lo hizo Luis Carlos Aranda, digno sucesor de ese gran rehiletero y subalterno que fue su padre, Manolillo de Valencia, en el par citado a un toro que le esperó y con el que Aranda se lució dándole las ventajas, asomándose en el embroque, fundiéndose con él en un abrazo que era un monumento escultórico a la hora de clavar y saliendo andando como si ‘ná'.
Hombre, su jefe Vicente si floreó algo de la torería que lleva dentro ante el primero, con algunas fases de la faena de mucha plástica. Pero también con defectos posmodernos como el ventajismo y la escasa ligazón. A Vicente, frío y académico, le faltó pasión y arrebato. Parecía que ambos ingredientes los iba a solazar en este cuarto, pero la flojera del toro se lo impidió y la otra oportunidad se le fue al madrileño.
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