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Robleño se agiganta y Sergio apunta y Ramos mata
29/05/2006
Emilio Martínez
Toros de Dolores Aguirre. Con presencia y cuajo. Mansos, descastados y peligrosos en general. Justos de fuerzas. Segundo y quinto sospechosos de pitones. José Ignacio Ramos: ovación; silencio. Fernando Robleño: gran ovación con saludos en los dos. Sergio Martínez: silencio; palmas. Plaza de Las Ventas. 18ª de feria. Lleno. El subalterno Carlos Hombrados resultó cogido por el segundo sufriendo varias contusiones de pronóstico reservado.
Dolores Aguirre
ensució su curriculum táurico con un chafarrinón más de los que nos tiene acostumbrados en los últimos tiempos. Eso sí, sus morlacos, que desarrollaron sentido, aportaron un punto de emoción que justificó la tarde e hizo que la terna de modestos cumplieran sobradamente -a más de una figura, figurita y figurón me hubiera gustado verlos en semejante compromiso, pero ya se cuidan ellos de evitarlo-, cada uno a su forma y manera.
Ramos
como rey de espadas (en el primero),
Robleño
como rey de lidiadores justos y cabales (en ambos) y
Sergio
como rey del temple y la ligazón con ribeteos artísticos (en alguna fase del sexto).
Y es que el burgalés José Ignacio Ramos tiene acreditada su condición de matador de toros. Aunque banderilleó a sus dos enemigos con sobriedad y verdad y se peleó con ambos librando tarascadas sin ningún afán especial más allá de su eficiencia lidiadora, lo mejor fue el magnífico volapié marcando los tiempos y entrando recto y despacio con que despenó al que abrió función (eso sí, con el defecto posterior de perder la flámula tras el embroque).
Por su parte, ese pequeño (en altura) gran (en pundonor y acendrada torería) hombre que es Fernando Robleño, que utiliza igualmente engaños de su estatura, con lo que ni ventajista puede estar, taraceó sus dos actuaciones ante sus complicados enemigos plantándoles cara y mucho más. Por ejemplo, a base de pisar terrenos comprometidos y tragando más que una legión de hambrientos, extrayéndoles series 'arreunías' por ambos pitones que nos ponían un aguja en el esófago (por la opresión del miedo) a los parroquianos que lo contemplábamos.
Ora con la flámula en doble función de mando y caricia, ora embarcando con quietud y domeñándolos con gallardía para llevarlos lejos fundidos en la pañosa, ora con adornos y desplantes. Ora en el platillo, ora en tablas al final de ambos trasteos con el animal ya vencido tras el derroche de testosterona de Robleño. Otra lección de uno de los coletudos peor tratados por las empresas y que sigue en la balconada de la fiesta aguardando justicia. Si lo que cascabeleó Robleño a sus ásperos enemigos lo hace uno que yo me sé -por la mitad, y ante una corridita elegidita algunos cantaron su supermaestría y que había descubierto la tauromaquia- le caen sendas orejas. Pero, claro, era Robleño y no Ponce.
El tercer cumplidor fue Sergio Martínez, que nada pudo alborear ante el mansísimo tercero, que barbeó tablas de continuo buscando la paz de las dehesas. Pero el sexto le permitió mostrar algunos de sus credenciales: como el cite en la distancia ajusta y con el medio pecho, el temple, la rima de la ligazón de redondos y naturales en un rodalico de arena, los arrebujos artísticos y los monumentales pases de pecho siempre marcadísimos al hombro contrario…en lo poco que le duraron las fuerzas (al bicho). Pero también faltó (a Sergio) un punto de compulsiva pasión para levantar los ánimos y calar un pelín más en el cotarro.
En cualquier caso, se insiste: el de Albacete, como el de Burgos y el de San Fernando de Henares, cumplieron y justificaron una nueva presencia venteña. ¿La tendrán?. La respuesta está en el viento, que cantaba Dylan. O sea, en la empresa, que digo/escribo yo.
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