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Berlanga, pura historia
Ociocrítico 18/12/2003 En
el horizonte no hay playa y el sol se esfuerza en calentar la mañana de invierno
castellano. Las suaves ondulaciones del terreno se suceden sólo interrumpidas
por la hilera de chopos de algún pequeño cauce que se dirige, mansamente, hacia
el hermano mayor de las aguas de Soria, el Duero. El camino nos lleva de Medinaceli
a Almazán y de allí a Berlanga de Duero, a cuatro pasos de Burgo de Osma y de
San Esteban de Gormaz, tres localidades sorianas que merecen una visita aunque
sólo sea por el hecho de poder palpar, con todos los sentidos, los añejos perfiles
de la historia de España. El Berlanga, una localidad a orillas de la
R-166 que va de Almazán a Burgo de Osma, es un pequeño pueblo que conserva, prácticamente
intacta, su planta medieval. Sus perfiles urbanos conservan todo el sabor de la
tradición arquitectónica de la zona: piedra, adobe y teja de barro cocido. De
la paz y el ritmo de vida que allí se usan, pueden dar fe el hecho que, un sábado
cualquiera, a primera hora de la tarde, al sol de la plaza se solazan apenas dos
rapazuelos tras una pelota de goma. La calma es la bandera y el silencio recorre
en procesión los soportales haciendo estación en las viejas columnas de madera
que sostienen las galerías que se asoman a calles y plazas. Pero
la sorpresa mayor se la guarda Berlanga tras los poderosos muros de su colegiata.
Un templo construido a expensas de los Duque de Frías entre 1526 y 1530 sobre
ocho inmensas columnas que sostienen ricas bóvedas de crucería y que albergan
numerosas capillas e imágenes, además de un retablo mayor barroco que data de
1714. No menos poderosos son los muros del castillo de los Tovar, construido en
el siglo XV sobre lo que fuera una antigua fortaleza musulmana del siglo X de
la que no han quedado vestigios. Todo son sorpresas en esta villa, que
presume de haber tenido como primer alcalde nada menos que a Rodrigo Díaz de Vivar,
el renombrado Cid Campeador, y como hijo más ilustre a Fray Tomás de Berlanga,
quien fuera Obispo de Tierra Firme en América y a quien se atribuye el descubrimiento
de las islas Galápagos, frente a las costas de Perú. Haciendo centro de operaciones
en Berlanga, no se puede obviar una visita a Burgo de Osma, villa medieval que,
amparada por báculos y mitras, llegaría a convertirse en sede del episcopado de
la provincia. Sus orígenes están unidos a Uxama, una ciudad celtíbero-romana que
se asentó sobre un cerro próximo al actual emplazamiento urbano y defendido por
el trazado del río Ucero. Una calle mayor porticada, de inequívoco perfil
castellano, desemboca en una preciosa plaza irregular presidida por la catedral,
un impresionante templo en el que se funden, sin solución de continuidad, estilos
cronológicamente diferenciados: románico, gótico, barroco y neoclásico. Es ésta
una villa serena, acomodada y llena de establecimientos que ofrecen las exquisiteces
de la tierra: embutidos, setas, vinos, mermeladas en abundosidad notable que contrasta
con los perfiles austeros de su arquitectura. Añade a sus atractivos, precisamente
en este tiempo, las viandas derivadas de la matanza del cerdo que es aquí objeto
de culto gastronómico. 
Un poco más allá, en la carretera que lleva hasta Valladolid, la N-122, está San
Esteban de Gormaz, villa castellana desde 1060, año en el que Fernando I se la
arrebata al Califato de Córdoba. Poco después, en 1081, se levantó San Miguel,
una preciosa iglesia típicamente románica cuyo detalle más singular es la galería
porticada que recorre el exterior del lado meridional de la nave, creando una
tipología que se mantendrá en Castilla hasta bien entrado el siglo XVI. Sólo por
visitar este singular e histórico edificio, merece la pena una visita a la ciudad.
Hay otra iglesia románica en la villa, Nuestra Señora del Rivero, ésta del
siglo XII. Ambos edificios son los únicos templos en los que se pueden encontrar
en la decoración escultórica figuración humana ataviada a la moda islámica. Así
es Soria, así son sus tierras y sus pueblos, enigmáticos, sobrios, tal vez silenciosos.
Pero en sus campos, poblados de pinares o abiertos a los vientos mesetarios, reinan
los pinares sobre los invernales barbechos en los que germinan ya las primaverales
amapolas o las aromáticas especies del espliego, el tomillo o las salvias. Campos,
ríos, pueblos y ciudades que cautivaron a insignes poetas del pasado y que hoy
asombran a los viajeros que, huyendo del tumulto y los ruidos del mundo, se aventuran
en el sosiego de esta tierra que rezuma historia por los cuatro puntos cardinales.
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