| La magia de Menorca
Laureano SUÁREZ (Menorca) Uno
llega desde el cielo y, allá abajo, aparece una tierra plana y ocre que verdea,
mudando su color predominante, cuando el año barrunta ya la primavera o el otoño.
La mar espumea contra la oscura línea de la costa pespunteada por breves y desperdigadas
manchas doradas. Es Menorca, la más oriental de las Baleares y tal vez por ello
la más misteriosa. Menorca es hoy un paraíso turístico, una de esas
rarezas que surgen, de cuando en vez, para contradecir el pensamiento dominante.
Si las Baleares son el primer baluarte del turismo español en número de visitantes,
en Menorca, hay numerus clausus. Si sus hermanas Mallorca e Ibiza pertenecen
a las crestas sumergidas de la Bética, ella es parte de tierras de raíz catalana.
Si Mallorca muestra orgullosa cordilleras que blanquean en invierno e Ibiza presume
de las redondeces de sus colinas, ella se achaparra de tal modo que apenas un
montículo, el monte Toro, aparece como una cumbre desafiante, llena, eso sí, de
cuevas y pasadizos horadados por la imaginación. Menorca
es distinta. Es ventosa, plana, austera, misteriosa. En sus cuevas, en sus piedras,
en los refugios naturales de su rocosa costa, se acurrucan historias de piratas,
de fantasmas, de ciclópeos gigantes, de horripilantes brujas o de pozos sin fondo
que conducen directamente al infierno. Nadie diría que esta isla despaciosa
que tiene como estandarte la calma y que de ella hace su principal valor para
el visitante, este territorio escaso y humilde, festoneado por pequeñas y hermosísimas
calas de aguas transparentes, tenga ese fondo atormentado, tempestuoso, que pervive,
a lo largo de los siglos, en mitos y leyendas. Aún el hombre no volaba
y ya las hogueras que alumbraban las noches menorquinas encendieron los primeros
temores. Marinos fenicios asociaban aquellos fuegos, que parecían encendidos sobre
las propias aguas, a encantamientos o aquelarres, vistiendo con esos ropajes míticos
el simple temor a lo desconocido. Tal vez su situación, la más avanzada
hacia el oeste de los territorios Baleares; tal vez su orografía costera, con
abrigos naturales propicios a las guaridas; tal vez su proximidad a Cerdeña o
a las costas catalanas; su posición de vigía sobre la cercana Mallorca o la facilidad
de movimientos sobre sus tierras llanas, hicieran que ya desde la prehistoria
los pueblos mediterráneos eligieran este pequeño paraíso como centro de operaciones
o, simplemente, como lugar de encuentros místicos. Noticia
de aquellos tiempos dan todavía hoy los monumentos megalíticos expuestos, con
una simpleza apabullante, a la vista de los caminantes después de miles de años
de silenciosa existencia. Sobre esas piedras sopla, con rachas de rabia, la Tramuntana,
el viento que dobla árboles y metamorfosea hechos en leyendas. Y no pocas son
las que perviven en la memoria de los menorquines. Territorio disputado
por fenicios, romanos, griegos, turcos, españoles, ingleses y franceses además
de por piratas de todas las raleas, Menorca atesora, en la hipnótica calma de
sus gentes y de su mar, historias -hijas de tanto conflicto- que, de ser ciertas,
espantan. Espanta que al pozo de Na Patarra se le adjudique nada menos
que la entrada a los infiernos. Medio cegado por piedras y escombros, se dice
que alcanzó los 64 metros de profundidad y que puede tener hasta 368 escalones.
Se cuentan hoy 137. Al descender, la temperatura aumenta y las goteantes paredes
agobian la respiración de modo que, en efecto, el audaz visitante tiene la sensación
de bajar al averno. |