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El
Nazareno en La Palanca
Julián BILBAO (Bilbao)
Tiene
el Nazareno de la Quinta Parroquia
las espinas tremendamente ahondadas.
Mezcla la sangre con lágrimas
y mira "como sólo Dios sabe mirar"
La procesión del Lunes Santo en la capital
vizcaína siempre viene marcada por el paso
del Nazareno. Lejos de recorrer las zonas
relajadas de cada ciudad, Jesús visita siempre,
cada Lunes de la Santa Semana, el barrio
más conflictivo de Bilbao. Su calle principal
tiene como nombre "Cortes Españolas",
las Cortes, pero todos conocen esa parte
del "botxo" como "La Palanca".
En otras épocas era un barrio chino de tronío.
Torero, valiente, con putas y macarras,
como mandaban los cánones. Llegó otra época,
con la droga como desgraciada protagonista
y La Palanca se fue hundiendo. Llegaron
camellos, hombres y mujeres que ya no practicaban
el sexo sólo y exclusivamente por necesidad,
para vivir. Era, es, para droga. Y allí
quedan jeringuillas, decenas de muertos
y "traficas permanentes" que han
destrozado una -por lo menos- clásica zona
de la Villa de Don Diego.
El
Nazareno, sin embargo, acude -puntualmente-
a su cita anual. El Lunes Santo se convierte
en el gran protagonista del barrio chino
de Bilbao. Cierran bares y establecimientos.
Se levantan persianas de cuartos oscuros,
que tantos suspiros han acogido de por vida.
Travestis, fulanas, cientos de personas
que -algunas de ellas- únicamente visitan
Las Cortes en Semana Santa, se agolpan en
calles tan estrechas, aquellas en las que
únicamente la fe hace más anchas, para que
"todo el mundo entre".
En los diminutos balcones, saetas. Travestis
con voz ronca. Putas de siempre con mayor,
todavía, potencia de voz. Silencio sepulcral.
Pasa El Nazareno. Es el único momento del
año en el que -en La Palanca- todos suspiran
por un milagro que cambie un rumbo, el rumbo
de una vida que nadie recuerda cómo empezó
y nos "llevó hacia este lado de la frustración".
Se va El Nazareno.
Abren los bares. Vuelven los chisteos y
se afilan las jeringuillas que tantas vidas
y venas destrozan. El milagro no existe,
pero milagroso será que "podamos volver
a llorarle el próximo año". Las lágrimas,
al menos, "son testigos presenciales
de vida". No puedo cantar ni quiero...
Un Lunes Santo, en Las Cortes, de Bilbao.
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