Polonia, entre la esperanza y el recelo

Ociocrítico (Madrid)

Polonia es el mayor de cuantos Estados ingresan el 1 de mayo en la UE. Es, por tanto, el mayor reto político y económico de la ampliación. Aún en transición desde el colapso comunista y enfrascada en una crisis gubernamental de inciertas consecuencias, la sociedad polaca se divide entre la promesa de las ayudas comunitarias y los recelos hacia las exportaciones agrarias e industriales del oeste.

Con 38,6 millones de habitantes, el milenario Estado polaco, tierra del astrónomo Copérnico (en la imagen), el compositor Fryderyk Chopin, la científica Marie Curie o el cineasta Krystof Kieslowski, suma más población que los otros nueve países adherentes juntos. En cambio, su Producto Interior Bruto (PIB) apenas supone el 30 por ciento del de España, el Estado miembro a cuya talla más se asemeja, mientras que la renta de su población oscila en torno al 40 por ciento de la media europea.

Geográficamente, le corresponde un papel de llave del reino en la nueva Unión. Con la excepción de Alemania, y de los también adherentes República Checa y Eslovaquia, al oeste, y Lituania, al este, las fronteras polacas constituyen parte de la línea de demarcación de los territorios bárbaros para la UE ampliada: el enclave ruso de Kaliningrado; Ucrania y Bielorrusia.

El problema de la emigración

Polonia se presenta, por tanto, como la plataforma de salida para la temida ola de inmigrantes del Este hacia Occidente. La Comisión Europea desmiente la amenaza, pero no convence a los gobiernos europeos: Alemania y Austria han optado por suspender la libre circulación desde Polonia durante siete años, Francia durante cinco, Reino Unido y España durante dos.

El paisaje y paisanaje del país sigue marcado por lo agrícola. Los cultivos emplean a una quinta parte de la población y ocupan el 60 por ciento del territorio nacional. Pero su aportación a la riqueza general es marginal y declinante: apenas el 5 por ciento del PIB.

Europa no aparece como solución. Los campesinos polacos temen que las duras regulaciones de la Política Agraria Común (PAC) y la competencia francesa o española aceleren el deterioro del sector y no cuentan con las mermadas ayudas que recibirán en los primeros años, por lo que abonan con sus críticas el euroescepticismo de partidos como el populista Somoobrona (Autodefensa). En este contexto se enmarca la reciente decisión de Varsovia de elevar el IVA a los productos de la huerta mediterránea, para irritación de los productores del Levante español.

Cómo afecta a España

El sector privado en conjunto, que aporta ya el 70 por ciento del PIB, también siente la amenaza de la competencia europea, pero podría beneficiarse de las mudanzas industriales en busca de mano de obra asequible. El doble efecto puede constatarse desde España, donde la asociación de fabricantes de maquinaria apuesta por Polonia como nuevo destino de exportaciones (Informe de Coyuntura y Perspectivas de 2004), mientras que Valeo ya ha trasladado parte de su producción al nuevo socio.

Con este telón de fondo económico, el proyecto político europeo no suscita el entusiasmo del común de la sociedad polaca. La única ventaja indiscutible que les presenta la adhesión son los fondos estructurales. Polonia está llamada a reemplazar a España como primera receptora de ayudas.

Pero los techos de subvención impuestos a los países adherentes en los primeros años de ampliación y el incipiente debate sobre la continuidad de estas ayudas han ensombrecido la perspectiva. Aun así, el país recibirá casi 8.300 millones de fondos estructurales y 4.200 millones de cohesión en los primeros tres años de su pertenencia a la UE.

Americanismo

Paralelamente, la memoria histórica polaca desprecia a Bruselas y presenta a Washington como banderín de enganche hacia la modernidad. En el último siglo, Estados Unidos devolvió por dos veces a Polonia su integridad territorial, tras la I y II Guerra Mundial, y agrandó su prestigio entre la población polaca tras el fin de la guerra fría.

Los recelos seculares contra Alemania, extendidos ahora a la reactivada asociación entre Berlín y París, refuerzan esta visión y explican en parte la férrea actitud polaca en las negociaciones de adhesión a la UE (en 2002 llegó a bloquear el acuerdo definitivo por un fleco en el volumen de ayudas europeas) así como en el posterior proceso constitucional.

Durante el segundo semestre de 2003, Polonia bloqueó la Conferencia Intergubernamental (CIG) donde se negocia la primera Constitución europea, al exigir, junto al Gobierno español, la cuota de poder obtenida en el Tratado de Niza, frente al criterio demográfico previsto en el borrador, beneficioso para Alemania y, en menor medida, al resto de países grandes.

"Prefiero ser el caballo de Troya de Estados Unidos que el asno de la UE", llegó a afirmar el presidente polaco Alexander Kwanieski (en la fotografía). "Niza o muerte", ratificó el líder de la oposición liberal, Jan Rokita, en la fase más tensa de la CIG, que entró en crisis en la cumbre de Bruselas del pasado diciembre.

Sin embargo, el muro polaco ha mostrado sus primeras grietas. El cambio político en España y sus presumibles consecuencias en la CIG han dejado a Varsovia ante la perspectiva de un poco asumible bloqueo en solitario de la Constitución y el ministro de Exteriores polaco, Wlodzimierz Cimoszewicz, ya ha corregido el tiro al admitir que Polonia "no excluye" un acuerdo basado en la fórmula de doble mayoría de Estados y población propuesta por la Convención.

Crisis interna

Además, la profunda crisis política doméstica no propicia, por el momento, posiciones intransigentes. Tras cargar con las culpas de las corruptelas denunciadas por el Parlamento Europeo o la organización Transparencia Internacional, el todavía primer ministro polaco, Leszek Miller, ha anunciado su renuncia para el día siguiente de la ceremonia de adhesión, es decir, el 2 de mayo.

Kwasniewski ha designado sucesor a un economista liberal y pragmático, Marek Belka. Pero la apuesta dista de estar ganada. El nombramiento de Belka precisa el respaldo mayoritario de la Asamblea Nacional, que se pronunciará el próximo 16 de mayo en un clima de fragmentación por el cisma en la gubernamental Alianza de la Izquierda Democrática (SLD).

El gran beneficiado de una hipotética convocatoria electoral, esperada entorno al 20 de agosto, podría ser el partido Somoobrona y su líder, el campesino radical, Andrzej Lepper. Su discurso populista y antieuropeo le ha valido el 19 por ciento de la intención de voto, aún detrás de la liberal Plataforma Democrática (26 por ciento), pero ya por encima del decadente SLD (17 por ciento).

La actitud de Varsovia ante la fase final de las negociaciones parece por tanto ligada al color político del poder. No obstante, fuentes de la UE confían en que Polonia, autora junto a Lituania de la primera constitución escrita en Europa en 1791, no sea un obstáculo insalvable en la inminente fase final de la CIG que prepara la presidencia irlandesa.

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