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Con
pan e viño, ándase o camiño
Rosa YOESTE/Ociocrítoco
Los efluvios de o mellor viño da terra
tardan en pasar, y ojalá no pasaran, tras
la fiesta del Albariño, en Cambados. "Con
pan e viño, ándase o camiño", recuerda
la sabiduría popular. Y todos los primeros
domingos de agosto Cambados entero pone
en práctica el refrán. Esta localidad pontevedresa,
cuna del "príncipe dorado de los vinos",
como lo bautizó el mismísimo Álvaro Cunqueiro
(que además de gallego de pro y gran fabulador
era un inmenso experto gastrónomo), florece
cuando de exaltar a su hijo más conocido
se trata, el ojito derecho de la Denominación
de Origen Rías Baixas.
Y
la exaltación tiene mucho de vitivinícola,
de enológico pero también de floclórico,
de festivo y, por qué no decirlo, de comercial.
Muchos dicen que el Albariño es el mejor
vino blanco sin crianza del mundo. Debe
de serlo, cuando da trabajo a trece bodegas
y cuando sus exportaciones crecen a un ritmo
que deja en pañales a las de cualquier otro
caldo producido en España. La Festa do
Viño Albariño es la segunda fiesta del
vino más antigua del país, después de la
de Jerez, pero el caldo en sí tiene mucha
más solera: se sabe traído de las frías
tierras del Rhin, allá por el siglo XII,
por los monjes de la orden del Cister de
Cluny.
Si esos monjes supieran hoy a qué ha dado
lugar sus cepas, se harían cruces. Cambados,
que para esas fechas estivales ya está siempre
repleto de turistas, luce sus mejores galas,
saca a la calle sus mejores grupos folclóricos,
monta una enorme carpa en el centro del
pueblo y ofrece a propios y extraños las
mejores delicias de la tierra. En esa carpa
cualquiera puede probar, comparar y adquirir
los albariños disponibles, que los festejos
no están reñidos con el negocio.
Dicen
que Martín Códax es el mejor, pero
no le anda a la zaga Condes de Albarei.
Sin embargo, es bueno no perderse en las
grandes bodegas y explorar entre los caldos
de autor o las producciones de menor volumen,
como la de Pazo San Mauro, que, pese
a su limitada producción, ha ganado este
año la medalla de oro al mejor albariño
de 2004. Cualquiera de ellos merece la pena.
Hoy, el albariño es "o rei das mellores
mesas do mundo", como no se cansan de
repetir bodegueros, viticultores y caballeros
de la orden del Albariño, quienes transpiran
orgullo por todos los poros de su piel desde
que los príncipes de Asturias eligieron
este caldo para el banquete de su boda.
El propio Felipe de Borbón es miembro
de esta orden.
Degustaciones para todos
En
la carpa y las casetas aledañas, montadas
a la sombra de castaños y palmeras, se puede
degustar el vino por copas, por medias botellas
o por botellas; perderse en su aroma limpio
y brillante, en sus tonos amarillo pajizo
con destellos verdosos, en sus aromas herbáceos
y frutales... Los precios no son populares
pero sí asequibles. Y se puede bajar el
vino con lo mejor de la gastronomía gallega:
mariscos de todo tipo, desde cigalas hasta
centollos o bueyes de mar, empanadas, arroces
con bogavante, el ubicuo pulpo a feira...
En
la trastienda de las celebraciones, empero,
continúa el trabajo de promoción y mejora
del vino. Los miembros de la Orden del Albariño
pasan dos días enteros celebrando catas,
probando el resultado de un año de esfuerzos
y denuedos, para luego decidir cuál es el
mejor vino. Después se reúnen en solemne
capítulo para investir a los nuevos caballeros
de la orden y premiar los mejores trabajos
en el seno del Consejo Regulador de este
caldo. Y, finalmente, celebran o xantar
do Albariño, que congrega a cientos
de personas, encabezadas por el Gran Maestre
de la Orden, el presidente gallego, Manuel
Fraga, para celebrar un año de buena
cosecha y mejor producción.
Para
el visitante, ese día es el más festivo:
los caballeros de la orden desfilan, capa
al hombro y medallas al pecho, por todo
el pueblo, rodeados de gaitas y pandeiros,
de danzas, música y cintas de colores, para
luego entregarse a una degustación de lo
más tradicional de la gastronomía gallega.
Hay quien está invitado, pero también se
puede asistir, previo pago de unos 50 euros.
A cambio, albariños varios, empanadas varias
(también con masa de maíz, que es una lástima
que no sea tan fácil de encontrar), pulpo,
vieiras, carne asada, tarta de Santiago,
aguardientes y orujos... ¿A quién puede
sorprender que el Gran Maestre Fraga se
emocione se emocione hasta rozar las lágrimas,
en su discurso de confraternidad, al desgranar
las bondades de "este froito da terra,
este fillo das súas entrañas" que es
el Albariño?
Las tentaciones de Jesucristo
Ahora bien, el xantar, como dicen
por esas latitudes, no siempre es lo más
importante. Cambados es tierra de leyendas,
como cualquier rincón de Galicia. "Todo
esto te daré, menos Cambados, Fefiñanes
y Santo Tomé", cuentan que dijo el demonio
a Jesucristo para tentarle. Hoy en día,
la tentación va más allá: la localidad se
ha convertido en un magnífico ejemplo de
arquitectura señorial, como lo prueban el
pazo de Fefiñanes, el de Bazán, la Torre
de San Sadurnino o el palacio de Figueroa.
Sus calles empedradas, sus casas de piedra
habituadas al dulce lamer de la lluvia,
su mercado repleto de peixes, mariscos
e brona (pan típico de maíz), su exuberante
paisaje tomado por las viñas y las cepas,
las verdes riberas del Umia... todo invita
a dejarse llevar por calles y caminos, sea
la época que sea, celébrese la fiesta que
se celebre. Porque en toda la zona se rinde
culto al marisco y la gastronomía. Si no
es la fiesta del albariño es la de la ostra,
en la cercana playa de La Lanzada una semana
después, o la de exaltación de la vieira,
de nuevo en Cambados dos semanas después,
o la de los callos, en Mosteiro a mediados
de julio, o la del marisco, en O Grove a
primeros de octubre... Siempre hay una excusa
para volver.
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