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¿Podrá
China con las próximas olimpiadas?
Fernando JÁUREGUI (Pekín)
Al turista, en China, lo atiborran con
el entusiasmo que se puede percibir en las
publicaciones oficiales -ah, pero ¿hay otras?-
en inglés gracias al medallero olímpico
que el país va consiguiendo. Al fin por
delante de los Estados Unidos. Lo que el
viajero a China -y por cierto, los españoles
que han acudido este agosto a esta lejana
nación oriental se cuentan por miles- también
percibe es que faltan infraestructuras y
preparación para albergar los próximos juegos
olímpicos de 2008, así como la exposición
universal de Shanghai en 2010. Mucho rascacielos,
pero demasiadas chabolas; mucha actividad,
pero poca infraestructura turística digna
de tal nombre; mucho dinamismo, pero pocos
chinos con responsabilidades que hablen
inglés.
Y,
sin embargo, China no sólo pretende copar
el oro, la plata y el bronce en estas olimpìadas
de Grecia, sino que se ha lanzado ya a preparar
los próximos juegos olímpicos. Carecen aún
de mascota, de comité organizador al completo,
de algunos estadios y estudios imprescindibles.
Pero, tal y como va el país, a toda velocidad,
puede usted apostar por que todo estará
listo para cuando, a comienzos del verano
de 2008, el comité olímpico acuda a Beijing
para comprobar si todo se halla en orden.
Y es que China corre como un caballo desbocado.
La vista aérea de Shanghai lo prueba: desde
la impresionante torre Jin Mao hasta la
ambiciosa torre de comunicaciones hablan
de la decisión de convertir a la ciudad
en un nuevo y más gigantesco aún Manhattan.
No en vano la ciudad, más o menos como Pekín,
cuenta con casi catorce millones de habitantes.
La propia capital ha experimentado una profunda
transformación en los últimos cinco años:
las altísimas grúas se ven por doquier,
y la imaginación de los arquitectos más
futuristas encuentra donde desarrollarse
a gusto. Barrios tradicionales que los guías
enseñaban como típicos hace tres años han
desaparecido aplastados por el hormigón.
No en vano China, que crece más de un once
por ciento cada año pese a los esfuerzos
que oficialmente se realizan por enfriar
la economía, sigue siendo el primer importador
del acero y el cemento que produce ese mismo
occidente que reclama que el gigante asiático
modere su ritmo de crecimiento.
Jóvenes por doquier
Y si el paisaje urbano crece en las grandes
ciudades, cada vez más divorciadas por su
tasa de riqueza del campo y del comunismo
que oficialmente impera --sólo, por supuesto,
en la teoría; exclusivamente en lo que se
refiere a la falta de libertades democráticas,
que no económicas--, el paisaje humano se
rejuvenece. Resulta difícil ver por las
calles a personas que aparenten más de cincuenta
años. Y ello, pese a que se mantiene la
inhumana prohibición de que las parejas
puedan tener más de un hijo. Como ocurre
en toda dictadura, la prohibición se relaja
al llegar a la calle: las niñas, poco queridas
en una sociedad aún esencialmente agrícola,
son entregadas por miles a los extranjeros
occidentales -seis mil norteamericanos el
último año, puede que casi dos mil españoles-
que quieren adoptarlas.
Sí,
hay mucho potencial humano en China, pese
a todo. Y los chinos, haciendo honor al
tópico, trabajan a destajo: apenas hay horarios
comerciales y las jornadas se prolongan
desde las seis de la mañana, cuando comienzan
las sesiones masivas de tai chi y la gimnasia
en los parques, hasta pasadas las nueve
de la noche. La actividad es constante,
los salarios bajísimos y las protestas sindicales,
nulas. Los chinos están encantados porque
ahora pueden pensar en tener coche privado
y apartamento propio. Eso sí, los precios
son bajos: almorzar en un restaurante puede
costar el equivalente a cinco euros (sin
vino, por supuesto; China no es, pese a
tener una cierta producción, país de costumbres
vinícolas) y una carrera de taxi que en
Madrid costaría siete euros, en Shanghai
o Beijing (no digamos ya en otras ciudades
menores) no pasará de un euro. El vestido
--las famosas falsificaciones de la llamada
calle de la seda pequinesa, por ejemplo--
no pasa de costar menos de un veinte por
ciento de lo que se pagaría en una tienda
madrileña o parisina por artículos de calidad
no demasiado superior.
¿Mao? ¿Qué Mao?
Por
ello, China es un paraíso para el turista
que llega rebosante de dólares o euros listos
para ser cambiados por yuanes. La corrupción
es mínima, la seguridad máxima, los paisajes
absolutamente novedosos y las gentes, contra
lo que tradicionalmente se cree, bastante
hospitalarias. No resulta extraño que el
turista español medio haya empezado, harto
de playas aglomeradas y de precios abusivos
en los chiringuitos, a volver la vista hacia
este tipo de turismo cultural. Porque cultura
es adentrarse, aunque sea a matacaballo,
en la historia, la religión, el arte, la
arquitectura, la música, la economía, la
teconología, el comercio y la política chinos.
Claro que la cosa no deja de tener inconvenientes:
resulta, por ejemplo, poco recomendable,
si lo que se pretende es simplemente hacer
turismo, acudir a China en un viaje de carácter
individual; lo más práctico, si no se conoce
el país ni el idioma, es acudir a algún
tour organizado, que suelen tener
guías conocedores de los lugares a visitar.
Además, no se logran fácilmente permisos
para recorrer el país por libre.
Marco Polo, en estos tiempos, sería
un turista más, cámara en mano, en la plaza
de Tiananmen, haciendo cola para ver el
mausoleo de Mao -enterrado y bien entrerrado,
por lo demás, en la conciencia de los chinos
con cierto nivel cultural-.
Y es que China se ha convertido en una sociedad
dedicada a copiar lo más miméticamente posible
aquel capitalismo que la revolución cultural
se empeñó en erradicar. Eso sí, enseñando
el muñeco de un comunismo que, simplemente,
ya no existe en lo económico, y sí en su
peor faceta, la falta de libertad. Pero
a la gente se le nota que vive mejor --
el abastecimiento de alimentos es completo,
el turismo interior pujante, las demoras
para la entrega de automóviles privados
eternas -- y las peores costumbres alimenticias
occidentales --en China usted no tendrá
problemas con las comidas tradicionales--
están haciendo que los niños de las ciudades,
tradicionalmente delgados, empiecen a asemejarse,
en las tasas de obesidad, a sus coetáneos
norteamericanos o alemanes. O españoles.
Sí,
China está haciendo un enorme esfuerzo por
occidentalizarse. Pierde con ello mucha
de su idiosincrasia, buena parte de su encanto.
Pero quizá es inevitable. Ese gigante chino
que algunos quisieran dormido para siempre
se ha despertado ya hace tiempo. Casi mil
cuatrocientos millones de chinos, el setenta
por ciento, parece --no hay que fiarse de
las estadísticas en este país--, menores
de cuarenta años, enfrentan el futuro. Aunque
algunos países, como España, se empeñen
en no enterarse del todo de las posibilidades
comerciales y económicas que esta nación
llena de contrastes, con diferencias abismales
entre pobres y ricos, ofrece. Ya digo: miles
de españoles, sin embargo, consumen ahora
sus vacaciones en estas lejanas tierras,
orientados por emprendedores turísticos
y por personas individuales que, como el
guía Pedro Ceinos --www.chinaviva.com--,
se han enamorado de la China milenaria y
vanguardista, rural y urbana, tradicional
y rupturista, laica y religiosa.
Qué duda cabe de que quien haya conocido
este año por primera vez esta China contradictoria
se llevará una sorpresa si acude de nuevo
a este país cuando, dentro de cuatro años,
se inauguren otros Juegos Olímpicos. Muchas
cosas más se habrán deribado y muchas otras
se habrán construído para entonces. La velocidad
es imparable.
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