Berlín, quince años después del muro

Paco VILARIÑO (texto y fotos)/Ociocrítico (Berlín)

Reino del ladrillo, del acero y del cristal, paraíso de constructores de todo tipo, Berlín apabulla con su arquitectura y con su oferta cultural. Ciudad llana, de amplias calles y avenidas, con una ingente cantidad de arbolado en las aceras y llena de parques, su urbanismo, como la risa, va por barrios. Las distancias enormes (cualquier sitio berlinés está 2,75 veces más lejos que su homólogo madrileño; 4,01 de Barcelona y 5,16 de Sevilla) logran que el continuo urbano sea una almazuela, una serie de retazos, unidos, eso sí, por una de las mejores redes combinadas de transportes urbanos que le es dado utilizar al viajero: autobuses, tranvías, metro y ferrocarril suburbano ponen los destinos a un máximo de 25 minutos desde cualquier punto de salida. Para los defensores del transporte público, una auténtica gozada.


No queda más remedio que reconocer que hay muchos Berlines, pero todos están en éste. El Berlín canalla, efectivamente existe, pero cuesta mucho encontrarlo y, me temo, que la historia de cabarets y antros más o menos dudosos, haya que parangonarla con antros similares existentes en Madrid o Sevilla, para consumo de turistas gregarios -en algunos casos-o de turistas más selectos -en los otros--, aunque ambas categorías de visitantes acaben mordiendo el cebo.

Por amor al MOMA


Como mordieron cebo y anzuelo los 900.000 visitantes que, desde el 20 de febrero pasado, hasta hoy mismo, han sufrido colas de más de tres horas para poder degustar (12 euros mediante) las maravillas que el MOMA neoyorquino ha prestado a la Neue Nationalgalerie para su exhibición hasta el próximo 19 de septiembre. Durante el mes de agosto, la muestra permanece doce horas abierta (de 8 a 20). Los más avispados recalan sobre las cinco de la mañana (le ocurrió al cronista), provistos de sillas plegables, cestas con comida y bebida e, incluso, alguna manta. A las ocho de la mañana, con puntualidad y orden germánicos, se abren las puertas del museo y, ¡hala!, a ver lo más granado de la colección neoyorquina: Picasso, Matisse, Modigliani, Braque, Paul Klee, tres espléndidos Mirós, una maravillosa escultura de Calder, Juan Gris, tres antológicos Rothko... Un placer para la vista. Claro que el trámite se sustancia en unos 90 minutos, justamente la mitad del tiempo invertido en hacer cola.

Flick hace Flock


Nos hemos quedado con las ganas de ver la gran colección de arte moderno que existe en la Hamburguer Bahnof. El museo se encuentra cerrado porque en él se está montando (abre el próximo 22 de septiembre) la exhibición de una buena parte de la fastuosa colección de arte de herr Christian Flick, el industrial alemán que puso sus empresas al servicio de los nazis ya emergidos e instalados en el poder. Tal fue su colaboración en lo que eufemísticamente se llamaba el esfuerzo de guerra, que en los juicios de Nüremberg los tribunales aliados le sentenciaron a siete años de prisión. La familia del prohombre, allá por los años 60, a través de alguna de sus muchas fundaciones, se quiso congraciar con el SPD del Bundeskanzler Willy Brandt. Y crecidas sumas pasaron a las arcas socialdemócratas, eso sí, dentro de la legalidad germana, no demasiado escrupulosa en materia de financiación de los partidos políticos. Unos cuantos cientos de miles de marcos (la penitencia autoimpuesta por los Flick se prolongó en el tiempo) acabaron recalando en la caja del partido ahijado, el PSOE, tras recorrer un sinuoso camino de fundaciones que donaban a fundaciones para que éstas hicieran llegar el dinero a otras fundaciones. De los años negros del felipato, todavía se recuerda la frase de González negando estas ayudas: "Ni Flick ni Flock".

Bueno, pues ahora los Flick hacen Flock. La opinión pública alemana es muy crítica con la procedencia de las principales piezas, adquiridas muchas de ellas a partir de 1938, ya que el difunto Grossvater Flick, no demostró demasiada honradez a la hora de ir engrosando su importante colección artística. Pero aún y así, la Hamburguer Bahnof, abrirá sus puertas el 22 de septiembre con las joyas de la Flick Kolletion.

El negocio del Muro


Turistas de medio mundo, aparte de los cientos de miles de alemanes que visitan su capital con la misma alegría que, en las épocas zarzueleras, los isidros subían a los fastos de la Villa y Corte, hacen el recorrido completo (¡¡y han pasado casi 15 años!!) de una gran parte del perímetro del muro. Quizá omitan la visita a muchos de los 150 museos y galerías (públicos o privados) existentes en el área del Gran Berlín, pero el acercarse al Checkpoint Charlie de la Fiedrichstrasse es casi una obligación. Y el visitante rinde tributo no sólo a una parte sombría de la Historia europea, sino al negociete que, en forma de cutremuseo, han montado unos avispados berlineses. Unos bajos y el primer piso del edificio del número 45 de esa calle, acogen mediante paneles, fotografías y heterogéneos objetos, la historia del Muro, levantado en 1961 por el régimen de la República Democrática Alemana y derribado en 1989 por la fuerza pacífica de los ciudadanos. La entrada cuesta 9,50 euros por persona, compras en la tienda y en los puestos callejeros aparte.

Baño de masas sedientas


El buen orden ciudadano, que dicen que es una característica alemana, tiene dos excepciones. La primera, en forma de mercadillos de feria (agobiante el que se montó al lado del Europa Center de la Tautzienstrasse, a la vera de la Ku' Damm, entre el 13 y el 15 de agosto) que alternan puestos de comidas y bebidas con los de toda suerte de baratijas procedentes de los cuatro puntos cardinales. Y la segunda de ellas, las chorrocientas mil terrazas, amén de kioskos, de bebidas que inundan las plazas y aceras (afortunadamente amplias) de lo que es el centro -enorme-de Berlín. Viendo a propios y foráneos (uniformados con las inevitables camisetas y pantalones piratas, tanto ellas como ellos) consumir cervezas a caño libre, apretujados cual ovejas trashumantes del Honrado Concejo de la Mesta, uno llega a añorar los apretujones que se producen en las Siete Calles bilbaínas a la hora de ir en busca del pincho o de la tapa. Porque en Berlín se bebe, y se bebe mucho (cerveza, preferentemente, pero también unos deliciosos vinos blancos del Rin y de Franconia, y el refresco local por excelencia: el apfelschorle, que es una mezcla de un 40% de zumo de manzana y un 60% de agua mineral con gas); mas en Berlín no se come al mismo tiempo que se bebe. ¿Pasan hambre los berlineses? Nein. No. Simplemente, se van a cualquiera de los puestos callejeros de comidas (básicamente salchichas) y se zampan las que haga falta. Eso sí, cada cosa a su tiempo... Primero comen y luego beben. O viceversa.

Berlín ¿parque temático?


La capital alemana es el sueño de cualquier urbanista a la violeta. La atormentada historia europea dejó su impronta de destrucción en la que fuera capital del III Reich. Caído el muro, reunificada Alemania, tanto el Gobierno federal como el del land (recordemos que Berlín es ciudad autónoma, por poner un símil español) decidieron tirarse a la piscina de la modernidad. Tres lustros después, el resultado es apabullante. Los mejores arquitectos del mundo (al menos los más nombrados, sino los mejores) tienen obra "expuesta" en las principales calles y plazas, especialmente las del antiguo Berlín oriental, ya que la degradación sufrida durante el régimen comunista, ha permitido la demolición de muchas de las horribles edificaciones existentes.

Moneo, Foster, Libeskind, Pei, Gehry, Isozaki, Ungers, Renzo Piano, Kollhoff, Aldo Rossi, Jahn, Gaggenau... el Gotha de la arquitectura mundial... Las nuevas estrellas del firmamento berlinés. Porque la ciudad es muy agradecida como materia de creación/manipulación urbanística. Hoteles, edificios de oficinas, viviendas, ministerios, embajadas, estaciones de metro y de ferrocarril, nuevos bulevares... Productos de la escuadra y del cartabón, o del CAD-CAM (que es su actual versión informática). Y lo que no se construye, se rehabilita con mejor o peor fortuna.

Si la oferta museística de la capital federal es inmejorable, la arquitectónica lo es aún más, si cabe. Todo el urbanismo del siglo XX está en Berlín. Toda la arquitectura de los últimos 300 años está dentro del municipio. Toda la arquitectura del siglo XXI se está levantando ahora. ¿Berlín parque temático de arquitectura? Posiblemente sí, al menos si nos guiamos por el interés que demuestran miles y miles de sus visitantes. ¿Bueno? ¿Regular? ¿Malo? El cronista ni sabe, ni quiere contestar. Porque la ciudad, monumental, kolossal, apabullante en suma, sigue siendo espacio de habitación, de ocio y de negocio, de convivencia.

Y como esto es una postal: Gruss aus Berlin. Saludos desde Berlín.