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Guía
práctica del peregrino en Roma
A. MARTÍN LARIOS (Madrid)
Llegarán por tierra, mar y aire. Roma afronta
en estos días la mayor 'invasión' de su historia:
la Ciudad Eterna ultima los preparativos para
acoger a los más de cuatro millones de personas
que la convertirán, ahora más que nunca, en el
mayor centro de peregrinaje con motivo del que
se espera que sea el funeral más multitudinario
de la Historia.
Acostumbrada
como está a albergar grandes eventos -no hace
falta fijar la vista muy atrás para rememorar
la firma de la Carta Magna europea, que reunió
a 25 jefes de Estado y de Gobierno de la Unión
Europea-, la capital italiana despliega en estos
días un amplio dispositivo logístico y de seguridad
para afrontar uno de los mayores retos asumidos
hasta ahora: dar cabida a una multitud capitaneada
por italianos, polacos y españoles. Las posibilidades
de acudir a este momento histórico para quienes
deseen ser testigo de él disminuyen cada minuto
que pasa. No obstante, aquellos que no resignen
a contemplarlo únicamente a través de la televisión
todavía pueden intentar presenciarlo siguiendo
nuestros consejos.
Por tierra, mar y aire
La primera de las dificultades a las que se deberá
enfrentar el peregrino será la de encontrar un
medio de transporte, tarea nada fácil desde que
se anunciara la inminente muerte del Pontífice.
El avión, la más rápida y cómoda de las opciones,
constituye la más demandada por los fieles, una
situación que se ha reflejado en un considerable
aumento de los precios, ya de por sí elevados,
para acceder a la ciudad capitolina.
Unos 180 euros están alcanzando los billetes
de ida en las compañías low cost, como Ryan
Air, que despegan de Girona y Valencia y aterrizan
en el aeropuerto de Ciampino, mal comunicado con
el centro de la ciudad. La opción más fácil y
cómoda, sin duda, es aterrizar en el aeropuerto
internacional Leonardo da Vinci, más conocido
como Fiumicino, y acceder a la ciudad a través
del tren. Éste puede ser directo, hasta la estación
central de Termini -cuesta en torno a unos 10
euros- o efectuar todas las paradas, invirtiendo
un poco más de tiempo y la mitad de precio. Otro
itinerario para el peregrino la ofrecen los barcos
que comunican el puerto de Barcelona y el de Civita
Vecchia, una pequeña localidad situada
a una media hora de tren del centro de Roma.
Los
más pacientes y sacrificados pueden atreverse
con la vía terrestre, aunque de todas las existentes
resulta la menos aconsejable. Los trenes invierten
un gran número de horas, realizan numerosas escalas
-Niza, Montpellier, Génova...- y no permiten ahorrar
demasiado si lo comparamos con la vía aérea y
marítima. El enloquecedor tráfico romano, alarmantemente
agravado tras los últimos acontecimientos, desaconseja
recurrir al coche como medio: circular en estos
días por cualquier punto de la ciudad se ha convertido
en una auténtica misión imposible. Tampoco
es recomendable solicitar los servicios de un
taxi: el corto trayecto entre el aeropuerto
de Fiumicino y el centro de la ciudad está rondando
los 60 euros.
Guía para un peregrino desesperado
La búsqueda de alojamiento se presenta como el
siguiente desafío del peregrino. Hoteles, hostales
y pensiones, ya saturados normalmente en estas
fechas ante el buen tiempo, ofrecen niveles máximos
de ocupación. Para afrontar esta llegada masiva
de fieles, el Ayuntamiento de Walter Veltroni
ha habilitado más de 20.000 camas distribuidas
entre el recinto ferial, situado en el EUR -al
sur de la ciudad, fácilmente accesible a través
del metro- y en diversos locales de la compañía
ferroviaria. Además, se está facilitando la acampada
en lugares emblemáticos como el Circo Massimo
y el estadio Olimpico, escenario compartido de
las disputas deportivas de los dos equipos de
la ciudad: la Roma y la Lazio. El saco de dormir
y la ropa de abrigo -atención con la gran oscilación
térmica entre el día y la noche- serán imprescindibles
para quienes se decanten por esta opción.
Otra posibilidad es la de acudir a los camping,
situados en el norte -Happy Camping, Seven Hills,
Camping Flaminio- y en el sur de la capital -Camping
Internazionale di Castelfusano-. Además, la edición
digital del periódico La
Repubblica ha puesto en marcha un foro
en el que los romanos ofrecen información y,
en ocasiones, cobijo, a los fieles que se desplazan
en estos días a la ciudad eterna.
Paciencia y osadía para acceder a San Pedro
El
transporte romano sólo puede calificarse como
caótico. Con tan sólo dos líneas de metro,
que confluyen en la estación central de Termini,
la circulación en superficie resulta extremadamente
complicada. La mejor de las maneras de acceder
a San Pedro en estos momentos es la línea A de
metro, con la posibilidad de bajar en Ottaviano
o en Musei Vaticani. El visitante no tendrá opción
a perderse en ninguna de las dos paradas, ambas
situadas en los aledaños de la plaza de San Pedro.
Para conocer otros itinerarios es posible adquirir
mapas de transporte en cualquier kiosko, donde
se pueden comprar bonos turísticos de uno, tres
y siete días, que permiten utilizar sin límites
el transporte en el núcleo de la ciudad. También
se puede consultar la web de la empresa municipal
de transporte Atac.
Las colas para acceder al interior de la Basílica
de San Pedro y despedir al cuerpo sin vida de
Juan Pablo II están siendo kilométricas. Efectivos
de Protección Civil se encargan de aliviar la
dureza de la espera repartiendo gratuitamente
botellas de agua y atendiendo frecuentes desmayos
y crisis nerviosas en los 15 hospitales de campaña
habilitados en las inmediaciones. No obstante,
es conveniente acudir provistos de cantimploras
y botellas de agua, que pueden rellenarse en las
numerosas fuentes situadas en la plaza de San
Pedro.
Otro elemento que no debería faltar en la mochila
del peregrino es la comida. La zona, una de
las más caras, está incrementando alarmantemente
sus precios: un simple bocadillo se viene vendiendo
a unos 6 euros y los restaurantes se encuentran
hasta los topes. Esta 'inflación eventual', que
ya ha sido denunciada por las asociaciones de
consumidores, también se está dejando sentir notablemente
sobre los objetos de recuerdo con la imagen de
Juan Pablo II, ya agotados, de venta habitual
en la Via de la Puerta Angelica y en la Via della
Conciliazione. Quienes no se resignen a volver
sin un 'souvenir' que recuerde este histórico
momento, pueden probar suerte en la conocida como
Casa del Rosario, situada junto a la iglesia de
Santa Maggiore, muy cerca de la estación de Termini.
Ojo a la ropa
La
vestimenta constituye otra cuestión que no debemos
olvidar. Nada de pantalones cortos, minifaldas
o camisetas de tirantes: el acceso a la Basílica
del Vaticano está prohibido para todos aquellos
que, forzados por el calor diurno romano, se dirijan
a ella en estas condiciones. Ya en el interior,
dos filas paralelas conducen hasta el lecho de
Karol Wojtyla, bajo el popular baldaquino de Bernini,
lugar en el que no está permitido detenerse para
facilitar la entrada del mayor número posible
de fieles.
Después del último adiós al 'Papa viajero', el
peregrino podrá ser testigo del ambiente excepcional
que vive Roma en los últimos días. La ciudad,
vestida de luto, ofrece numerosos actos de homenaje
al Pontífice en sus muchas iglesias. De visita
obligada son la catedral de San Juan de Letrán,
San Pablo y Santa la Mayor.
Otra ruta interesante es la que abarca desde el
Coliseo, que dispone de parada de metro -línea
B-, hasta la plaza del Pueblo - línea A, estación
Flaminio-. En ese recorrido el visitante podrá
admirar la monumentalidad de Roma, desde sus antiguos
foros imperiales, pasando por la concurrida vía
del Corso, y recorriendo las míticas plazas y
fontanas dispuestas en torno a ella: Fontana de
Trevi, plaza Navona, Campo de las Flores, Panteón
y plaza del Pueblo.
Para más información sobre los monumentos y las
posibilidades que ofrece Roma, el visitante puede
consultar la web del ente
nacional italiano de turismo
o solicitar mayor información en las oficinas
de turismo situadas en el Aeropuerto de Fiumicino,
en la estación de metro de Coliseo, en la vía
del Corso y en el popular barrio de Trastevere.
Tras la muerte de Juan Pablo II, Roma es, ahora
más que nunca, una 'cittá aperta'.
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