Sobre los pasos de los grandes emperadores

Alexandra Martín Larios (Madrid)

Mágica, ecléctica y adictiva, Roma ofrece el marco ideal para cualquier época del año. Paseos sobre las ruinas imperiales al caer la tarde, una pizza en el popular barrio de Trastevere, compras en los múltiples mercados de la ciudad o un chapuzón en sus playas... Las opciones turísticas de la Ciudad Eterna son innumerables.

"Hasta que dure el Coliseo durará Roma, cuando caiga el Coliseo caerá Roma, y cuando caiga Roma, caerá el mundo". Aunque sin adoptar la posición trascendental de los antiguos romanos, no podemos hacer otra cosa que rendirnos ante la majestuosidad de la capital italiana, un destino imprescindible en el periplo de todo viajero, especialmente recomendable en esta época del año.

Cualquier punto es bueno para realizar una primera incursión en la Ciudad Eterna, pero quizá uno de los más impresionantes sea el anfiteatro Flavio, más conocido popularmente como el Coliseo. La línea B del metro constituye la mejor forma de trasladarse al corazón de la Roma antigua, una vez allí, déjense impresionar por el contraste ofrecido por la mezcla entre antigüedad y modernidad -una constante en la capital del Imperio Romano- que se aglutinan en esta parte de la ciudad.

Símbolo por excelencia de la ciudad de Roma, el Coliseo debe su nombre al coloso de bronce dorado que Nerón hizo construir en su interior. En su etapa de mayor esplendor el anfiteatro estaba cubierto por un enorme velo que protegía del sol a los hasta 50.000 espectadores que el anfiteatro podía albergar y que asistían a espectáculos como combates entre gladiadores y martirios de cristianos -curioso que nos estemos refiriendo a uno de los orígenes de la civilización-. Durante la época medieval, tal y como era costumbre en aquel período, fue utilizado como cantera, suministrando la materia prima de obras tan reconocidas como la basílica de San Pedro y sólo en el 1700, gracias a Benedicto XIV, se convertiría en un lugar sagrado en memoria de la sangre derramada por los mártires cristianos.

La destrucción utilizada como un elemento clave en el urbanismo representa un elemento clave en la capital italiana y uno de los mejores ejemplos de ello lo encontramos a escasos metros del Coliseo, en la vía de los Foros Imperiales, una muestra de eliminación de restos arqueológicos con el objetivo de comunicar la mole imperial con la residencia oficial del Benito Mussolini, el Palacio Venecia. En nombre de la continuidad a la que aspiraba el 'Duce' entre el gran Imperio Romano y el Fascismo, numerosos edificios del Renacimiento y del Barroco al igual que diversos barrios medievales fueron destruidos. A los márgenes de la vía del mismo nombre se encuentran los foros imperiales, una auténtico viaje en el tiempo que nos traslada al centro político, religioso, jurídico - administrativo de la antigua Roma.

Mientras paseamos entre las ruinas vemos renacer ante nuestros ojos la grandeza de la legendaria ciudad imperial con sus edificios más relevantes: la Curia, la sede del Senado, el archivo del Estado, las basílicas, los palacios de justicia, el templo de Vesta, la casa de las Vestales -las sacerdotisas encargadas de mantener el fuego sagrado- y diversos arcos del triunfo erigidos para honrar a diversos dioses y personalidades de la historia romana. El mejor balcón para disfrutar del paisaje lo ofrecen, sin lugar a dudas, el Campidoglio, sede del consistorio romano y escenario de diversos tratados comunitarios, y el monumento a Víctor Manuel II. No se pierdan las vistas de la Roma Antica y las posibilidades fotográficas que proporcionan ambos monumentos.

En un punto estratégico entre la Roma medieval y renacentista y la imperial encontramos la Plaza Venecia, presidida por otro de los emblemas de la cuna del Imperio: el Altar de Patria, un monumento, conocido los italianos por la despectiva denominación de 'máquina de escribir', erigido en honor al rey Víctor Manuel II, quien fuera considerado como uno de los artífices de la unificación del Estado italiano.

Junto a él se encuentra el monte Campidoglio, al que se accede a través de una espectacular escalinata diseñada por Miguel Ángel. También obra del polifacético renacentista es la plaza sede del consistorio, presidida por la estatua ecuestre de Marco Aurelio y delimitada por el Palacio de los Conservadores, el Palacio Nuevo y el Palacio de los Senadores, centro del poder político de Roma. Si descendemos nuevamente por las interminables escaleras de Miguel Ángel, nos toparemos con la curiosa estampa ofrecida por el teatro Marcello, inaugurado en el 17 a . C, que durante la Edad Media y Moderna se convertiría, tras las consecuentes remodelaciones, en residencia de diversas familias de la burguesía romana.

Avanzando en nuestro recorrido nos encontramos con la iglesia de Santa María en Cosmedín, que alberga la mítica Boca de la Verdad con la que Gregory Peck consiguió aterrorizar a Audrey Hepburn en la conocida secuencia de Vacaciones en Roma. Los cinéfilos se deleitarán con esta enorme máscara de mármol en la que, según la creencia popular, quedaba atrapada la mano de los mentirosos que osaban a desafiarla.

En Plaza Venecia, bajo los pies de Víctor Manuel II, se inicia uno de los trazos más emblemáticos del mapa romano contemporáneo: la vía del Corso. Plagada de majestuosos edificios de diversos estilos arquitectónicos, esta arteria da acceso a los monumentos más representativos de la ciudad capitolina y comunica directamente con la Plaza del Pueblo. Un obelisco - construido en los tiempos de Ramsés II y trasladado a Roma bajo el imperio de Augusto- centra la elipse de esta particular plaza, que se ha convertido en un lugar de eventos políticos y culturales y que se encuentra custodiada a cada lado por las iglesias gemelas de Santa María de los Milagros y de Montesanto, iniciadas por Carlo Rainaldi y completadas por Bernini.

Junto a la Plaza del Pueblo se alza la Villa Borghese, el pulmón romano, y los jardines del Pincio, un fantástico mirador desde el que asomarse a San Pedro, especialmente recomendable durante la apaciguante calidez del atardecer. Delante de la Plaza de Siena, que acoge cada mes de mayo una de las competiciones hípicas más relevantes del país, se encuentra el museo dedicado al escultor y compositor Pietro Canonica. También dentro de este enorme parque encontramos la Galería que lleva el mismo nombre y que alberga reconocidas obras de arte como esculturas de Antonio Canova y lienzos de Caravaggio.

Regresando sobre nuestros pasos llegamos a la plaza de España, llamada así por albergar el edificio sede de la embajada española ante la Santa Sede. Pero si hay algo que simbolice esta espectacular plaza es, sin lugar a dudas, la increíble escalinata que conduce a la iglesia francesa de Trinidad de los Montes. En la actualidad, los 138 escalones se han convertido en escenario de un importante desfile de moda estival donde millones de turistas hacen escala obligada todos los meses del año.

Nuestra primera jornada romana concluye evocando la memorable escena protagonizada por Marcello Mastronianni y Anita Ekberg junto a las aguas de la Fontana di Trevi, una composición en mármol travertino presidida por una carroza con forma de concha arrastrada por dos caballos que vienen precedidos de tritones.

Un helado italiano junto a la visión nocturna de esta magnífica obra de arte, un perfecto ejemplo de fusión de escultura y arquitectura barroca proyectado por Nicola Salvi, ponen fin a nuestra primera incursión en el panorama turístico italiano. No se pierdan nuestras propuestas para el resto del viaje.