Trescientos kilómetros en once horas: de Croacia a Tirana
· Dubrovnic se ha convertido en la meca turística para miles de españoles.

Fernando Jáuregui/Ociocrítico

"¿Qué hacen ustedes en el culo del mundo?". La pregunta que nos hace el periodista de la radio oficial (más o menos oficial) albanesa no es retórica. Está asombrado de que unos turistas, que no están interesados en ningún programa entomológico, ni en el lugar de nacimiento de la madre Teresa de Calcuta (que, en realidad, era de Albania), ni en buscar lugares para la especulación inmobiliario-turística (y ni siquiera de estos hay muchos todavía), hayan llegado hasta este país, que, en efecto, para qué engañarnos, puede que no sea el culo del mundo, pero sí el trasero de Europa. Le faltan muchos, muchos años para poder aspirar a figurar en el club de los miembros de la UE, y mira que este club está ya devaluado...

Galería ilustrada del viaje al c... de Europa

El periodista albanés presume de hablar un aceptable español. Por lo menos, sabe bien lo que "culo del mundo" quiere decir. En Albania no puede usted fiarse de las cifras oficiales, pero el índice de alfabetización, la renta per capita, las clases medias en relación con la agricultura, las exportaciones, la esperanza de vida, todo, indica que el país está al final de la cola europea. No tiene usted más que mirar el mapa de carreteras: en Albania no hay autovía ni autopista alguna, si se exceptúa la ruta provincial que une Tirana con la localidad costera de Durrell, un lugar masificado, pre-Benidormiano, a cuarenta kilómetros de la capital.

En realidad, lo de las carreteras no hay que mirarlo en un mapa: te das cuenta según te vas acercando, desde el recién nacido Montenegro, al país que los antiguos conocieron, con otros límites, como Illyria. La carretera que teóricamente 'une' Podgorica, la capital montenegrina, con Tirana, la capital albanesa, no merece en realidad en nombre de tal, al menos en muchos tramos, donde el asfalto desaparece para ser sustituído por charcos vigilados de cerca por inoportunas vacas.

Aduanas temibles


Ya la llegada a la frontera, desde Montenegro, por el maravilloso y desértico lago de Skodres (cuánto hubiera disfrutado Bergman rodando una película de angustias en este paraje), anuncia que no toda va a ser un camino de rosas: trámites intermibales al sol implacable, desprecio sin cuento al turista, prepotencia policial desde ambas orillas: no en vano, cerca de Podgorica, capital de un país que aspira a unirse a la UE cuanto antes tras haberse independizado de Serbia, unos policías te paran al ver tu matrícula extranjera, pretendiendo que les entregues treinta euros por haber sopresadao la velocidad permitida, cosa que de ninguna manera pueden ni quieren acreditar. Porque, entre otras cosas, tampoco es cierto.

Gajes, en fin, del oficio del viajero que trata de llegar a donde casi nadie de tu entorno ha llegado antes. Porque penetrar en Albania es iniciar un viaje a un pasado y a un entorno remoto: quizá algunos países árabes mantengan una cierta reminiscencia con la mezcla de culturas, inculturas, religiones y hasta etnias que hemos encontrado en Albania, donde parece --parece-- que predominan los musulmanes, en convivencia bastante feliz --ya lo han pasado suficientemente mal los pobres-- con los católicos.

Y, así, Albania da la impresión de ser hoy un país en el que nadie se aclara de quién es, a dónde va y hasta de dónde viene, pese a que su historia es riquísima e interesantísima. Por mucho que, la verdad, sea difícil enterarse de esta historia cuando se visita el museo de la plaza dedicada a Scanderbeg, el héroe nacional que en el siglo XIV pasó veinticinco años peleando con los otomanos. El museo, nacido a finales de la era de la dictadura --feroz-- comunista, es una contradicción más: el nacionalismo hace que sea el albanés el idioma casi único de los textos explicativos --y a ver si es usted capaz de decir de dónde procede el idioma albanés-- y las circunstancias hacen que un ala del museo, dedicada a ensalzar la lucha contra el marxismo --es decir, dedicada a glosar el feroz régimen totalitario de Enver Hoxa, que aisló el país incluso frente a la URSS y China--, tenga que convivir con otra, en la que se enaltece la lucha contra el totalitarismo comunista y se proclaman los horrores de la etapa Hoxa, que no debieron de ser pocos, a lo que se ve y se escucha.

Miedo al volante

Hoy, Albania es una democracia --formalmente lo es, ahora con los conservadores en el poder--, con una capital en la que apenas se encuentra tres hoteles aceptables --el mejor, claro, el Sheraton-- y un par de restaurantes que en un país europeo no pasarían de ser de medio pelo, pero que en Tirana son lo mejor de lo mejor, los sitios frecuentados por esa incipiente burguesía algo hortera, que te adelanta por los caminos vecinales en sus polvorientos y viejísimos Mercedes con grave riesgo de su vida y de la tuya: no en vano, esos caminos están bordeados con recuerdos en forma de lápidas a los nacionales muertos en esa loca marcha automovilística. Ni siquiera en Egipto he pasado tanto miedo al volante.

No han tenido mucha suerte, la verdad, los albaneses, un pueblo viejo, que fue sabio, que todos quisieron siempre repartirse --menuda tragedia, la última, la de los albano-kosovares--, que tuvo un rey --otro, en el exilio, se casó en Madrid: Leka I nunca reinará, ni su hijo--, que se hizo famoso por poseer el régimen comunista más feroz de la historia y por sobrevivir, a costa de los sufrimientos del pueblo, sin ayuda de nadie. Ahora es un país polvoriento, lleno de gasolineras y túneles de lavado de automóviles, pero que casi nunca funcionan, sin atractivos turísticos más allá de algunos enclaves, como el de Vlore, controlados por un turismo italiano que es como es, y otro griego, que tampoco es manco. Por lo demás, Albania, hoy, no le interesa a nadie. Más que a los primeros especuladores que, desde sus barcos, recorren la costa, ayuna de playas que verdaderamente merezcan el nombre de tales.

Montenegro, el último (o no tanto) de la fila

Luego, tras dos días curiosos y algo aburridos en Albania, regresas a Montenegro. El último país nacido en el mundo, tras el referéndum que lo segregó pacíficamente de Serbia, tiene indudables atractivos turísticos, aunque si es usted amante de las playas largas y de fina arena que se pueden encontrar en España no debe usted ir por allí. Sí si practica la navegación a motor o, sobre todo, a vela y le gustan las costas no contaminadas, llenas de recuerdos históricos. Entonces, no puede usted perderse Kotor o, sobre todo, el pequeño pueblo, próximo a esta localidad, de Perast, donde ni siquiera han instalado, aún, el teléfono.

Por lo demás, el riesgo que corre Montenegro es el que corrió en su día la España prometedora para el turismo: dejar sus riquezas naturales en manos de los especuladores, que acabaron con el medio ambiente costero. Localidades como Budva o Herceg Novi saben ya bastante de esto (y eso que carecen de playas propiamente dichas, como antes apuntábamos).

Si va usted por allá, le recomendamos evitar agosto y la capital, Podgorica, sin nada de interés que ver. Y sí le insistiríamos en la conveniencia de visitar el parque natural de Skadarsko, en Virpazar, o los ya mentados Kotor y Perast. Y cuidado con las retenciones policiales, que probablemente busquen aligerarle su cartera, sin más.

La mejor manera de llegar es por avión a través de Dubrovnik, la última localidad de Croacia (encantadora en su historia de 'pequeña Venecia', siempre y cuando lo que usted busque no sean playas de ensueño). Este, Croacia, se ha convertido, pese a las dificultades de idioma y de historia, en el destino de moda para miles de españoles:no era infrecuente escuchar a compatriotas --la mayoría, por cierto, catalanes, como ocurre en casi todas las partes del mundo en agosto-- hablando por las calles, viajando en el mismo barco hacia islas de ensueño (como Lopud, donde no entran los automóviles) o haciendo cola en los restaurantes. Sí, colas. Porque, o crecen las edificaciones hacia las montañas, como ha ocurrido, entre otras, en la Costa del Sol española, o la capacidad turística de esta zona, hasta ahora bien desconocida, está a punto ya de tocar techo.


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