|
Toledo:
empaparse de heroísmo
Lea
la crónica sobre Cantarranas,
de Antonio L. Bravío
Lea
la crónica sobre Santander,
de Aurelio Español
Participe
en nuestro concurso sobre
crónicas de viajes
Jesús Manuel Sarmiento
Inocentes, cándidos y optimistas,
una buena mañana nos levantamos,
con tiempo suficiente, más
que suficiente, para desde
nuestra casa ir a la estación
de Atocha, punto de partida
de nuestro viaje a Toledo,
capital de Castilla la Mancha.
Pese a tenerlo todo organizado
(visitas, hotel, comida, etc...)
hubo un ligero, aunque siempre
definitivo, detalle que truncó
nuestros planes. Es imposible
coger el tren llegando a la
estación un minuto antes de
que salga. ¿Por qué se preguntarán?
Pues les contestamos: en Madrid,
la cola para adquirir el billete
de tren es larga, muy larga,
y tu numerito, como el de
la carnicería, tarda en salir,
lo menos cuarenta minutos.
Así que vayan con tiempo a
la estación.
Nuestro
gozo en un pozo. Perdido el
tren de las 8:44, comprado
el billete para las 10:23,
la estación nos ofrecía un
montón de cacharrería varia
(de esta que a las mujeres
tanto les gusta) y ese impresionante
jardín tropical donde se pueden
ver tortugas, muchas tortugas:
grandes, pequeñas, vivas y
muertas.
Haciendo tiempo que se llama,
conseguimos llegar a la hora
de partida. Subimos al tren
y, por estos caprichos del
destino, nos tocó un grupo
de universitarias primerizas
y alocadas que, durante todo
el viaje, no pararon de hablar
de sexo, alcohol, fiesta,
novios, discotecas... Juventud,
divino tesoro y pésima inversión.
El trayecto, que hoy podría
hacerse en media hora con
el "AV", que no AVE, nos llevó
una hora, poco más o menos.
En su impresionante estación
de ferrocarril, que si mis
escasos conocimientos no me
fallan es de estilo neomudéjar,
propio de los años 20 del
siglo pasado, los jubilados
sacan sus eurillos ofreciendo
a los visitantes rutas turísticas
en sus coches. Oferta que
rechazamos. Ya que con nuestro
supermapa de 2 euros, con
la amabilidad de los toledanos
y siguiendo a otros turistas
no fue complicado llegar al
hotel.
La primera visita fue la Iglesia
de Santo Tomé, donde se
encuentra la obra más famosa
de El Greco: El entierro
del Conde de Orgaz. Tras
abonar 1,40 euros pudimos
contemplar el cuadro y la
pequeña iglesia, donde está
la Virgen negra de Guadalupe,
una antiquísima pila bautismal
y demás objetos sacros de
gran valor histórico. "No
fotos no vídeos..." Lo
de siempre, pero, como siempre
también: no explicación, no
folletos.
Buscando la casa museo
de El Greco encontramos
el busto de un judío, Samuel
Leví, protagonista de una
leyenda toledana, tan famosas
ellas, en la cual éste se
negó hasta la muerte a revelar
el paradero de su inmensa
fortuna. Por la zona de la
judería pasamos al lado de
la sinagoga del Tránsito y
su museo sefardí, pero craso
error, propio de principiantes,
decidimos entrar en la sinagoga
de Santa María la Blanca,
del siglo XIII. Otra vez el
pay per view: 1'40€. Y uno,
cuando paga espera ver algo
proporcional a la cantidad
desembolsada, pero en este
caso no fue así. Aquella sinagoga,
a la que no le quitamos valor
artístico o histórico alguno,
más parecía un amplio garaje
que un centro religioso. Desnudas
sus paredes, ni un sólo folleto
ni un sólo panel otra vez.
Pagar, vale, pero por aprender,
no sólo por ver.
Algo frustrados con esta visita
relámpago seguimos caminando
por la empedrada Toledo rumbo
al monasterio de San Juan
de los Reyes. Es un monasterio
franciscano mandado construir
por los Reyes Católicos en
conmemoración de la Batalla
de Toro. Destacamos en el
camino la escuela de artes,
con sus dos impresionantes
águilas de San Juan. El monasterio,
situado en un alto, tiene
unas preciosas vistas de los
alrededores de Toledo; siendo,
lo más destacado, su fachada
encadenada y las estatuas,
suponemos que regias, de sus
laterales.
Se acercaba la hora de comer.
Así que buscamos un restaurante
acorde a nuestra economía.
El menú de 7'50€ incluía sopa
castellana y carcamusas, postre,
pan y vino. En el Santa
Fe, bar restaurante, anexo
al museo Santa Cruz,
al lado de la plaza de Zocodover
y a la sombra del imponente
Alcázar, dimos buena cuenta
de los dos buenos platos.
La sopa, caliente, caliente,
cayó bien a nuestro estómago.
Se agradecía ese buen caldo
después de la mañana fresca
con la que Toledo nos recibió.
Tras el primer plato pedimos
las carcamusas, un plato típico
de la ciudad castellana: cerdo
cocido con salsa de tomate,
guisantes, algo de cebolla...
En palabras de la camarera:
"algo muy rico". Y
así fue. Todo ello, acompañado
de un refrescante vino de
la casa.
Después de la comida
nos acercamos a la antigua
Academia de Infantería,
el Alcázar, destruido
por los visigodos para construir
a su vez un palacio fortaleza.
Debido a las obras de remodelación
no pudimos verlo, pero prometemos
regresar cuando sea ya Museo
del Ejército. Enfrente
del Alcázar, y al otro lado
del río Tajo se encuentra
la actual Academia de Infantería,
que mira orgullosa a la invencible
y heroica construcción que
la precedió en la formación
militar.
Toledo tiene una curiosa catedral,
lejana de los goticismos de
León y Burgos, y algo encajonada
en sus estrechas calles, entre
las que se alza su elevada
torre. Cómo no, también cobran
por acceder a su interior
y verla. Consultamos el precio
y decidimos abstenernos, pues
andábamos algo resabiados.
Que anduvimos Toledo nadie
lo puede negar. Por fin algo
gratuito. La casa museo de
El Greco, en pleno antiguo
barrio judío, claro que sólo
era gratis para españoles.
Algo bueno tenía que ser de
este país.
Esta casa museo es fruto del
trabajo del Marqués de Vega-Inclán,
filántropo que decidió recuperar
el lugar donde vivió el genial
pintor griego, el palacio
del Marqués de Villena, que
anteriormente, fue casa del
ya mencionado Samuel Leví.
En su interior se encuentra
parte del famoso Apostolado,
que es una representación
individual de cada uno de
los doce apóstoles, entre
otras destacadas obras, todas
con ese marcado estilo de
El Greco: cuerpos escuálidos,
caras blancas, finas y delgadas,
ojos hundidos y manos largas
vivaces.
En nuestro caminar incesante
por las calles de Toledo topamos
con la sede de la Escuela
Oficial de Idiomas, muy bonita
y monumental. Pero si algo
hay en Toledo, además de callejuelas
empedradas y turistas, esto
son iglesias. Hay iglesias
por doquier, una de ellas,
por destacar alguna, la de
San Ildefonso, de los
Jesuitas.
De regreso en el hotel, cansados
de tanto caminar, decidimos
descansar un rato, para de
noche proseguir la visita,
pues dicen que Toledo es muy
hermosa a esas horas. Pero,
por desgracia, con lo único
que nos quedamos, fue con
la orgía de campanas que a
las siete de la tarde comenzó
a oírse por todo Toledo y
que se colaba por nuestra
ventana. Un campanario tras
otro, y todos a la vez, repicaban
sus campanas, avisándonos
de saben ellas qué. El sueño
nos venció y dormimos hasta
la jornada siguiente.
A las 10 de la mañana del
domingo visitamos el Museo
de Santa Cruz, gratis
también. Era un hospital fundado
por el cardenal Mendoza
en el siglo XVI. Nos llamó
la atención que lo interesante
no se paga y lo menos, sí.
En este museo, ubicado en
un hermoso edificio que me
atrevería a calificar de barroco
por su fachada y escalinata,
pudimos ver una curiosa e
interesante colección de loza
y cerámica; así como una exposición
de objetos sacros, de los
que destacaba el San Pedro
de El Greco.
Una exposición temporal sobre
los primeros pobladores de
aquellas tierras, captó nuestra
atención y deambulamos por
las diversas salas contemplando
cómo se las apañaban nuestros
antepasados para poder vivir.
A las 11:30 de ese día emprendemos
la circunvalación de Toledo.
Desde la plaza de Zocodover,
bajando por la calle Miguel
de Cervantes, llegando al
puente de Alcántara, comenzamos
a caminar alrededor de la
ciudad imperial. La intención
era ver la ciudad desde el
exterior, pues el interior,
más o menos ya lo teníamos
visto. Así, quedando el castillo
de San Servando y la Academia
de Infantería a nuestra Izquierda
caminamos y caminamos llegando
a la iglesia de San Lucas.
Más arriba y abajo, más calles
y más piedras topamos con
unos antiguos baños del siglo
X: los baños de Tenerías.
Luego, subiendo por la calle
del Calvario vimos las Cortes
de Castilla la Mancha, desembocando
en el Museo Sefardí
o Sinagoga del Tránsito, construida
en 1357. El museo de Victorio
Macho quedaba atrás cuando
nos acercábamos al bello puente
de San Martín, que da acceso
al largo paseo de Recaredo.
Éste nos lleva hasta la glorieta
de la Reconquista, donde podemos
contemplar la muralla de Toledo,
que nos invita a seguir subiendo
rumbo a la antigua puerta
de Bisagra, o puerta de
Alfonso VI, árabe;
seguida de la impresionante
puerta de Bisagra, adornada
con un grandioso escudo imperial
de Carlos V. En la
zona se encuentra el hospital
de Tavera, tras verlo por
fuera decidimos entrar de
nuevo en Toledo a través de
la puerta de Bisagra, llegando
a la Puerta del Sol del siglo
XIV, la cual nos habilitaba
para llegar a las 13:30 al
punto de partida: la plaza
de Zocodover.
Tras comer, dar una última
vuelta recordando los buenos
momentos por Toledo y aprovechar
para comprar souvenirs y algún
que otro obsequio, tornamos
al tren de regreso a Madrid.
Un saludo a todos los que
hayan leído este relato. Os
recomendamos a todos visitar
Toledo, eso sí, no os olvidéis
de estos pequeños apuntes
que, esperamos, os sean útiles.
|