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Entre
peñas y brañas
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María José González Martín
Vivo en una ciudad devorada por la locura
y totalmente ocupada por obras faraónicas, ruidos,
atascos, polución, seres desquiciados…; una sinrazón
que me ha robado la vivacidad y me ha sumido en
una falta de dinamismo tal que sólo me lleva a
reflexiones pesimistas. Hoy me he despertado a
las 6 de la mañana. Estaba soñando que, subiendo
por una colina empinada, atravesaba un bosque
de hayas, cagigas, robles, fresnos y un sinfín
de árboles más que no conocía. Los colores eran
otoñales (verdes, amarillos, rojos,..). Atravesé
el bosque y llegué a una braña de un verde intenso.
Estaba repleta de pájaros que cantaban con verdadero
júbilo. Me tumbé en el prado y, con los ojos cerrados,
me dejé envolver por el canto de aquellos pájaros
y por el susurro suave del viento acariciando
los árboles.
Después me puse a caminar durante horas hasta
que el viento me trajo un olor con una deliciosa
textura salobre. ¡Estaba llegando a la costa!.
A lo lejos veía peñas y escollos metidos en el
mar.
Desperté y salté rápido de la cama para así mantener
vivo aquel sueño.
Desayuné y, en un arrebato, cogí lo imprescindible
y me alejé de la ciudad en la que vivo y de su
regidor; por el camino le iba deseando que se
convirtiera en un Tántalo y pagara por todas las
molestias que nos hacía padecer a los ciudadanos.
A las 7 de la mañana estaba en la Nacional I camino
de Cantabria. A las 12 estaba tirándome de cabeza
al mar en la mágica y salvaje playa de "los locos",
en Suances. Nadé hasta la extenuación y, al volver
a la arena, dejé que el maravilloso paisaje y
el pensamiento se fundieran con el batir de las
olas, hasta que el sueño me traspuso.
Al
despertar me di un paseo por el pueblo hablando
en voz alta con los entes que me suelen acompañar
en mis soledades. Llegué al puerto y me puse a
comer en una terraza desde la cual veía el mar
por un lado y la ría por el otro. Los barcos,
el ambiente marinero y el bello paisaje me iban
embargando así que, para reponerme, me tomé unos
deliciosos muergos, media docena de almejas y
unos pocos percebes recién pescados; culminé el
festín con un jargo al horno. ¡Espléndido!.
Por la tarde me fui a pasear por las dunas del
parque natural de Liendres. El viento del nordeste
mezclaba el olor a pino con la flora y el salitre.
Con el cielo despejado y el mar azul anduve por
la playa de Canallave hasta la punta de Somocuevas;
la marea estaba baja. No hay palabras para describir
la belleza de los acantilados y las islas; y los
colores, olores, sonidos, sensaciones,…
Volví andando hasta la ría de Mogro. Comienza
a atardecer, rola el viento, el cielo tiene nubes
en las que se refleja el sol y el mar se vuelve
verde. La marea comienza a subir y las olas rompen
con furia.
Una alegría recóndita me invade mientras me fundo
en un todo inmenso. Cuando recupero la conciencia
me voy a dormir a Comillas, también llamada "Villa
de los Arzobispos" por la cantidad de prelados
que ocuparon diócesis en Hispanoamérica.
Al día siguiente me doy un paseo por el casco
viejo. A lo lejos veo el seminario; sigo andando
y me encuentro con "el capricho de Gaudí" y, más
adelante, el palacio de Sobrellano. La arquitectura
de la villa es una mezcla de modernismo, gótico,
árabe,..
Tomo rumbo hacia el puente y la playa, y sigo
andando por los acantilados llenos de plantas
marinas de diferentes colores que descienden hacia
el mar.
Hoy el mar está bramando; las corrientes marinas
tienen un color verde amarillento y las olas rompen
salvajemente por encima de los acantilados. Paseando,
con estos sonidos de fondo, llego al parque natural
de Oyambre. Me doy un respiro y me siento a comer
un bocadillo en la ría de La Rabia mientras contemplo
las numerosas aves (garzas,, cormoranes, gaviotas,
cisnes, alcatraces,…); un efluvio terrenal me
envuelve y me siento partícipe del entorno.
Vuelvo a pasear por las marismas de Oyambre; el
paisaje es fantasmagórico y bello. A mi izquierda
oigo el romper de las olas en la playa y decido
darme un baño en las tranquilas aguas de la playa
de La Rabia. Después de nadar un rato me tumbo
en la arena. Atrapado el cuerpo y la mente en
la envolvente calma, el sueño se apodera de mí.
Al despertar me dirijo a San Vicente de la Barquera;
al acercarme veo la ría y los estuarios; la vista
panorámica es muy bella y decido quedarme a dormir
aquí. Me doy un paseo por este bello pueblo marinero
antes de cenar y acostarme.
Al día siguiente me encamino hacia el desfiladero
de La Hermida, no sin pasar antes por la ría de
Tina Menor y disfrutar de la visión de sus acantilados.
El río Deva transcurre por la garganta del desfiladero
y sus riscos. El paisaje es demasiado bello para
pasar de largo y hago distintas excursiones por
diferentes bosques y ríos, en los cuales hay una
inmensa variedad de árboles (hayas, castaños,
nogales, encinas, robles, vides olivos, alcornoques)
y un sinfín de matorrales y arbustos (enebros,
arándanos, tojos, endrinos, avellanos,…).
Es otoño y el microclima de influencia mediterránea
que hay en Liébana, con los colores y el murmullo
de cantos en los bosques, el suave y espumoso
rumor de las cascadas y saltos de agua, el piar
de los pájaros entre las rocas y las brañas, atrapan
con su hechizo el alma del viajero. Vale la pena
ver el templo mozárabe de Santa María de Lebeña
y el cementerio, a la sombra de un impresionante
tejo. Vuelvo al pie del desfiladero, devoro un
cocido lebaniego y sigo la marcha.
Al anochecer llego a Potes, la capital de la comarca,
con un hermoso casco urbano declarado monumento
histórico. Doy un paseo por la villa; cruzo el
puente de San Cayetano; contemplo la torre del
Infantado - sede del ayuntamiento - , paseo por
los soportales de la plaza y, cuando el hambre
aprieta, ceno una tabla de quesos y otra de embutidos
(todo ello producto de los cuatro valles que confluyen
en Potes). Termino la cena con un trago de orujo
y, después de otro paseo, me alejo de las luces
urbanas para ver el cielo lleno de estrellas titilando.
El hechizo del cielo y la naturaleza no se pueden
describir; sólo sentir.
Al día siguiente me despierta un tañido de campanas,
desayuno copiosamente y me voy a admirar el monasterio
de Santo Toribio, en las laderas del monte Viorna.
El claustro y la iglesia son de estilo gótico;
la capilla barroca guarda un trozo del brazo izquierdo
de la cruz de Cristo. También se puede contemplar
parte de los suntuosos manuscritos y miniaturas
policromadas de San Beato de Liébana con los comentarios
del Apocalipsis.
Vuelvo a caminar rumbo a la vega del Naranco,
donde nace el río Deva en el impresionante anfiteatro
de montañas de Fuente De. Vale la pena subir al
teleférico que va hasta el mirador del Cable.
Sigo caminando sin saber qué rumbo tomar… Tal
vez esta noche duerma en Bárcena Mayor o, quizás,
en Cabezón de la Sal. Pero prefiero no pensar
y seguir caminando…
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