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Caminos
en la sierra de Pela
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Raúl Conde
Es un rincón escondido, inaccesible. Frías e inhóspitas
elevaciones serranas que marcan el límite con
la Castilla vieja. Es la zona norte de la provincia
de Guadalajara, un territorio de relieve muy replegado
con sierras como la de Pela, rayana con la vecina
Soria. El nombre no es casualidad y su origen
quizá responde a las bajas temperaturas que sacuden
el invierno. Pero no hay por qué asustarse. El
paisaje transmite frialdad sólo en apariencia.
En el fondo, provoca un interés sanísimo de recorrer
sus caminos agrestes. "Por los montes cárdenos
camina otra quimera", escribió Machado
en sus soledades.
La mañana se ha presentado gélida. Campos castellanos
cubiertos de un blanco descorazonador y triste,
aunque delicado. El olfato se revela inútil. El
clima no permite oler ni la miel de Sigüenza ni
el perfume que desprende la sequedad de la tierra.
Nada interrumpe el silencio, salvo el soniquete
afligido del viento que azota a primera hora.
Los cánticos de los grillos, de los gorriones
y de los buitres leonados que sobrevuelan sin
apenas batir las alas, han desaparecido de estos
parajes, cercanos a la ribera del río Sorbe. Nos
queda la ausencia de ruido. Y con ese equipaje,
basta. Lejos de aquellos días de verano en los
que el sol luce con vigor y el bullicio ciudadano
revitaliza la ya de por sí apagada vida de estos
pueblos, el tiempo de hoy es el ideal para conocerlos
en su interior, con su auténtica personalidad
y desprovistos de engalanamientos festivos propios
del estío.
Llegado
desde la montaña del Alto Rey, cruzo el desmochado
puente sobre el río Manadero, afluente del Bornova.
A la derecha, el popular merendero. A la izquierda,
la villa de Albendiego, emplazamiento de la ermita
más característica del románico de Guadalajara.
Un diamante que se ha conservado con admirable
apego de los habitantes de un caserío que se yergue
en una amplia y enfondada cuenca. Es un edificio
muy bello sitiado por una arboleda inusual en
la zona y ornamentado con un extraordinario ábside
señero y una sorprendente piedra tallada. A su
lado, la minúscula población de Albendiego, desamparada
en una singular posición de la sierra. El estrecho
camino asfaltado de la entrada le hace permanecer
unido con la carretera local y, de esta manera,
con la civilización de nuestros tiempos. No se
ve a nadie, ni siquiera en la fuente de la Plaza
del Reverendísimo Obispo Dr. Ricote. Tan sólo
a un labrador, con una mirada cansada, que se
apresura con su tractor a realizar las tareas
del campo.
-Buenos días, ¿vive usted solo?
-No, he dejado al perro en el corral de mi casa.
Y
entonces recuerdo un párrafo que luego releo en
Delibes: "Ahora caminaba en silencio,
pacientemente, con un espacio de treinta metros
entre ambos. El hombre bajo y mísero seguía la
línea alta de la ladera. Marchaba en silencio
y, de cuando en cuando, sus labios emitían un
leve silbido. La perra, al oírlo, volvía la cabeza
y le miraba. Él miraba también a la perra y había
en los dos pares de ojos una mirada recíproca
de comprensión" (La mortaja, 1963).
La estampa es austera y el ambiente, gélido. A
lo lejos se otea el castillo roquero de Atienza.
La mañana avanza en Somolinos y decido desayunar
en la pensión "Los cazadores". Y así, como quien
no quiere la cosa, uno repara en las cosas de
esta comarca. Por ejemplo, en su espléndido románico,
sencillo, armonioso, quizá herencia fruto de la
hostilidad de su geografía. En Somolinos poco
hay de este estilo, pero la sorpresa se encuentra
en las afueras, concretamente, en su laguna glaciar.
Bañada en aguas del jovencísimo Bornova, es un
estanque natural, de aguas heladas y claras. Una
mancha azul... y verde entre las paredes calizas
que la circundan, rodeada de carrizales y chopos.
La carretera asciende en fuerte pendiente salvando
el desnivel del zócalo calizo. Las llanuras cercanas
al municipio de Campisábalos, rectas y solitarias,
dan una sensación de plenitud. Son las parameras
desabrigadas de la sierra norte de Guadalajara.
Dos ancianos pasean por ellas mientras el silbido
de los pájaros anima la soledad de la plaza Mayor.
En el centro del pueblo se levanta la iglesia
de San Bartolomé, regalo del siglo XII, un emblema
de la austeridad y la belleza que caracteriza
al románico rural.
El
reloj marca más de las doce y el sol empieza a
calentar, aunque poco. Todavía más escorado en
los confines de la provincia, Villacadima se presenta
a ojos del viajero como un pueblo fantasma. Y
de hecho lo es: no vive nadie en invierno y hace
tan solo dos años que acometieron la instalación
del agua. Pero es un lugar entrañable, singular.
Y con una iglesia cuya portada románica resulta
soberbia. Por dentro, nada. Todo lo que había
se lo llevaron al museo diocesano seguntino, por
si acaso a los cacos les da por hacer turismo
rural. Villacadima ha dejado de ser un pueblo
porque ya no le quedan niños corriendo por sus
callejas ni tampoco pastores que trabajen la tierra.
Pero continúa siendo un caserío de Castilla, aunque
sólo sea por el lavadero público que conserva
en su parte alta. Un ejemplar antañón. Un pedazo
de su historia.
Pinares y pastos se suceden en la carretera que
conduce, primero a Cantalojas, que cobija el parque
natural del Hayedo de Tejera Negra, y luego a
la villa de Galve. El valle va abriéndose. La
vacada en el Rejal anuncia el aprovechamiento
ganadero de la zona. ¡Por fin algo productivo!.
Las reses de los hermanos Esteban, o de los Arenas
de Cantalojas, descansan al pie del cerro en el
que se asienta un castillo del siglo XV. Fue construido
por la familia Estúñiga sobre uno anterior del
infante Don Juan Manuel. Hoy se ha convertido
en una ruina. Manuel Leguineche escribe que "Castilla
se cae a pedazos y por todas partes brotan polideportivos
y plazas de toros. El castillo sobre el alcor
se viene abajo". La muela de Galve de Sorbe está
por completo bañada de un blanco de película.
Los campos han cambiado, el terreno es más llano
y mejor comunicado. Las casas, con personalidad
propia, mantienen ese aire serrano de luces. Las
chimeneas despiden humo. En el bar, dos parejas
echan una partida de guiñote.
-¡Si hubieras arrastrado antes, no se habían llevado
las últimas!, le espeta uno de los jugadores a
su compañero.
-Cuéntalas, a ver si vamos de vueltas, contesta
el otro.
El día se ha abierto pero el frío no perdona.
Entretanto, el asador del pueblo macera un cabritillo
en el horno de leña.
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