La Feria de Abril, "ese bendito manicomio"

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José Ramón Álvarez

Había oído hablar tantas veces de ella que este año me decidí a viajar hasta Sevilla no para conocer la ciudad, de la que por fortuna he disfrutado ya varias veces, sino su Feria de Abril, una fiesta de la que cada uno habla según le va o le ha ido en ella, y que me atraía tanto por los casi grandilocuentes comentarios de unos como me asustaba por los ataques furibundos y acusaciones de clasismo y cerrazón de otros, opiniones contrarias pero en las que siempre me llamaba la atención el apasionamiento puesto en ellas por todos.

Así es que… maletas hechas, reserva muy anticipada en el hotel más adecuado (de entre los que quedaban disponibles), billetes en ese tren que llaman AVE (debe ser porque es un pájaro que vuela bajo)… y a Sevilla, para comprobar, desde el principio, que hay en toda ella un movimiento distinto al de otras veces, que el ambiente es otro, ni mejor ni peor, sino simplemente otro, que existe como más bullicio y que incluso éste es diferente del que he podido encontrar cuando vine a la ciudad en Semana santa, que al fin y al cabo para los sevillanos es otra fiesta.

Pero claro, si esto de la propia ciudad es distinto, ¿cómo explico ahora lo que me encontré en el real? Porque ni que decir tiene que en cuanto llegué al hotel y dejé las maletas en la habitación salí otra vez a la calle, me cogí un taxi (menos mal, me dicen, que al final no fueron a la huelga) y le pedí que me llevara lo más rápidamente posible a esa Feria con la que soñaba y a la que temía. Lo de rápido no pudo ser, porque parecía como si toda Sevilla y sus visitantes nos hubiéramos puesto de acuerdo para ir al mismo tiempo al mismo lugar, con lo que el atasco era impresionante.

Aunque no más que el que me encontré en ese real cuyas calles era casi imposible cruzar porque te lo impedían cientos de caballos y coches que las recorrían de un lugar a otro casi sin cesar, para ofrecer, aún desde una aparente indolencia, un espectáculo de un colorido difícil de explicar (por mucho que los aromas, entre tanto excremento de caballo, no pareciera el más adecuado para una fiesta saludable) pero sin duda algo de una belleza que terminó enganchándome por encima, muy por encima, de esos inconvenientes de los olores.

Tanto me enganchó que cuando me di cuenta se había metido bien la tarde, cada vez había más coches y caballos, cada vez era más el calor… y yo me encontraba allí en medio, como en una isla y casi sintiéndome Robinsón, porque quería comer y beber algo y no podía menos que recordar a mis amigos que me habían advertido de lo imposible de entrar en las casetas de esta Feria que, me contaban, parece hecha única y exclusivamente por y para los sevillanos. Casetas sí tenía a mi alcance, pero en algunas el bullicio echaba hacia atrás y en las otras podía ser que quien me echara para atrás fuese el portero.

Antes que verme aplastado por el gentío opté por la segunda de las posibilidades. Me acerqué a la puerta, expliqué que no era de aquí pero que me apetecía tomar algo, me pidieron que esperara un momento, vi que el portero hablaba con alguien y empecé a dar la razón a los que hablaban de cierre… hasta que portero y desconocido vinieron a la puerta, me invitaron a entrar e incluso el desconocido se presentaba como socio de la caseta, me llevaba hacia dentro, me invitaba a una copa y me decía que, a partir de ahí, hiciere lo que quisiese y me considerara en mi casa… mientras hubiera sitio.

Encontré una pequeña mesa pintada con flores (sevillanas, creo que les llaman) y unas sillas con las que me acomodé mientras comprobaba que desde el otro lado de la barandilla de una de estas casetas el espectáculo del paseo de caballistas es aún más hermoso y colorista. Pero también comprobé que en estas casetas se esconden unas posibilidades gastronómicas difíciles de imaginar, porque en sus cocinas, por encima de las clásicas chacinas, jamones y quesos, al margen de buen marisco, puedes encontrar el tan andaluz pescaíto frito, menudo (yo le seguiría diciendo callos), solomillo de mil y una maneras, gazpacho, salmorejo, potajes, guisos y otras exquisiteces regables con los productos de unas bodegas más que buenas que te brindan desde la normal cerveza hasta los más exclusivos vinos de la Rioja.

Todo ello, junto a esa amabilidad no esperada de mi fugaz anfitrión, me permitió recuperar fuerzas de tal manera que cuando me quise dar cuenta andaba otra vez de calle en calle, entre caballos y coches, aunque viéndolo ahora de forma tan diferente que no veía peligro alguno mientras cruzaba entre ellos, que llegaba a ver mejor la belleza de algunos tiros y sobre todo la de algunas flamencas… y ni el olor de excrementos lo era tanto ni parecía tan desagradable, cuando otra cosa bien distinta llamó mi atención: la Feria se estaba llenando de banderas con un Cien que no entendía, de gente con camisetas del Sevilla o con su traje y corbata sobre las que llevaban una bufanda de ese mismo equipo y sobre todo de mujeres, muchas de ellas también con las mismas enseñas pero vestidas de flamenca con trajes de colores blanco y rojo por encima de cualquier otro.

Recordé que el Sevilla jugaba ayer el partido de vuelta de la semifinal de la Copa de la UEFA, me explicaron que lo del Cien era la bandera del recién cumplido Centenario, me dieron pegatinas y me llevaron (o me dejé llevar) hasta la Portada de la Feria, donde se fueron concentrando más y más de ellas para en un momento determinado, entre gritos, canciones y ondear de banderas y bufandas, emprender a pie la marcha hasta el estadio donde iban con la ilusión de ver ganar al equipo de sus amores y meterse, por vez primera en su historia, me decían, en la final de una competición europea.

Volví sobre mis pasos hacia el corazón del real y advertí que cada vez eran menos, a medida que empezaba a oscurecer, los caballos y coches, por lo que me explicaron que es que a una hora previamente establecida se termina oficialmente el paseo y todos tienen que abandonar el recinto si quieren volver otro día. Pero ahora el color empezaba a estar dentro de las casetas, en muchas de cuales la música sonaba a un volumen que en cualquier lugar normal del mundo se consideraría de locura. Aquí no. Y además, aquí, pude ver decenas, cientos, tal vez miles de parejas bailando sevillanas sin parar, sin aparentar siquiera el menor cansancio, superando un calor que a mí, que no bailaba, me hizo renovar el intento de meterme en alguna de ellas.

Esta vez lo hice en una en cuyo frontal se podía ver el nombre de un partido político, en la que no había portero y no tuve problemas de ninguna clase y en la que mientras me tomaba un refresco vi bailar a diestro y siniestro. Pero no era lo mismo que en aquella en la que había estado antes. Como no lo fue tampoco en otra a la que mis pies (que no mis pasos, porque hacía tiempo que no mandaba en ellos) me llevaron después. Era igual de grande o más y me explicaron que era de un distrito y que, por lo tanto, la entrada era libre. Aquí una cerveza, y más sevillanas y una tapita, como les dicen ellos. Aunque seguía sin ser igual y pensé que era buena hora para irme hacia el hotel y buscar cerca de él un sitio donde cenar. Miré la hora y me encontré con sorpresa que había pasado ya la medianoche. Y comprendí que las luces, esos millares de luces que ahora sí veía encendidos, eran los que me habían ayudado a pasar de un sol radiante a una noche cerrada sin darme cuenta de ello.

De repente, el sentido común me dijo que tenía que estar cansado e intenté recuperar el mando sobre mis pasos y que me encaminaran hacia la salida del laberinto de casetas, pero no pude evitar que de vez en cuando se detuvieran ante la imagen de una nueva pareja (y les aseguro que hay miles) bailando dentro de alguna de estas casas que los sevillanos usan por una sola semana. Y en esa estaba cuando al pasar por una calle (no sé su nombre siquiera) escuché un tan afectivo como respetuoso vaya usted con Dios. Pensando que podía ser a mí (¿por qué no?) me volví y me encontré con mi fugaz anfitrión de horas antes. Me paré, lo saludé, me invitó a entrar a descansar otro rato (porque todavía había sitio, me dijo) y no lo pensé dos veces… y creo que nunca me alegraré bastante de haberlo hecho.

Porque allí viví, con él, el regreso de los que se habían ido al fútbol, un regreso que se oyó antes de verse por los cánticos y grupos de quienes regresaban victoriosos y clasificados por primera vez en su vida para una final europea. Allí pude jugar a identificar (por las caritas, como decía mi anfitrión) a quienes eran seguidores del Sevilla y a los hinchas del otro equipo de la ciudad, el Betis, no tan contentos en una noche así. Allí probé el rebujito, un invento entre sevillano y rociero para mejor aguantar tanta bebida sin castigar tanto el cuerpo. Allí me tomé unos langostinos que ni en Sanlúcar creo que los mejoren y un jamón con los olores y sabores de Jabugo, Los Pedroches y Guijuelo juntos. Allí hablé y hablé, y me enteré de cosas, y conocí a gente, y supe por qué a las tantas de la madrugada te sacan unas tazas de caldo que te dejan el cuerpo para empezar de nuevo. Y allí, cuando en un momento determinado vi que eran las seis de la mañana, dejé a un grupo de amigos que antes eran desconocidos para mí y ahora me decían que me esperaban otro día.

Y ahora aquí, enfrentado al ordenador, me doy cuenta de que todo ha pasado en apenas veinticuatro horas y que si le contara a muchos de mis amigos lo que he vivido, conocido y disfrutado en tan poco tiempo, me dirían que estoy loco. Por eso quiero terminar ya estas líneas y mandárosla. ¡Porque estoy deseando volver a ese bendito manicomio!.

José Ramón Álvarez