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Mota
del Cuervo, tribuna de La Mancha
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El recorrido a través de los entretejidos y polvorientos
caminos del corazón de La Mancha permite en la
lejanía vislumbrar desaforadas siluetas que inmediatamente
nos retrotraen a las páginas de El Quijote: ¿son
gigantes que acechan con sus brazos de casi dos
leguas? ¿o acaso molinos de viento volteando sus
aspas? ¿las dos cosas a la vez, quizá? Sobre el
vértice inferior izquierdo del imaginario pentágono
irregular que da forma a la provincia de Cuenca,
en su extremo sudoeste, se enclava Mota del Cuervo,
La Mota, como es conocida en sus alrededores.
Pueblo peculiar, diverso, de enorme influencia
en la comarca y, sobre todo, estrictamente manchego,
legítimo depositario, con permiso de la globalización,
de aquella más pura esencia del primigenio mancheguismo
como cultura, como forma de vida, como poderoso
nexo de relación entre sus gentes y de éstas con
el resto del mundo.
Mota del Cuervo, ancestral tierra de paso, se
emplaza estratégicamente como espacio de convergencia
de cuatro provincias castellano-manchegas (Ciudad
Real, Toledo, Albacete y Cuenca), de cuyas capitales,
al igual que de Madrid, apenas separan 100 Km.
La villa es hoy punto de intersección de dos carreteras
nacionales: N-420 (Córdoba-Tarragona) y N-301
(Madrid-Alicante).
Los
caminos que unen norte y sur, este y oeste, confluyen
aquí. Si retrocedemos varios cientos de años,
en el siglo XVII Cervantes arroja luz sobre
esta condición: "En esto, llegó a un camino
que en cuatro se dividía, y luego se le vino a
la imaginación las encrucijadas donde los caballeros
andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos
tomarían,...". El Quijote estaba justo en
el "Carril de los Valencianos" o "Camino
de los Pimenteros", vía que sirvió para las
transacciones entre el entonces pujante Levante
español y el centro peninsular, principalmente
Toledo y Madrid. Desde entonces hasta hace no
mucho, se han sucedido las generaciones de arrieros
que han atravesado estas tierras en su ruta mercantil.
También, como zona de paso, Mota del Cuervo forma
parte del "Camino de Levante" en la Ruta
de peregrinación a Santiago de Compostela.
Un balcón para molinos que fueron gigantes.
Primer lugar, y de obligada visita en La Mota,
es el pequeño montículo a cuyo pie está instalado
el casco urbano y que aporta el cincuenta por
ciento del sentido toponímico a la villa; Emilio
Nieto Ballester define en su diccionario de
topónimos que una mota era, dentro de la terminología
militar medieval, un terraplén sobre el que se
alzaba una fortificación, incluso así se denominaba
la fortificación misma. En esta serrezuela la
Orden Militar de Santiago erigió un pequeño castillo
derrocado a finales del siglo XV por orden del
Marqués de Villena. Es el paraje conocido como
"Balcón de La Mancha". Y no erraron quienes
apellidaron así este montículo. Desde este mirador,
lanzar la vista hacia delante faculta para descubrir
los confines de la llanura manchega. En los días
más despejados se acredita cómo el contundente
cielo azul se desploma al igual que una losa sobre
el añejo terreno manchego, incluso se puede percibir
en la lejanía Despeñaperros, nada menos que a
casi doscientos kilómetros. Estamos ante una tierra
rigurosamente llana, silenciosa, cuyos límites
físicos únicamente los fija el ojo humano. Es
la exquisitez de la monotonía.
Coronando
el "Balcón de la Mancha" hay siete imponentes
monumentos. En los años finales del siglo XVIII
el viajero francés Barón de Bourgoing queda fascinado
por sus, en aquel entonces, "doce molinos de viento
colocados como en orden de batalla". Hoy contamos
siete, pero fueron más: el Catastro de Ensenada
(1752) da cuenta de la presencia de 15, llegando
a ser 18 en el siglo XIX e incluso se habla de
23, aunque de esta última cifra no ha prueba documental.
Independientemente de estas variaciones contables
se estima que su presencia en estas lomas se remonta
a principios del siglo XVI. Cada uno de estos
"briareos" tiene nombre propio: "El Piqueras",
"El Cervantes", "El Gigante", "El Goethe", "El
Irak", "El Frank Grillparzer", todos ellos dedicados
a algunos países que colaboraron en su reconstrucción,
excepto "El Piqueras", el cual rinde honor a Joaquín
Piqueras, fundador en 1955 de la Asociación Amigos
de los Molinos. Y separado de los demás queda
"El Zurdo", el más antiguo de todos, el más emblemático,
y especialmente peculiar ya que sus aspas giran
a izquierdas, de ahí su nombre. Hoy por hoy, algunos
de estos molinos han sido habilitados con diferentes
funciones para que sean instrumentos de difusión
cultural; así "El Piqueras" alberga un Museo de
Agricultura dedicado a la exposición de utensilios
de la vida tradicional manchega, estrechamente
vinculada al campo; por su parte "El Gigante"
es el Museo de la Molienda, inaugurado el 28 de
mayo de 1999, alberga toda la maquinaria necesaria
para moler, espectáculo único que se puede contemplar
todos los primeros domingos de mes además de en
otras ocasiones especiales, como homenaje que
rinde este pueblo molinero al desaparecido oficio
que el viento procuraba.
Contemplar in situ, poder tocar con tus propias
manos el escenario mismo de una novela que hemos
leído, que hemos vivido, que nos ha emocionado,
es una sensación difícil de explicar; este es
el argumento que Masako, una turista japonesa,
me dio cuando le pregunté porqué se le saltaban
las lágrimas al ver estos molinos.
¿Un pueblo o varios?
Justo a la falda del "Balcón de La Mancha" se
emplazan los subconjuntos que se agrupan conformando
la totalidad del casco urbano de Mota del Cuervo.
Mucho se ha perdido, pero aún se conservan significativos
restos dando fe de la enorme influencia que esta
villa, integrada desde 1353 en el Común de La
Mancha, ejerció en su entorno.
La Plaza Mayor, centro de la localidad, está presidida
por la torre y los portales del Ayuntamiento,
un edificio que se presume tuviera funciones de
monasterio aunque no existe documentación que
lo corrobore. Lo que sí albergó, hasta hace no
mucho tiempo fue, una cárcel que hoy es la Casa
de Cultura. Enfrente del Consistorio hay una casa
señorial datada hacia 1778 y que acoge varias
dependencias municipales. Inmediatamente a continuación,
ya en la calle Mayor, la Casa señorial de los
Condes de Campillos, probablemente del siglo XV,
se constituye como uno de los mejores ejemplos
de construcción señorial manchega albergando en
su fachada el escudo condal. Avanzando por la
misma calle la muy reformada Casa de Fray Alonso
Cano, fue en tiempos pasados otro de estos
más representativos edificios.
Uno de estos subconjuntos más importantes es el
que se desarrolla entorno a la Plaza de Cervantes,
antigua Plaza del Toril o del Coso, denominada
así por estar destinada a los festejos taurinos,
y conocida también como "plaza del mercado" porque
durante años se dedicó a albergar el mercadillo
municipal. A su alrededor se suceden las antiguas
casas solariegas que, entre los siglos XVI y XVIII,
pertenecieron a nobles o a hidalgos. Siguiendo
el modelo marcado por el Toril, la Plaza del Verdinal,
donde se ubica el añoso Convento de los Trinitarios,
y la joven Plaza de Francisco Ruiz Jarabo se constituyen
como espacios abiertos sobre los que se agrupan
parte de los barrios de la villa. En la Plaza
de la Tercia encontramos el edificio que da nombre
a la misma, gruesa construcción exenta, de planta
rectangular, con un origen que se remonta a la
época de los Reyes Católicos y cuya finalidad
era fiscal, ya que en él se guardaba el grano
procedente de los diezmos que se cobraba a los
campesinos.
La arquitectura civil histórica de Mota del Cuervo
se completa con la presencia del antiguo Hospital
de Pobres, perteneciente a la Orden de Santiago
y que guarda en su interior un fresco representando
a Cristo crucificado en lamentable estado de conservación,
al igual que el resto del edificio.
Pero si en Mota del Cuervo hay un barrio que destaca
por su peculiaridad ese es Las Cantarerías, situado
en el NE del casco y gran parte de él agrupado
alrededor de la Plaza de la Cruz Verde. La barriada,
probablemente de origen mudéjar, debe su nombre
a la actividad económica que durante siglos han
desempeñado sus habitantes: la elaboración y comercialización
de cántaros y otros utensilios de alfarería; una
fabricación, única y exclusivamente, desarrollada
por mujeres: las cantareras. Ahí, en esa plaza,
es donde se ubica el monumento a esa alfarera
cuyas manos moldearon tantos y tantos cántaros.
Justo detrás está el Horno de la Cruz Verde, el
único superviviente de hasta 7 que funcionaban
semanalmente en los años 30. Hoy, la actividad
del cántaro es meramente residual, sin duda, un
excelente y laborioso trabajo artesano, y más
en estos tiempos que corren en los que basta con
apretar un botón para parar el mundo. Asombra
oír cómo los viejos del lugar rememoran tiempos
en los que la alfarería suponía un valioso pilar
económico de Las Cantarerías y de Mota del Cuervo.
Y es que muy probablemente, la peculiaridad de
este barrio estribe en que tiene alma, alma de
mujer.
En cuanto a la arquitectura religiosa, además
de cinco ermitas de las que la más sublime es
la de San Sebastián, la renacentista Iglesia Parroquial
de San Miguel Arcángel sobresale como uno de los
más importantes exponentes de este tipo de construcciones
en el siglo XVI en toda la provincia de Cuenca.
Su planta se resume en tres naves divididas en
tres tramos desiguales, cabecera de planta poligonal
y coro elevado a los pies. En los primeros años
del siglo XVI se inició la construcción de la
iglesia cuyas obras se extendieron hasta el siglo
XVII, fue entonces cuando se reformó la cabecera,
sustituyendo las bóvedas de crucería por las cúpulas
que hoy cierran el recinto. Tiene dos puertas
de acceso: la del mediodía, muy sobria, se limita
a un arco de medio punto entre dos columnas dóricas
que sostienen un frontón triangular. Más espectacular
es la portada del lado norte, plateresca, realizada
a mediados del siglo XVI y compuesta por un arco
enmarcado entre dos pares de columnas corintias
elevadas sobre unos plintos que termina en un
frontón semicircular con el tímpano decorado con
una venera. En esta portada aparecen los símbolos
de la Orden de Santiago. San Miguel Arcángel fue
declarada Bien de Interés Cultural con la categoría
de Monumento en 1990. Unos metros más abajo de
la Iglesia, una casa que luce en su fachada el
conocido como "escudo de la Inquisición" nos confirma
que siglos atrás esta tierra no estuvo exenta
de las rigurosas prácticas del Santo Oficio.
Deleite de los sentidos.
Bajando unos ocho kilómetros al sur de Mota del
Cuervo topamos con un pequeño oasis en mitad de
la planicie manchega: hace acto de presencia el
complejo lagunar conformado por la Laguna de Manjavacas,
Sánchez-Gómez, La Dehesilla, Alcahozo, Megarejo
y Navalengua. Un magnífico conjunto lagunar endorreico
cuyo interés paisajístico se ve sobrepasado por
su incalculable valor biológico ya que se conforma
como una estratégica estación de descanso, alimento
y nidificación para una formidable variedad faunica.
No hay duda de que la mejor época para ver aves
aquí es la primavera. La Laguna de Manjavacas
alberga un excelente catálogo que abarca desde
el zampullín cuellinegro, fochas, pato colorado,
cigüeñela, o el ánade real, hasta las garzas imperiales,
los aguiluchos laguneros, e incluso flamencos,
pasando por decenas de especies, algunas de ellas
en peligro de extinción. Si tenemos suerte, quizás
veamos volando entre las viñas, un ave similar
a una gaviota, pero más pequeña: la pagaza piconegra.
Es por todo esto por lo que este conjunto lagunar
ha sido declarado como ZEPA (Zona Especial de
Protección Animal), de igual forma que en la década
de los setenta se declaró Humedal de Importancia
Internacional por la Conferencia de Ramsar.
El término municipal de Mota del Cuervo se consuma
por el suroeste con uno de sus monumentos naturales
más simbólicos: la encina milenaria o "carrasca
grande", junto al río Záncara, con un tronco que,
dicen, sólo puede ser rodeado por seis personas
y bajo cuya sombra caben mil ovejas.
Un paisaje que se completa con miles de hileras
de viña, las cuales, formando parcelas perfectamente
ajedrezadas, parirán en septiembre zagarrones,
verdinales, sandogales, manjavacas, benengelis
o veroneses. Lágrimas de Baco transmutadas en
el celebrado vino manchego, cuya presencia en
las más exigentes mesas lo definen hoy por hoy
como el más importante embajador de La Mancha
en el mundo. Uno caldo que junto a la especialización
de la zona en la cría del ajo, el tesoro morado,
convierten Mota del Cuervo en uno de los baluartes
de la apreciada gastronomía manchega. Cualidad
que, por si quedase alguna duda, se reafirma diariamente
en la artesanal elaboración de lo que para algunos
es el mejor pan del mundo: el candeal o pan "sobao".
Es pues, Mota del Cuervo, una villa que conserva,
sin desdeñar los progresos en los que se desarrolla
el nuevo milenio, prácticamente intacta su convicción
de pueblo-paisaje manchego ensamblada a una ilimitada
pasión por mantener viva cultura que mansamente
se ha ido labrando a base de trabajo, leyenda,
historia y viento.
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