Mota del Cuervo, tribuna de La Mancha

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Sergio Cano España

El recorrido a través de los entretejidos y polvorientos caminos del corazón de La Mancha permite en la lejanía vislumbrar desaforadas siluetas que inmediatamente nos retrotraen a las páginas de El Quijote: ¿son gigantes que acechan con sus brazos de casi dos leguas? ¿o acaso molinos de viento volteando sus aspas? ¿las dos cosas a la vez, quizá? Sobre el vértice inferior izquierdo del imaginario pentágono irregular que da forma a la provincia de Cuenca, en su extremo sudoeste, se enclava Mota del Cuervo, La Mota, como es conocida en sus alrededores. Pueblo peculiar, diverso, de enorme influencia en la comarca y, sobre todo, estrictamente manchego, legítimo depositario, con permiso de la globalización, de aquella más pura esencia del primigenio mancheguismo como cultura, como forma de vida, como poderoso nexo de relación entre sus gentes y de éstas con el resto del mundo.

Mota del Cuervo, ancestral tierra de paso, se emplaza estratégicamente como espacio de convergencia de cuatro provincias castellano-manchegas (Ciudad Real, Toledo, Albacete y Cuenca), de cuyas capitales, al igual que de Madrid, apenas separan 100 Km. La villa es hoy punto de intersección de dos carreteras nacionales: N-420 (Córdoba-Tarragona) y N-301 (Madrid-Alicante).

Los caminos que unen norte y sur, este y oeste, confluyen aquí. Si retrocedemos varios cientos de años, en el siglo XVII Cervantes arroja luz sobre esta condición: "En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquellos tomarían,...". El Quijote estaba justo en el "Carril de los Valencianos" o "Camino de los Pimenteros", vía que sirvió para las transacciones entre el entonces pujante Levante español y el centro peninsular, principalmente Toledo y Madrid. Desde entonces hasta hace no mucho, se han sucedido las generaciones de arrieros que han atravesado estas tierras en su ruta mercantil. También, como zona de paso, Mota del Cuervo forma parte del "Camino de Levante" en la Ruta de peregrinación a Santiago de Compostela.


Un balcón para molinos que fueron gigantes.


Primer lugar, y de obligada visita en La Mota, es el pequeño montículo a cuyo pie está instalado el casco urbano y que aporta el cincuenta por ciento del sentido toponímico a la villa; Emilio Nieto Ballester define en su diccionario de topónimos que una mota era, dentro de la terminología militar medieval, un terraplén sobre el que se alzaba una fortificación, incluso así se denominaba la fortificación misma. En esta serrezuela la Orden Militar de Santiago erigió un pequeño castillo derrocado a finales del siglo XV por orden del Marqués de Villena. Es el paraje conocido como "Balcón de La Mancha". Y no erraron quienes apellidaron así este montículo. Desde este mirador, lanzar la vista hacia delante faculta para descubrir los confines de la llanura manchega. En los días más despejados se acredita cómo el contundente cielo azul se desploma al igual que una losa sobre el añejo terreno manchego, incluso se puede percibir en la lejanía Despeñaperros, nada menos que a casi doscientos kilómetros. Estamos ante una tierra rigurosamente llana, silenciosa, cuyos límites físicos únicamente los fija el ojo humano. Es la exquisitez de la monotonía.

Coronando el "Balcón de la Mancha" hay siete imponentes monumentos. En los años finales del siglo XVIII el viajero francés Barón de Bourgoing queda fascinado por sus, en aquel entonces, "doce molinos de viento colocados como en orden de batalla". Hoy contamos siete, pero fueron más: el Catastro de Ensenada (1752) da cuenta de la presencia de 15, llegando a ser 18 en el siglo XIX e incluso se habla de 23, aunque de esta última cifra no ha prueba documental. Independientemente de estas variaciones contables se estima que su presencia en estas lomas se remonta a principios del siglo XVI. Cada uno de estos "briareos" tiene nombre propio: "El Piqueras", "El Cervantes", "El Gigante", "El Goethe", "El Irak", "El Frank Grillparzer", todos ellos dedicados a algunos países que colaboraron en su reconstrucción, excepto "El Piqueras", el cual rinde honor a Joaquín Piqueras, fundador en 1955 de la Asociación Amigos de los Molinos. Y separado de los demás queda "El Zurdo", el más antiguo de todos, el más emblemático, y especialmente peculiar ya que sus aspas giran a izquierdas, de ahí su nombre. Hoy por hoy, algunos de estos molinos han sido habilitados con diferentes funciones para que sean instrumentos de difusión cultural; así "El Piqueras" alberga un Museo de Agricultura dedicado a la exposición de utensilios de la vida tradicional manchega, estrechamente vinculada al campo; por su parte "El Gigante" es el Museo de la Molienda, inaugurado el 28 de mayo de 1999, alberga toda la maquinaria necesaria para moler, espectáculo único que se puede contemplar todos los primeros domingos de mes además de en otras ocasiones especiales, como homenaje que rinde este pueblo molinero al desaparecido oficio que el viento procuraba.

Contemplar in situ, poder tocar con tus propias manos el escenario mismo de una novela que hemos leído, que hemos vivido, que nos ha emocionado, es una sensación difícil de explicar; este es el argumento que Masako, una turista japonesa, me dio cuando le pregunté porqué se le saltaban las lágrimas al ver estos molinos.


¿Un pueblo o varios?


Justo a la falda del "Balcón de La Mancha" se emplazan los subconjuntos que se agrupan conformando la totalidad del casco urbano de Mota del Cuervo. Mucho se ha perdido, pero aún se conservan significativos restos dando fe de la enorme influencia que esta villa, integrada desde 1353 en el Común de La Mancha, ejerció en su entorno.

La Plaza Mayor, centro de la localidad, está presidida por la torre y los portales del Ayuntamiento, un edificio que se presume tuviera funciones de monasterio aunque no existe documentación que lo corrobore. Lo que sí albergó, hasta hace no mucho tiempo fue, una cárcel que hoy es la Casa de Cultura. Enfrente del Consistorio hay una casa señorial datada hacia 1778 y que acoge varias dependencias municipales. Inmediatamente a continuación, ya en la calle Mayor, la Casa señorial de los Condes de Campillos, probablemente del siglo XV, se constituye como uno de los mejores ejemplos de construcción señorial manchega albergando en su fachada el escudo condal. Avanzando por la misma calle la muy reformada Casa de Fray Alonso Cano, fue en tiempos pasados otro de estos más representativos edificios.

Uno de estos subconjuntos más importantes es el que se desarrolla entorno a la Plaza de Cervantes, antigua Plaza del Toril o del Coso, denominada así por estar destinada a los festejos taurinos, y conocida también como "plaza del mercado" porque durante años se dedicó a albergar el mercadillo municipal. A su alrededor se suceden las antiguas casas solariegas que, entre los siglos XVI y XVIII, pertenecieron a nobles o a hidalgos. Siguiendo el modelo marcado por el Toril, la Plaza del Verdinal, donde se ubica el añoso Convento de los Trinitarios, y la joven Plaza de Francisco Ruiz Jarabo se constituyen como espacios abiertos sobre los que se agrupan parte de los barrios de la villa. En la Plaza de la Tercia encontramos el edificio que da nombre a la misma, gruesa construcción exenta, de planta rectangular, con un origen que se remonta a la época de los Reyes Católicos y cuya finalidad era fiscal, ya que en él se guardaba el grano procedente de los diezmos que se cobraba a los campesinos.

La arquitectura civil histórica de Mota del Cuervo se completa con la presencia del antiguo Hospital de Pobres, perteneciente a la Orden de Santiago y que guarda en su interior un fresco representando a Cristo crucificado en lamentable estado de conservación, al igual que el resto del edificio.

Pero si en Mota del Cuervo hay un barrio que destaca por su peculiaridad ese es Las Cantarerías, situado en el NE del casco y gran parte de él agrupado alrededor de la Plaza de la Cruz Verde. La barriada, probablemente de origen mudéjar, debe su nombre a la actividad económica que durante siglos han desempeñado sus habitantes: la elaboración y comercialización de cántaros y otros utensilios de alfarería; una fabricación, única y exclusivamente, desarrollada por mujeres: las cantareras. Ahí, en esa plaza, es donde se ubica el monumento a esa alfarera cuyas manos moldearon tantos y tantos cántaros. Justo detrás está el Horno de la Cruz Verde, el único superviviente de hasta 7 que funcionaban semanalmente en los años 30. Hoy, la actividad del cántaro es meramente residual, sin duda, un excelente y laborioso trabajo artesano, y más en estos tiempos que corren en los que basta con apretar un botón para parar el mundo. Asombra oír cómo los viejos del lugar rememoran tiempos en los que la alfarería suponía un valioso pilar económico de Las Cantarerías y de Mota del Cuervo. Y es que muy probablemente, la peculiaridad de este barrio estribe en que tiene alma, alma de mujer.

En cuanto a la arquitectura religiosa, además de cinco ermitas de las que la más sublime es la de San Sebastián, la renacentista Iglesia Parroquial de San Miguel Arcángel sobresale como uno de los más importantes exponentes de este tipo de construcciones en el siglo XVI en toda la provincia de Cuenca. Su planta se resume en tres naves divididas en tres tramos desiguales, cabecera de planta poligonal y coro elevado a los pies. En los primeros años del siglo XVI se inició la construcción de la iglesia cuyas obras se extendieron hasta el siglo XVII, fue entonces cuando se reformó la cabecera, sustituyendo las bóvedas de crucería por las cúpulas que hoy cierran el recinto. Tiene dos puertas de acceso: la del mediodía, muy sobria, se limita a un arco de medio punto entre dos columnas dóricas que sostienen un frontón triangular. Más espectacular es la portada del lado norte, plateresca, realizada a mediados del siglo XVI y compuesta por un arco enmarcado entre dos pares de columnas corintias elevadas sobre unos plintos que termina en un frontón semicircular con el tímpano decorado con una venera. En esta portada aparecen los símbolos de la Orden de Santiago. San Miguel Arcángel fue declarada Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento en 1990. Unos metros más abajo de la Iglesia, una casa que luce en su fachada el conocido como "escudo de la Inquisición" nos confirma que siglos atrás esta tierra no estuvo exenta de las rigurosas prácticas del Santo Oficio.

Deleite de los sentidos.

Bajando unos ocho kilómetros al sur de Mota del Cuervo topamos con un pequeño oasis en mitad de la planicie manchega: hace acto de presencia el complejo lagunar conformado por la Laguna de Manjavacas, Sánchez-Gómez, La Dehesilla, Alcahozo, Megarejo y Navalengua. Un magnífico conjunto lagunar endorreico cuyo interés paisajístico se ve sobrepasado por su incalculable valor biológico ya que se conforma como una estratégica estación de descanso, alimento y nidificación para una formidable variedad faunica. No hay duda de que la mejor época para ver aves aquí es la primavera. La Laguna de Manjavacas alberga un excelente catálogo que abarca desde el zampullín cuellinegro, fochas, pato colorado, cigüeñela, o el ánade real, hasta las garzas imperiales, los aguiluchos laguneros, e incluso flamencos, pasando por decenas de especies, algunas de ellas en peligro de extinción. Si tenemos suerte, quizás veamos volando entre las viñas, un ave similar a una gaviota, pero más pequeña: la pagaza piconegra. Es por todo esto por lo que este conjunto lagunar ha sido declarado como ZEPA (Zona Especial de Protección Animal), de igual forma que en la década de los setenta se declaró Humedal de Importancia Internacional por la Conferencia de Ramsar.

El término municipal de Mota del Cuervo se consuma por el suroeste con uno de sus monumentos naturales más simbólicos: la encina milenaria o "carrasca grande", junto al río Záncara, con un tronco que, dicen, sólo puede ser rodeado por seis personas y bajo cuya sombra caben mil ovejas.

Un paisaje que se completa con miles de hileras de viña, las cuales, formando parcelas perfectamente ajedrezadas, parirán en septiembre zagarrones, verdinales, sandogales, manjavacas, benengelis o veroneses. Lágrimas de Baco transmutadas en el celebrado vino manchego, cuya presencia en las más exigentes mesas lo definen hoy por hoy como el más importante embajador de La Mancha en el mundo. Uno caldo que junto a la especialización de la zona en la cría del ajo, el tesoro morado, convierten Mota del Cuervo en uno de los baluartes de la apreciada gastronomía manchega. Cualidad que, por si quedase alguna duda, se reafirma diariamente en la artesanal elaboración de lo que para algunos es el mejor pan del mundo: el candeal o pan "sobao".

Es pues, Mota del Cuervo, una villa que conserva, sin desdeñar los progresos en los que se desarrolla el nuevo milenio, prácticamente intacta su convicción de pueblo-paisaje manchego ensamblada a una ilimitada pasión por mantener viva cultura que mansamente se ha ido labrando a base de trabajo, leyenda, historia y viento.