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Elche:
un misterio de seis siglos
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Lola Clement
Escribo tras una noche agitada de petardeos y
algunos incidentes: me dicen que más de 25 heridos,
de los cuales al menos dos graves, han resultado
de las tradicionales carretillas en la Nit
del Albá de Elche. Los petardos buscapiés,
un año más de imprudencias, colapsaron los puestos
de socorro aunque, afortunadamente, sin consecuencias
irreparables. Viajar a Elche desde Madrid, como
fuimos nosotros convocados por un amigo locsal,
para ver uno de los ensayos del Misteri
y asistir a la Nit d'Albá, merece la pena pese
a las cuatro horas de viaje encarecido por las
nuevas autopistas de peaje.
Elche, Elx, no merece grandemente una visita,
excepto para los muy aficionados a las palmeras,
a los dátiles y al arroz con costra local que,
en mi opinión, queda ampliamente superado por
cualquier arroz a banda o por una paella clásica
bien hecha.
Pero lo del Misteri es, que me perdonen
los ortodoxos pero yo la equipararía a una obra
de teatro religiosa (se representa en la basílica
de Santa María), pero de tintes más bien paganos.
El Misteri, excepcionalmente autorizado
en Elche por un Concilio de Trento que más bien
se dedicó a prohibir toda representación religioso-teatral,
se refiere a la asunción de la Virgen a los cielos
tras su muerte, impresionantemente escenificada
por actores y cantantes locales que, nada tienen
de profesionales, aunque su actuación, incluida
la de los niños, es, simplemente, espectacular.
Y,
así, asistimos a una representación secular que
tiene elementos de gran efectismo como el descenso
de ángeles desde la bóveda de la basílica (incluyendo
uno con un arpa y todo) o el ascenso de la Virgen
ya muerta hasta los cielos por la misma vía. El
público, que en el ensayo que yo presencié abarrotaba
la sofocante basílica, acompaña en todo momento
las dos partes de la representación.
Y luego, la Nit de alba, que es un estallido de
fuegos artificiales por toda la ciudad, e ilumina
los palmerales de Elche hasta la medianoche. Desde
las terrazas ilicitanas puede verse el asombroso
espectáculo de luz, color y ruido que supone la
explosión de cientos de palmeras (castillos de
fuegos artificiales, lanzadas desde empresas o
por particulares y, finalmente, desde la torre
de la basílica, que concluye siempre con un vistoso
árbol de luz que hace que la noche parezca durante
un instante el día. Luego, la oscuridad, el españolísimo
himno de Elche y vuelta a los ruidos y alas peligrosísimas
carretillas de petardos buscapiés por las calles,
que este año han provocado un herido grave y 25
leves. Parece que es lo habitual de cada año.
Si usted va a Elche, aproveche para ver en el
Palacio de Altamira, a la Dama, prestada por el
Museo Arquelógico Nacional de Madrid, donde nadie
va nunca a visitarla, mientras en su ciudad las
colas para rendirle pleitesía son infinitas. No
soy natural de esta ciudad, pero me parecería
un crimen que esta vieja dama, de aspecto tan
juvenil a través de los siglos, regresase a su
aburrimiento del museo madrileño: déjenla vivir
allí donde le corresponde, que es esta ciudad
algo incómoda y zapatera (fabricantes de zapatos),
en la que por cierto, les desaconsejo pernoctar
en el tradicional hotel El huerto del cura, aunque
rodeado de espléndidos palmerales ha desarrollado
un servicio verdaderamente temible.
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