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Aprendiendo
a caminar
Lea
la crónica sobre Toledo, de Jesús
M. Sarmiento
Lea
la crónica sobre Cantarranas
(Madrid), de Antonio L. Bravío
Participe
en nuestro concurso sobre crónicas
de viajes
Aurelio Español Castejón
Me parecía absurdo, estúpido, pretencioso,
diletante, qué sé yo… Pero aquella mañana
tuve la impresión de que yo no sabía
vivir y de que, ni tan siquiera, sabía
caminar. ¡Tantos años, tantos viajes,
tantas experiencias,…!. Pero la sensación,
aunque meramente intuitiva, era muy
real. Había pasado por cientos de lugares
y de ciudades, y en todos ellos yo había
sido el ser superior, el dominador del
espacio que se me ofrecía. Todo estaba
siempre bajo mi control. Yo era siempre
un viajero que dirigía mis pasos y que
dirigía el espacio que me apetecía..
Y,
de repente, había comprendido que me
faltaba humildad. ¿Para qué?: para admirarme
ingenuamente, para entrar en los espacios
pidiendo consejo, pidiendo ayuda, pidiendo
permiso. Pero, decidí, eso iba a cambiar
aquella mañana: iba a aprender a caminar.
Como lo haría un niño.
Estaba en Santander, en un hotel del
Sardinero. Había desayunado en mi habitación,
mirando al mar ("soñé", como
Jorge Sepúlveda) y, cuando sorbía
el café en una taza de muy alegre colorido,
comprendí que la orilla de aquel mar
y aquellos árboles, cafeterías y paseos
que se ofrecían ante mis ojos no eran
objetos de mero consumo para usar y
tirar, sino que eran mundos y mundos,
ricos y complejos, que sólo podían ser
descubiertos entrando en ellos con la
curiosidad de un científico, con el
fervor de un creyente, con la ingenuidad
de un niño.
No voy a entrar en detalles nimios sobre
cómo me informaron en el hotel y cómo
planifiqué la jornada. El caso es que
me presentaron a un matrimonio, muy
amable, dispuesto a acercarme en su
coche hasta el faro de Cabo Mayor. Allí
aparcaron su coche y allí me dejaron.
Ellos se fueron a caminar por los alrededores
y yo me quedé, solo, contemplando el
mar.
Era el mar, el viento, el horizonte,
la inmensidad incomprensible. Mis ojos
se llenaron de colores y de sueños vagos,
y en mi cabeza comenzó a asomar y a
desfilar una sucesión continua de pensamientos.
Pensar, soñar, imaginar,…Salí de mí
mismo y me dejé envolver por el infinito
- hermoso y sugerente - de aquel horizonte
mágico.
Pasó
un tiempo sin tiempo. Allí estaban el
horizonte y el mar, reales, como un
espectáculo maravilloso. Caminé por
los alrededores del faro, sólido y blanco,
y me acerqué al pretil del mirador.
Recorrí con mis ojos las escarpadas
rocas, admiré la belleza de las espumas,
que se corregían continuamente unas
a otras, y me sumergí en una agolpada
y sobrecogedora sucesión de ideas de
vida y de muerte. Era doloroso y placentero
al mismo tiempo. Pensaba en la muerte,
pero en una muerte que estaba plenamente
cargada de vida.
Después, volví al tiempo. Me sentía
cargado de energía y de ilusión. Bajé,
caminando por la carretera, unos pocos
minutos, hasta una pequeña vía que me
condujo a otro mirador, sobre una pequeña
playa - la de Mataleñas - que formaba
un amplio semicilindro vertical. La
arena escasa, - estábamos en la pleamar
- y limpia estaba festoneada de rocas
y matorrales. Una numerosa pandilla
de adolescentes y dos o tres familias
disfrutaban bajo el sol de mediodía.
Me senté en un banco de piedra sobre
aquella playa y continué con la deliciosa
ensoñación iniciada, minutos antes,
junto al faro. Mi mente vagó primero
por entre la arena y las olas y, después,
voló hacia el horizonte acariciando
todos los barcos de pesca que se encontraron
con mis ojos.
Los gritos de la pandilla de adolescentes
se iban agudizando mientras éstos preparaban
la vuelta a sus casas. Debía de ser,
ya, la hora de comer, por lo que emprendí
la bajada hacia el Sardinero por una
senda sencilla y casi primitiva, bordeando
un campo de golf. En pocos minutos amanecí
junto a las playas del Sardinero y me
dispuse a encontrar un local en el que
pudiera disfrutar de una comida agradable.
Así fue. Primero me sirvieron un plato
con abundante y sustancioso cocido montañés.
Lo saboreé, hambriento como estaba,
y ya me daba por contento cuando me
ofrecieron una sartén de chipirones
encebollados, brillantes y jugosos,
que devoré con una inmensa satisfacción.
Terminé la comida con un plato de quesos
variados y un café de puchero. El precio
muy razonable y el servicio cordial
y atento. Muy feliz, me dispuse a continuar
mi paseo para disfrutar de los encantos
de aquellas playas y para ayudar con
el ejercicio a una buena digestión.
China chana, paso a paso, entre
flores y tamarindos, caminaba mirando
al
mar. La gente a mi alrededor transmitía
una sensación de relajo muy generalizada
y contagiosa. A los niños los veía felices.
Alguno vi recibiendo una pequeña zurra
o un grito de sus padres cuando saltaba
por las barandillas; pero lo aceptaba
tranquilo, como una forma normal de
relación de cariño y de protección,
con un mínimo y justo componente jerárquico.
Todo aquel escenario, aquellos personajes
que me acompañaban en mi caminar reflejaban
la armonía del paisaje. Percibía un
equilibrio y amable en las miradas.
¿Sería real o sólo fruto de mi satisfacción
por la buena comida y el delicioso paseo?.
Así llegué tranquilamente hasta la península
de la Magdalena. Me adentré por ella.
Recorrí sus sendas. Admiré la sólida
y acogedora arquitectura del palacio
y las caballerizas. Continué mirando
al mar, entre paso y paso. Curioseé
el dormitar de los animales del pequeño
zoológico. Leí las placas explicativas
de barcos muy marineros. Volví a saborear
el sonido y el mover de las olas. Acaricié
los árboles. Entré dentro de mí y me
pregunté cómo y por qué la vida me había
llevado a aquel lugar y a aquel momento.
¡La vida! Unas veces dolor, una cadena
de sufrimientos que pueden ser, o parecer,
interminables; otras veces alegría,
placer, bienestar. ¡Cuántas veces no
he sabido percibir la pequeña y, al
mismo tiempo, inmensa felicidad de momentos
como aquellos! Sentí vivamente que estaba
aprendiendo a vivir, a caminar, a sentir
y a sentirme en la pequeñez de lo infinito.
Salí de la Magdalena. Retomé el camino
de vuelta hacia el Sardinero. Llegué
a la colorida y bulliciosa plaza del
casino, de los hoteles, de las terrazas,
del mirador,… Por todo el camino había
miradores: cómodos, estratégicos, bellos,…
Seguí curioseando: colores, olores,
movimientos, sonidos. ..Deambulé por
todo aquel espacio durante horas. Después,
desde el mirador, tomé un camino hacia
los jardines de Piquío. Admiré la hermosura
de aquellos jardines, perfectamente
integrada con el paisaje marino. Luego,
proseguí mi camino y bajé hasta la orilla
de la playa. Me senté en un chiringuito
y me dispuse a descansar de mi largo
paseo. Con un refresco en la mano volví
a las ensoñaciones que me producían
el contemplar el mar y su horizonte.
Allí, sentado, pasé tiempo y tiempo.
Comenzaba a anochecer. Los barcos, grandes
y pequeños, iban encendiendo sus luces.
La costa se iba desdibujando. Aparecieron
encendidos los faros, a mi izquierda
y a mi derecha. Jugué a descifrar los
intervalos de sus guiños. Todo me resultaba
rítmico y acompasado. La temperatura
era deliciosa, aunque ya había refrescado
un punto. Anocheció lentamente y aparecieron
unas pocas estrellas desdibujadas por
la ligera bruma. Las conversaciones
a mi alrededor eran reposadas y espaciadas.
Alguna voz más alta, de cuando en cuando,
remarcaba el incesante trabajo de los
camareros y camareras. Todo me parecía
muy armonioso, como una pequeña sinfonía
improvisada por unos excelentes músicos:
el "tempo", la cadencia, los
acordes, los contrapuntos. Todo estaba
allí y yo estaba teniendo la satisfacción
de saborearlo. Nada importaba el pasado
ni el futuro. Yo estaba inmerso en la
totalidad de un día espléndido. Sabía
que era un simple peón de aquel universo
grandioso y, quizás, caótico. Pero el
azar me había colocado en un día y en
un lugar privilegiados.
Volví al hotel, cené ligeramente, terminé
de leer el periódico que apenas había
mirado por la mañana y me dormí enseguida
de apagar la luz.
Al día siguiente me desperté cuando
comenzaba el amanecer. Me asomé a la
terraza de mi habitación y contemplé
el grandioso espectáculo de luces y
formas que se estaba dibujando en el
cielo. Era una progresión bellísima
de colores. Estaba allí, ante mis ojos.
Y yo podía verla. Y sabía verla. Me
pareció que había aprendido a mirar.
O que estaba aprendiendo a mirar.
Aprendiendo a mirar. Aprendiendo a sentir.
Aprendiendo a caminar…
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