Aprendiendo a caminar

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Aurelio Español Castejón

Me parecía absurdo, estúpido, pretencioso, diletante, qué sé yo… Pero aquella mañana tuve la impresión de que yo no sabía vivir y de que, ni tan siquiera, sabía caminar. ¡Tantos años, tantos viajes, tantas experiencias,…!. Pero la sensación, aunque meramente intuitiva, era muy real. Había pasado por cientos de lugares y de ciudades, y en todos ellos yo había sido el ser superior, el dominador del espacio que se me ofrecía. Todo estaba siempre bajo mi control. Yo era siempre un viajero que dirigía mis pasos y que dirigía el espacio que me apetecía..

Y, de repente, había comprendido que me faltaba humildad. ¿Para qué?: para admirarme ingenuamente, para entrar en los espacios pidiendo consejo, pidiendo ayuda, pidiendo permiso. Pero, decidí, eso iba a cambiar aquella mañana: iba a aprender a caminar. Como lo haría un niño.

Estaba en Santander, en un hotel del Sardinero. Había desayunado en mi habitación, mirando al mar ("soñé", como Jorge Sepúlveda) y, cuando sorbía el café en una taza de muy alegre colorido, comprendí que la orilla de aquel mar y aquellos árboles, cafeterías y paseos que se ofrecían ante mis ojos no eran objetos de mero consumo para usar y tirar, sino que eran mundos y mundos, ricos y complejos, que sólo podían ser descubiertos entrando en ellos con la curiosidad de un científico, con el fervor de un creyente, con la ingenuidad de un niño.

No voy a entrar en detalles nimios sobre cómo me informaron en el hotel y cómo planifiqué la jornada. El caso es que me presentaron a un matrimonio, muy amable, dispuesto a acercarme en su coche hasta el faro de Cabo Mayor. Allí aparcaron su coche y allí me dejaron. Ellos se fueron a caminar por los alrededores y yo me quedé, solo, contemplando el mar.

Era el mar, el viento, el horizonte, la inmensidad incomprensible. Mis ojos se llenaron de colores y de sueños vagos, y en mi cabeza comenzó a asomar y a desfilar una sucesión continua de pensamientos. Pensar, soñar, imaginar,…Salí de mí mismo y me dejé envolver por el infinito - hermoso y sugerente - de aquel horizonte mágico.

Pasó un tiempo sin tiempo. Allí estaban el horizonte y el mar, reales, como un espectáculo maravilloso. Caminé por los alrededores del faro, sólido y blanco, y me acerqué al pretil del mirador. Recorrí con mis ojos las escarpadas rocas, admiré la belleza de las espumas, que se corregían continuamente unas a otras, y me sumergí en una agolpada y sobrecogedora sucesión de ideas de vida y de muerte. Era doloroso y placentero al mismo tiempo. Pensaba en la muerte, pero en una muerte que estaba plenamente cargada de vida.

Después, volví al tiempo. Me sentía cargado de energía y de ilusión. Bajé, caminando por la carretera, unos pocos minutos, hasta una pequeña vía que me condujo a otro mirador, sobre una pequeña playa - la de Mataleñas - que formaba un amplio semicilindro vertical. La arena escasa, - estábamos en la pleamar - y limpia estaba festoneada de rocas y matorrales. Una numerosa pandilla de adolescentes y dos o tres familias disfrutaban bajo el sol de mediodía. Me senté en un banco de piedra sobre aquella playa y continué con la deliciosa ensoñación iniciada, minutos antes, junto al faro. Mi mente vagó primero por entre la arena y las olas y, después, voló hacia el horizonte acariciando todos los barcos de pesca que se encontraron con mis ojos.

Los gritos de la pandilla de adolescentes se iban agudizando mientras éstos preparaban la vuelta a sus casas. Debía de ser, ya, la hora de comer, por lo que emprendí la bajada hacia el Sardinero por una senda sencilla y casi primitiva, bordeando un campo de golf. En pocos minutos amanecí junto a las playas del Sardinero y me dispuse a encontrar un local en el que pudiera disfrutar de una comida agradable.

Así fue. Primero me sirvieron un plato con abundante y sustancioso cocido montañés. Lo saboreé, hambriento como estaba, y ya me daba por contento cuando me ofrecieron una sartén de chipirones encebollados, brillantes y jugosos, que devoré con una inmensa satisfacción. Terminé la comida con un plato de quesos variados y un café de puchero. El precio muy razonable y el servicio cordial y atento. Muy feliz, me dispuse a continuar mi paseo para disfrutar de los encantos de aquellas playas y para ayudar con el ejercicio a una buena digestión.

China chana, paso a paso, entre flores y tamarindos, caminaba mirando al mar. La gente a mi alrededor transmitía una sensación de relajo muy generalizada y contagiosa. A los niños los veía felices. Alguno vi recibiendo una pequeña zurra o un grito de sus padres cuando saltaba por las barandillas; pero lo aceptaba tranquilo, como una forma normal de relación de cariño y de protección, con un mínimo y justo componente jerárquico. Todo aquel escenario, aquellos personajes que me acompañaban en mi caminar reflejaban la armonía del paisaje. Percibía un equilibrio y amable en las miradas. ¿Sería real o sólo fruto de mi satisfacción por la buena comida y el delicioso paseo?.

Así llegué tranquilamente hasta la península de la Magdalena. Me adentré por ella. Recorrí sus sendas. Admiré la sólida y acogedora arquitectura del palacio y las caballerizas. Continué mirando al mar, entre paso y paso. Curioseé el dormitar de los animales del pequeño zoológico. Leí las placas explicativas de barcos muy marineros. Volví a saborear el sonido y el mover de las olas. Acaricié los árboles. Entré dentro de mí y me pregunté cómo y por qué la vida me había llevado a aquel lugar y a aquel momento. ¡La vida! Unas veces dolor, una cadena de sufrimientos que pueden ser, o parecer, interminables; otras veces alegría, placer, bienestar. ¡Cuántas veces no he sabido percibir la pequeña y, al mismo tiempo, inmensa felicidad de momentos como aquellos! Sentí vivamente que estaba aprendiendo a vivir, a caminar, a sentir y a sentirme en la pequeñez de lo infinito.

Salí de la Magdalena. Retomé el camino de vuelta hacia el Sardinero. Llegué a la colorida y bulliciosa plaza del casino, de los hoteles, de las terrazas, del mirador,… Por todo el camino había miradores: cómodos, estratégicos, bellos,… Seguí curioseando: colores, olores, movimientos, sonidos. ..Deambulé por todo aquel espacio durante horas. Después, desde el mirador, tomé un camino hacia los jardines de Piquío. Admiré la hermosura de aquellos jardines, perfectamente integrada con el paisaje marino. Luego, proseguí mi camino y bajé hasta la orilla de la playa. Me senté en un chiringuito y me dispuse a descansar de mi largo paseo. Con un refresco en la mano volví a las ensoñaciones que me producían el contemplar el mar y su horizonte.

Allí, sentado, pasé tiempo y tiempo. Comenzaba a anochecer. Los barcos, grandes y pequeños, iban encendiendo sus luces. La costa se iba desdibujando. Aparecieron encendidos los faros, a mi izquierda y a mi derecha. Jugué a descifrar los intervalos de sus guiños. Todo me resultaba rítmico y acompasado. La temperatura era deliciosa, aunque ya había refrescado un punto. Anocheció lentamente y aparecieron unas pocas estrellas desdibujadas por la ligera bruma. Las conversaciones a mi alrededor eran reposadas y espaciadas. Alguna voz más alta, de cuando en cuando, remarcaba el incesante trabajo de los camareros y camareras. Todo me parecía muy armonioso, como una pequeña sinfonía improvisada por unos excelentes músicos: el "tempo", la cadencia, los acordes, los contrapuntos. Todo estaba allí y yo estaba teniendo la satisfacción de saborearlo. Nada importaba el pasado ni el futuro. Yo estaba inmerso en la totalidad de un día espléndido. Sabía que era un simple peón de aquel universo grandioso y, quizás, caótico. Pero el azar me había colocado en un día y en un lugar privilegiados.

Volví al hotel, cené ligeramente, terminé de leer el periódico que apenas había mirado por la mañana y me dormí enseguida de apagar la luz.

Al día siguiente me desperté cuando comenzaba el amanecer. Me asomé a la terraza de mi habitación y contemplé el grandioso espectáculo de luces y formas que se estaba dibujando en el cielo. Era una progresión bellísima de colores. Estaba allí, ante mis ojos. Y yo podía verla. Y sabía verla. Me pareció que había aprendido a mirar. O que estaba aprendiendo a mirar.

Aprendiendo a mirar. Aprendiendo a sentir. Aprendiendo a caminar…