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Por
la tierra del cordero y el cochinillo
Lea
la crónica sobre Toledo, de Jesús
M. Sarmiento
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la crónica sobre Cantarranas,
de Antonio L. Bravío
Lea
la crónica sobre Santander, de
Aurelio Español
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de viajes
Fausto Requejo
Que en España el cordero y el cochinillo
se encuentran en puntos diversos de
nuestra geografía es un hecho cierto.
Que, como en Segovia (lo siento por
zonas de Ávila o Soria, o por Peñaranda
de Bracamonte, donde dicen que se come
el mejor cordero asado de España: no
lo he podido comprobar aún) en ninguna
parte, no menos cierto. Ya sea en la
mismísima capital de la provincia, una
maravilla de ciudad en la que me nacieron
y no tuve la suerte de vivir hasta que
volví recientemente, o en Pedraza, Torrecaballeros,
Cuéllar, Sepúlveda o Riaza. En esta
última localidad me detuve el sábado,
con el objetivo de comprobar si un par
de sitios no tan históricos asaban tan
competitivamente como me habían comentado
(porque los clásicos, como 'La Taurina',
ya me los conozco de sobra).
Así
que, atraído por unos grandes cartelones
que anunciaban la temporada de las setas,
de las que soy un auténtico entusiasta,
entré en Casa Pastor, en la calle
de la Iglesia, junto a la magnífica
Plaza Mayor. Pedí unos torreznos (buenos,
pero demasiado grasientos), las tan
anunciadas setas (correctas, pero sin
excesiva gracia. Setas de campo normales,
no níscalos ni ninguna otra delicia)
y el cochinillo (poco crujiente). La
carta de vinos, escasísima. El postre,
un bastante buen ponche segoviano, desde
luego no hecho en la casa. Na da entusiasmado,
pedí la cuenta (75.44 Euros por dos
personas) y entregué mi tarjeta Visa.
Primera sorpresa: se les había estropeado
la máquina de las tarjetas de crédito.
Segunda sorpresa: pedí un orujo de
hierbas y se negaron a servirlo, porque
"hay mucha gente esperando".
Me
fui sin dejar propina. Luego hice mis
averiguaciones: similar trato en Casa
Marcelo, donde los dueños son los
mismos, aparentemente, que en Casa
Pastor. Y bastante mejor en La Casona,
también en la calle de la Iglesia. Lo
que ocurre es que, en estos tiempos
de setas y frío, con la montaña nevada
y los árboles perdiendo sus últimas
hojas, el paraje merece la pena. Lástima
que en Riaza falten verdaderos sitios
acogedores donde tranquilamente puedas
tomar unos aperitivos o unas copas después
de cenar. Pese a todo, recomiendo el
pueblo y algunos de sus poco lujosos
hoteles, como el Plaza. Lástima que,
como ocurre con tantos pueblos de España,
Riaza también esté creciendo desmesurada
e incontroladamente, con bastantes edificios
horteras que rompen el entorno. Pero
eso lo da la rapiña, ya se sabe.
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